La Esperanza, historia con una olla de frijoles

Una familia con tres generaciones de apretada pobreza espera tener hoy para cocer verduras y tortillas, olvidada de la ciudad progresista, y festejar así al dios nacido en un pesebre.
En La Esperanza, todas las carencias están sintetizadas: no hay agua potable ni red de alcantarillado; la basura se acumula;  no hay alguna modesta luminaria en la brecha; el transporte público demanda 40 minutos de camino
En La Esperanza, todas las carencias están sintetizadas: no hay agua potable ni red de alcantarillado; la basura se acumula; no hay alguna modesta luminaria en la brecha; el transporte público demanda 40 minutos de camino (Agustín del Castillo)

Guadalajara

"Siempre hay esperanzas", contesta franca y sonriente doña Virginia Lozano Romero, con una voz raposa que quién sabe si tenga que ver con sus recios genes o con las inclemencias del invierno naciente en esta orilla de la barranca, en Tonalá, donde el paisaje de la áspera hondonada, en lontananza, y la monstruosa ciudad que se derrama desde arriba, sugieren una síntesis poderosa de la humanidad conquistadora: algo así como seis mil años de cultura, o los 475 que cumplirá la altiva Guadalajara en esta región.

Cruel ironía: doña Virginia no tiene tiempo de estas disquisiciones, y siendo sinceros, tampoco la formación; aunque, seguro, es impresionante ver la miríada de luces artificiales que brillan en estas noches oscuras, o escuchar en el silencio el lejano discurrir de un río tesonero que ha tallado el cañón milenario, marca y límite cada vez más desmentido de la urbe nacida en Atemajac.

Su pensamiento está anclado en lo básico, lo elemental: la supervivencia. Por ejemplo, saber si habrá para frijoles esta mañana previa a la nochebuena.

Las ironías siempre se acumulan como incómodos cadáveres del clóset en las comunidades pretenciosas. La capital de Jalisco, de casi 4.7 millones de habitantes de acuerdo al INEGI, se ufana de tener el mejor nivel de vida en sus nueve municipios, con tasas de acceso a servicios de infraestructura, educación, salud, que envidia cualquier morador de la vastedad rural, sea el tropical Cabo Corrientes, el extremoso Ojuelos o el tórrido y seco Jilotlán de los Dolores.

Pero justo en este asentamiento polvoriento, que se llama La Esperanza –otra paradoja asestada al ego tapatío-, todas las carencias están sintetizadas: no hay agua potable ni red de alcantarillado; la basura se acumula en agostaderos de grama seca; la postería trae corriente eléctrica a las casas bien montadas de los vecinos, pero no da para alguna modesta luminaria en la brecha; el transporte público demanda cuarenta minutos de camino; jamás se ha parado una brigada de salud para desparasitar a las criaturas, no se diga campañas de vacunación; la escuela está lejos, en Urbi, pero solamente Caín Ramsés, de siete años –qué nombre de resonancias bíblicas-, dejado por su madre con la abuela desde hace cinco años –la mujer purga una larga condena en Puente Grande-, asiste. Parece que quiere ser abogado.

Menos proyecto de vida parecen tener Dulce Lucía y Ricardo, de 18 años; Ismael de 17; Luis Armando, de quince; Benjamín, de doce; Karla Priscila y Juanita, de diez; Malena Noemí, de nueve; José de Jesús, de ocho y Milagros Jacqueline, de seis, todos en edad escolar pero que dejaron de ir, sea porque no les gustó o porque ya no los pudieron llevar. Como consecuencia, ni siquiera saben leer, y a los mayorcitos, a la mejor ya se les olvidó, pero en todo caso, no les ha servido de nada. Por el mismo camino van los pequeños Marcos Eduardo, de cuatro; María Juana, de tres; Kendra Jazmín, de dos; Fátima Estéfany, de año y medio.

Cuando llegan las visitas, se activan: salen de la apretada casa; deambulan, gritan e inspeccionan el breñal, y conducen traviesos el torpe andar de una cachorra llamada Estrella, que parece de buena familia, pero eso no es obstáculo para su infinita curiosidad de mamífero: que se detenga a olisquear cada charco o mordisquear el retazo más miserable de tela o basura.

Así se llena de vida el áspero y polvoso agostadero, donde el sol los cuece en primavera, el agua los moja en verano y otoño, y el frío creciente tras el solsticio de invierno les recuerda, más que a ningún morador de la gran ciudad, lo difícil que es salir adelante. Todos son de talla pequeña, y tal vez sea algo más que la genética: comer frijoles y hierbas no es considerado en ningún lugar una dieta siquiera básica.

