Alumnos del Cobach estaban a días de graduarse

Cecilio Alejandro uno de ellos, siempre sobresalió por sus excelentes calificaciones, y todos los demás se destacaron dentro de las clases.
Los padres quieren hacer una misa en el lugar de la tragedia.
Los padres quieren hacer una misa en el lugar de la tragedia. (Imelda Torres)

Ciudad Valles

Aquel 19 de mayo de 2015 se fueron nueve estudiantes brillantes, con sueños e ilusiones que frustró el conductor de un tráiler.

El dolor de sus padres es indescriptible; sus hijos estaban a unos días de graduarse y ahora ya no están con ellos.

Cecilio Alejandro siempre se destacó por sus excelentes calificaciones, representaba a los estudiantes del plantel y fue a ese viaje porque hubo una reunión de concejales. Su sueño era estudiar mecatrónica.

"Era un niño inteligente, tenía muchos planes, quería ser profesionista, triunfar, no tenía ningún vicio, al contrario procuró ser bueno, noble, honesto, no se merecía esto", decía entre lágrimas Masiel Baltazar Oliva, tía de Alex, a quien consideraba como su hijo.

El sufrimiento es mayor, porque Alex resistió las heridas y aguantó tres horas con vida, como esperando que fueran a verlo.

Los maestros no avisaron a su familia ni al resto de los papás, así que cuando llegaron a Rioverde, seis horas y media después, solo fue para identificarlo.

Gudelia Salazar González tenía 18 años, quería ser enfermera y su sueño lo tejía cada día, cuando bajaba hacia la carretera caminando casi cinco kilómetros, lloviendo, bajo tormentas pisando lodo.

Tuzantla es una comunidad donde la pobreza no puede ocultarse. Niños descalzos, pantalones roídos, pancitas con costillas a la vista.

Así creció "Gude", pero su intención era superarse y procurar una mejor vida a su familia.

El accidente lo impidió y ahora no solo sus cinco hermanos y sus padres le lloran, también Gabriel, el bebé de siete meses que dejó huérfano.

La vida de Augusto Santiago Santiago, en la comunidad Cuatlamayán fue similar. Con mucho esfuerzo, sus papás pudieron darle estudios, juntando dinero cada que se iban como jornaleros agrícolas fuera del estado.

También quería estudiar mecatrónica y apenas estaba ahorrando para festejar junto a sus tres hermanos a su mamá, porque el 10 de mayo no pudieron hacerlo.

Frente a su ataúd, en su humilde vivienda, sus amigos sollozaban, no podían creer que aquel joven brillante que cuatro años antes fue a la Ruta de la Independencia por haber ganado en la prueba Enlace ya no estaría más con ellos, sonriente como era.

En Cuajenco está la casa donde Olga Ayala Salazar se ponía a estudiar; estaba emocionada porque ya estaba a punto de terminar el bachillerato, todo un logro para la gente de comunidad.

La vivienda es el rostro puro de la miseria, de maderos y un endeble techado, donde aguantarse el hambre es costumbre.

Es jueves 21 de mayo y la iglesia San Miguel Arcángel está llena. La angustia, la tristeza, el dolor se transpira.

La tragedia reunió a todo un pueblo y ahora tienen que despedir sus cuerpos. Siete serán enterrados en sus comunidades de este municipio, de Huehuetlán o Tampamolón, de donde eran originarios.

Cuatro están ahí, en féretros de los que no quieren separarse sus papás, sus hermanos, sus amigos.

"Las golondrinas" que tocaba la banda de viento Amanecer hacían más duro el momento, igual que las letras entonadas por un mariachi.

"Tigrillos, tigrillos, porque siempre seremos 685", gritaban entre lágrimas decenas de "cobacheros" uniformados que se tomaron de la mano e hicieron una valla para que pasaran las carrozas. Tigrillos es la mascota del plantel y 685 el número total de alumnos.