Las enfermeras hacemos milagros

Desde pequeña le atrajo la profesión. Pau curaba a sus muñecas, y a cuanto niño caía en sus manos lo decoraba con mertiolate, yodo, parches de gasa. Gustaba que le dijeran “doctora” y hablaba con ...
Las enfermeras  hacemos milagros.
Las enfermeras hacemos milagros. (Luis Miguel Morales C.)

Por las tardes, Paulina se prepara para ir al hospital. Ya fue al mercado, levantó la casa, preparó los alimentos y comió con su marido antes de despedirlo rumbo al trabajo. Además, supervisó las tareas escolares de los hijos, saludó por teléfono a su madre y al fin salió de la regadera. Jacobo, el esposo, está por retornar y la relevará para atender la casa. Termina de maquillarse y comenta con él los incidentes del día. Toma su bolso y ante la amenaza de baja temperatura se echa la capa a la espalda, cala la cofía y sale a la calle.

Cuando salió de la secundaria ingresó a la Escuela de Enfermería. No tuvo dudas al elegir la que sería su ocupación fundamental ni le alteraron el ánimo los comentarios de sus amigas acerca de lo poco atractiva que les resultaba una carrera como la de ella, siempre en trato con personas enfermas, decaídas y con el ánimo alterado.

Para Pau el gusto por su carrera radica en brindar atención y cuidados al que lo necesita. No se da abasto durante su turno para animar a los pacientes con frases como: “Tiene que comerse todo para que no se nos ponga malita. Tómese el medicamento don, no se haga el retobón; niña, sin berrichitos por favor que no eres la única. Afloja el bracito para ponerte el termómetro y te tomo la presión. Ya no tarda tu médico, así que ponte guapa y de buen modo para que te den de alta y salgas pronto de aquí”.

Dispuesta a tener cordiales relaciones con sus compañeras, Pau procura no discutir más que lo relacionado con su trabajo. Ni de política, deportes o religión. Los considera temas en los que la gente se enfrasca y sale disgustada. Pero el deterioro de sus condiciones laborales dieron pie a roces del personal de enfermería con los jefes inmediatos: porque las reglas de higiene se flexibilizan hasta poner en riesgo de salud a pacientes y enfermeras.

La carencia de medicamentos se agudiza y las laxas medidas de seguridad ya le dieron dos que tres sustos, como la vez en que un paciente quiso irse a su casa y lo detuvieron en la calle con todo y catéteres o cuando el familiar de otro gritaba y manoteaba, por lo que consideraba mala atención para sus enfermos.

La semana pasada Pau percibió un aroma fétido, el cual salía de la tarja de desechos (“pese a que una y otra vez la reportamos para que la repararan”). No le dan mantenimiento a la tubería y contamina el área de tratamiento a los pacientes y se convierte en foco de infección por hongos y bacterias. También existen orificios en las paredes y por ahí ingresa fauna nociva al área de tratamiento: moscas, mosquitos, cucarachas…

Acerca de los robos, recuerda la armella que sujeta el candado de seguridad del refrigerador de medicamentos de alto costo: “Lo arrancaron; la encargada y la subjefe de enfermeras del turno matutino fueron informadas y no supimos más.

“En ocasiones, personas ajenas al servicio entran sin autorización y quedamos expuestas al robo de equipo y material que están bajo nuestro resguardo y cuyo costo debemos cubrir en caso de extravío.

“Incluso se llevan tu celular y artículos de valor porque falta vigilancia. Quizá la jefa haga el reporte correspondiente, pero las del turno nocturno vemos afectada nuestra labor.”

Pau recorre el pasillo del área en la cual trabaja. Está casi a oscuras. Enciende la linterna y se dirige a los pacientes. “Mira, las instalaciones eléctricas en mal estado” y desea saber electricidad para repararlas, pero se arriesga a una descarga y a que el sindicato le levante un acta administrativa por invasión de funciones, así que mejor continúa su recorrido en la penumbra.

Durante sus años de experiencia, Pau ha trabajado en clínicas, hospitales de zona y regionales. Dice que muchas veces se sintió ladrona justiciera: llevaba material del hospital regional a la clínica o al dispensario de la comunidad donde vive y, debido a que carecen de lo elemental para atender a pacientes de escasísimos recursos económicos.

Llevaba cintas adhesivas, jeringas, incluso medicamentos para el dolor de cabeza, insulina y la presión arterial, “porque ni de un Mejoralito dispones para aliviar el malestar de los enfermos”.

Hasta su botella de agua potable suele ocupar para bien del enfermo. En su bolso de mano lleva una jabonera “porque las del turno vespertino y nocturno llegamos y que ya no hay jabón o agua y hay que lavarse las manos constantemente”.

Los recortes de personal han afectado las áreas de intendencia y Pau se queja porque no hay quien cubra sus necesidades de servicio.

Existen áreas de alto riesgo y exponemos a los pacientes y a nosotros mismos, pues hay desechos de sangre con serologías positivas: hepatitis y VIH, entre otras enfermedades.

Personal y derechohabientes resienten el deterioro en la calidad de los servicios. Sobre todo las enfermeras, quienes tienen más trato con el enfermo.

“Somos las que cumplimos las acciones y procedimientos que integran el servicio.  Por eso nos preocupan los pisos sucios, la vigilancia y la dotación de materiales para desempeñar nuestros quehaceres.

“Este piso: prometieron pulirlo y cada vez está más cacarizo, pero dicen que nos quejamos mucho y que el presupuesto no alcanza”, explica Paulina.

Pese a las adversas condiciones de trabajo, Pau procura brindar calidad y calidez a los enfermos, y de pasadita brinda palabras de aliento a los familiares, para quienes nunca son suficientes las atenciones.

Hay casos de enfermos que ingresan por un motivo y en las instalaciones adquieren otras enfermedades. Eso encorajina a los familiares. A quien sea. “Y te restriegan que por eso pagan impuestos, que de ellos comemos mi familia y yo. ¡Y alégales! Los años me han curtido: soy paciente con los pacientes, para que recuperen su salud y vuelvan a sus actividades”, dice Pau.

Cuando concluye su turno, hace tiempo; media hora después va a la zona de regaderas: “Si bajo antes, los pisos están inundados. No quiero exponerme: una vez los hongos me invadieron las uñas de los pies y fue un triunfo acabarlos. Me despabilo y llego fresca a casa, aprovecho que los niños están en la escuela y duermo. Hay muchas infecciones en el hospital por carencia de recursos humanos y alteración de los procedimientos. Con todo, las enfermeras hacemos milagros y hacen falta muchas, y no se nos reconoce ni salarial ni profesionalmente”.

* Escritor. Cronista de “Neza”.