Lo saben muy bien los adultos: Eduardo Rafael, Mario, Ana Isabel, María Soledad, Alfredo y la misma Virginia. De hecho, hace un año estaban peor: Mario cobró una pequeña herencia de una tía, y tuvo dinero para poner muros y bóveda que sustituyeron al jacalón de tablas y cartón que habitaron por siete años. Apretados 23, pero mucho más seguros y confortables. Todo es relativo.
Virginia no oculta sus penas, pero no quiere salir ya en fotos porque le da tristeza que su hija detenida se entere por los periódicos o la televisión de las penurias por las que pasan.

"Ella tiene ya cinco años allá; haga de cuenta que su esposo, y la banda de su esposo, andaban de ratas, y se les ocurrió matar a un señor, y la culparon a ella, está por complicidad, ya en enero cumple cinco años, y de hecho nos piden pagar 52 mil pesos, que por reparación de daño, pero pos de dónde [...] le echaron sentencia de 20 años y un día. Tiene 26 años, entró de 21, y su hijo es Caín Ramsés, el que va a la escuela [...] trato de verla cada quince días, llevarle cosas para su aseo, jabón, cloro, pinol.... Estará libre a los 41 años, me dicen, a menos que se porte bien y salga antes".

Dos de sus hijas la acompañan: Ana Isabel, de 28 años y con seis hijos; María Soledad, de 34 años, cuya primera hija de diez, que parió a los quince años, ya la hizo abuela. A esto se le acumula una viudez: "mi marido era muy borracho, me golpeaba, y preferí salirme de con él, con los niños... vivíamos en el Cerro del Gato, un día le prendió fuego todo borracho, se durmió y se murió...".

Los pesimistas dicen que el arte es mejor que la vida, pero aquí parece alumbrar un nuevo significado la famosa primera frase de Ana Karenina: "Todas las familias felices son iguales, pero cada familia desdichada, lo es a su manera". Como pasa con los Lozano, insospechada recreación tolstoiana de la vida.

Allí no acaban las sorpresas: "Este niño se llama José de Jesús, pero no está registrado, queremos ver cómo le podemos hacer", interviene Virginia.
- ¿Cuál es su edad?
- Bueno, en realidad no sabemos qué edades tienen; cuando ya los registramos estaban más grandecitos, y como mi hija no sabe en qué fecha nacieron, una maestra que nos ayudó fue la que les puso las edades que ella quiso...
- ¿Cómo festejan los cumpleaños?
- No sabemos, nomás del niño Ismael sabemos que es del 16 de septiembre, pero no sabemos la fecha.

Qué pregunta más impertinente, si es igual aun si se saben los días de fiesta. Por ejemplo, esta noche de víspera navideña, los 23 que viven apretados en la casa de tres cuartos de La Esperanza, no podrán ver la televisión, porque tienen aparatos analógicos que ya quedaron rezagados en la brecha digital. "Cuando salimos en la tele, ni nos enteramos", explica Virginia.

Espera contar con sus frijoles para hacer una olla, y reunirse todos al atardecer. Cuando la ciudad enciende sus luces y truena sus juegos pirotécnicos para festejar al niño que nació en el pesebre, con un burro y un buey, el pretexto perfecto para adorar al dios del consumo. Acá, en la orilla de la barranca, ni siquiera tendrán la música de las bestias mansas; sólo el olisqueo incesante de Estrella, la perrita de pelaje marrón y linaje sospechoso, que se deja manosear gozosa y espera algún día saber ladrar, aunque tampoco lo dice.

Claves

Apuntes desde ONU Hábitat

“Un espacio (muy) reducido, se encuentra frecuentemente asociado con ciertas categorías de riesgos de salud. Una condición de hacinamiento se presenta cuando 5 o más personas comparten una unidad de una sola habitación, utilizada para cocinar, dormir y realzar otras actividades”

“Las condiciones de mayor hacinamiento se pueden observar en Tonalá, El Salto y Tlaquepaque”

“Estimaciones indican que la mayoría de las viviendas con altos índices de hacinamiento, ni siquiera tienen sus escrituras en regla, lo cual constituye una barrera para el desarrollo económico de las familias, esto pone de manifiesto dos elementos: el estado de indefensión de la población y lo diseminado de la cultura de la irregularidad”

“Los logros de cobertura en educación básica han sido considerables, pero no suficientes. No sólo se trata de garantizar el acceso a los distintos niveles de educación, sino también de lograr la permanencia y culminación exitosa de la trayectoria escolar”

Fuente: http://www.forogobernanzametropolitana.org/sites/default/files/ONU-Habitat_2015_Guadalajara_Metr%C3%B3polis_Pr%C3%B3spera_M%C3%A9xico.pdf