CRÓNICA | POR IMELDA TORRES

“Lo más difícil, dar show para un niño que había fallecido”

Rosendo Rivera recuerda cuando en Zacatecas lo contrataron para dar show a un niño que no alcanzó a celebrar su cumpleaños

El payaso Zezé reparte sonrisas.
El payaso Zezé reparte sonrisas. (Imelda Torres)

Ciudad Valles

Rosendo Rivera Castillo jamás olvidará lo que hasta ahora, ha sido lo más difícil que ha vivido en su oficio: haber hecho un show para un niño que falleció días antes de su cumpleaños.En el Día Internacional del Payaso, Zezé recuerda cuando a los 11 años, él y su hermano de 13 se maquillaron, se vistieron con un colorido traje, peluca y enormes zapatos. “Mamá, queremos ser payasos”. 

Fue una reprimenda mayúscula la que recibieron, pues su progenitora tenía el concepto que aún tienen muchos, que esta actividad es algo denigrante.Con el tiempo, ella entendió que era en serio y hoy, a 17 años de ese regaño, Zezé y Smily son de los payasos más reconocidos en la zona. “Para cualquier oficio o profesión hay que tener vocación y en mi caso estoy convencido que esto es lo que me gusta hacer y sí, pasamos por muchas dificultades, pero hacer sonreír tanto a un niño como un adulto, es algo que no tiene comparación”, expresó.

Zezé señala que después de una racha difícil, porque por miedo a la inseguridad la gente evitaba hacer fiestas, este año fue bueno. A la semana puede tener en promedio dos eventos pero desde noviembre hasta diciembre, lo contratan hasta cinco veces por semana.Por show de dos y hasta tres horas, cobra mil 300 pesos; si se quiere equipo de sonido, otros 500 pesos. “Hay compañeros que cobran novecientos o mil pesos y para adultos, yo cobro mil 500 sin sonido y otros 500 con sonido (música)”.

Dice que un payaso de edad avanzada les recomendó salir de Ciudad Valles e ir a otras ciudades para nutrirse de lo que era el oficio. Han ido a Monterrey, Zacatecas, Tampico, Ciudad Mante y Nuevo Laredo.¿Qué es lo que más recuerdas, bueno o triste de tu oficio?“Hay algo que nunca se me va a olvidar, una vez mi hermano y yo nos fuimos a Zacatecas, nos contrató una persona. Llegamos al lugar, era casa de una familia de buena posición económica. Nos sentamos en la sala y volteábamos a ver dónde estaban las mesas, los invitados.

Luego viene un señor y se sienta con nosotros, lo vimos muy nervioso, raro y lo primero que pensamos fue que habían suspendido la fiesta”. Lo que escuchó minutos después, lo tendrá siempre en su memoria.“Saben qué… mi hijo tenía un gran deseo; se acercaba su fiesta, empezamos a comprar las cosas, piñatas, dulces y todos los días decía que en su fiesta quería payasos, pero su cuerpo ya no aguantó”.Los dos coloridos rostros cambiaron su semblante. Se voltearon a ver y entonces comprendieron.

El niño del cumpleaños había muerto. “Nos dijo que no nos había querido avisar porque lo más probable es que no aceptáramos ir, pero quería cumplirle el deseo a su pequeño. Nos subieron a la recámara. Ahí estaba la mamá del niño y otras tres personas que no supimos si eran parientes, amigos o empleados de la familia. La señora lloraba. Todavía me acuerdo que se me enchinó la piel, sentía que algo adentro me desgarraba. Vimos un retrato grande del niño, bien vestido, arreglado; estaba una mesa con un pastel, gorritos de fiesta.

Teníamos que hacer el show para una persona que no estaba”, relató.Los hermanos empezaron a hacer magias, contar chistes, hacer acrobacias. El show duró alrededor de 25 minutos, que fue lo que más aguantaron.“Nos despedimos normal, como cuando salimos de cualquier fiesta. No sabíamos qué decir. Después platicamos y dijimos lo horrible que sentimos cuando volteábamos a verlos y a la vez que reían, en sus ojos las lágrimas caían. Es algo que nunca se nos va olvidar”, expresó.En ese entonces tenían tres años como payasos.