Un convoy del centro y la respuesta que viene

El gobierno de Peña comenzó su segunda aventura por pacificar un estado con un despligue de poder pocas veces visto.

Reynosa

En Tamaulipas el miedo no viaja solo. Prefiere hacerlo en convoy.

Hace tiempo que los habitantes de Reynosa se han acostumbrado a los destacamentos de camionetas con vidrios polarizados corriendo con libertad a toda velocidad por las calles de la ciudad, como si se tratara de un desfile de trocas último modelo al que le precede el miedo a la muerte.

Muchos compañeros que lo han visto, sufrido y vivido no me dejarán mentirle: aquí en el norte, el paso de una columna motorizada suele generar reacciones automáticas en el cuerpo.

Van desde espasmos y temblores hasta sudoración excesiva y fría acompañada de bocanadas de aire y subsecuentes nudos en la garganta.

Hay testimonios de quienes han perdido el control de sí mismos por completo.

Comprensible: el rugido de los motores acercándose es la señal de que uno se puede morir y desaparecer —o ambas— y que para evitarlo hay que rezarle a quien se deje.

Es ese instante en el que hay que esperar a que la fila del terror pase y que no se percate de uno porque si lo hace el resultado es un volado.

La cosa ha llegado a un punto tal que algunas de estas trocas han sido marcadas con un rótulo impreso en la portezuela, anunciando clara y abiertamente a quién pertenece la flotilla, como para que no queden dudas, por supuesto.

La palabra misma —convoy— ya confiere un aire de respeto.

En el diccionario se le define como “escolta o guardia que se destina para llevar con seguridad y resguardo algo por mar o por tierra”.

Apenas esta semana, un video que hizo sus rondas en las redes sociales mostraba la conveniencia y uso más siniestro de este método de transporte colectivo: tres camionetas en semicírculo, con un pelotón de hombres sombrerudos disparando y riendo.

“¡Tírale con el 50, el 50!”, decía una voz en tono francamente divertido.

Era un enfrentamiento entre sicarios y soldados en el que el desparpajo de los primeros llevaba a pensar que los segundos se estaban llevando la peor parte. 

Por eso, la llegada ayer del que probablemente sea el convoy más grande que jamás haya visto Reynosa —exceptuando quizá los que hayan pasado durante la Revolución o la Invasión estadunidense del siglo XIX— debió llamar la atención de más de un reynosense por su simbolismo y significado.

Porque ese convoy 1) simboliza el regreso del Estado, al menos en su variante armada.

Y 2) significa el inicio de una batalla que  tendrá muchas, muchas bajas.

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La columna llegó al Parque Cultural Reynosa —una estructura a la que se le conoce afectuosamente como el pastel porque parece hecha de merengue— hacia las 11:30 de la mañana.

Se trataba de no menos de 100 vehículos, muchos de ellos blindados y artillados con calibres 50, lanzagranadas y otras herramientas pesadas de destrucción.

Un convoy con quizá mil hombres armados hasta los dientes, traídos de tan lejos como Veracruz o Nuevo León, algunos de hasta Tabasco. Era el destacamento con el que el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, decidió hacerse acompañar a Reynosa, a la que entró a la cabeza de un pequeño ejército compuesto por elementos de Fuerzas Especiales de la Secretaría de la Defensa Nacional, policías federales e infantes de Marina reclutados y transportados de todas las regiones militares, policiacas y navales a lo largo de la costa del Golfo de México y el noreste del país.

Tanto como un ejercicio de autopreservación elemental ante lo caliente de esta plaza en la que los tiroteos son realmente cosa cotidiana, la escenografía presentada por Gobernación y el gobierno federal en el día que se anunció la segunda aventura por pacificar un estado de la República fue un ejercicio de proyección de poder pocas veces visto. Ni siquiera la incursión en Apatzingán, al inicio del Operativo Michoacán, se acercó en tamaño y dimensión.

Reynosa fue ocupada, literalmente, por un policía y soldado cada esquina.

En el cielo, una flotilla de helicópteros Blackhwak, UH-60 y MI-17 servía para reafirmar el mensaje de que se estaba entrando con todo.

Tiene una cierta lógica: el reto que representan zetas y golfos es mucho muy superior al de los templarios.

Un convoy —el federal— está a punto de colisionar de frente con otro.