Un día en la escuela rural

Algunos menores no ingresarán al bachillerato.
Los baños de la escuela de Ex Hacienda del Lazo nunca tienen agua.
Los baños de la escuela de Ex Hacienda del Lazo nunca tienen agua. (Alejandro Acosta)

Guadalajara

La jornada escolar empieza a las dos de la tarde, cuando el termómetro a la sombra marca 32 grados y el patio que hierve de sol luce abandonado. Un niño acaba de dar las últimas mordidas a su tostada antes de entrar al salón, que está a tres cuartas partes de su capacidad y varias bancas de atrás lucen las sillas al revés sobre las mesas. Así es el turno vespertino en la primaria de la Ex Hacienda de Lazo, un poblado casi a la altura del kilómetro 15 de la carretera a Saltillo.

Comparten aula y maestro niños de cuarto, quinto y sexto. Los que  no tuvieron cabida en la mañana, se inscribieron tarde y los que el profe trata de sacar de rezago. Adrián debería ir en sexto pero este año concluirá el quinto. De cualquier modo adelanta que será el último. Su mamá ya decidió que no estudie, para que se vaya a trabajar a la huerta de nopal. Aunque aparenta no importarle, se queda serio frente a las respuestas de los otros.

Los de sexto están alborotados porque tras este curso escolar irán a la secundaria en San Esteban. Adrián los mira sabiéndose excluido. Tiene otros hermanos, y viven con padre y madre, pero así son las cosas.

Otra chica -que no se presentó a clases- tampoco irá a la secundaria. Alejandra en cambio tiene como meta ser policía y sabe que necesita “hasta la prepa”. Tiene 13 años y es la mayor de cuatro hermanos. Lo dice muy decidida. Solo la estadística la tiene en contra: en estas comunidades la gran mayoría de mujeres se casan o “se juntan” adolescentes. Alejandra tampoco iba a ir a la escuela este día, porque no hubo comida en su casa. “Mi mamá no estaba”, explica y sin pena concluye que cuando la señora llegó y la vio en casa no tuvo concesiones: con un “a la chingada”, la envió a la escuela sin comer. El profesor les da problemas de matemáticas, según su nivel. Igual que a muchos alumnos de ciudad, a los de la Ex Hacienda les resulta la materia más odiada. En su escuela -inaugurada por Juan Gil Preciado según consta en una placa- sólo algo es peor: “los baños”, responden a coro. Y lo constatan: rebosan de desechos humanos. En la escuela, a unos metros del contaminado Río Blanco, no hay agua.