Entre carencias y hambre, educación en la zona rural

Escuelas comunitarias e indígenas, donde se pone a prueba la vocación de maestro, quienes imparten sus clases con los pocos nilños que asisten.

Guadalajara

A tan sólo 27 kilómetros al norte de Guadalajara la mancha urbana queda atrás como un recuerdo. La serpenteada carretera es custodiada por la barranca del río Santiago y pueblos perdidos en la serranía, entre ellos la comunidad indígena de San Francisco de Ixcatán, donde la vida transcurre a su propio ritmo, con las carencias de muchas zonas rurales del estado. Ahí, al final de una calle de terracería, se alza tras un zaguán la primaria Luis Pérez Verdía, donde hoy están inscritos 202 alumnos que gozan de un edificio con seis aulas —donde han pintado murales—, un patio frontal con su asta bandera y un guamúchil que les da sombra.

Es un plantel de concentración, al cual llegan niños tanto de Ixcatán como de las localidades vecinas de Los Camachos, San José, La Soledad, El Nogal, El Placer y La Mesa. Algunos viven a tan sólo unos pasos, otros deben tomar el camión y hay quien camina hasta diez kilómetros de brecha para llegar a clases, una estampa típica de las escuelas rurales mexicanas que aún priva.

Estos pueblos de la barranca sobreviven del cultivo de maíz, mango, ciruela y nopales. Las labores del campo y otros oficios son el futuro de sus niños, para quienes la educación superior es una meta ajena que contados alumnos se plantean. Paradoja de Zapopan, el segundo municipio más rico del estado en cuyo territorio se asientan las universidades más grandes de Jalisco.

La educación rural en Ixcatán tiene más de un siglo. Se impulsó en el Porfiriato y existen antecedentes de una primaria desde 1906, que  solo tenía tres grados. Hasta 1964 que se inauguró la escuela oficial Luis Pérez Verdía, donde los seis maestros que laboran hoy —cuatro de la localidad y dos que no lo son, pero se han integrado plenamente a ella— han logrado una eficiencia terminal de 95 por ciento en la primaria, cifra que admiten se diluye en los siguientes niveles.

En esta escuela se está realizando la primera inversión tras 26 años de olvido: la Secretaría de Educación está construyendo baños nuevos —uno especial para una silla de ruedas— y una rampa de acceso para discapacitados. Un apoyo, que es casi un lujo, admite el director del plantel, José Casillas Martínez. No se equivoca: entre 10,383 planteles de educación básica que registró el Inegi en su censo de escuelas 2013, escasos 2,500 tienen este tipo de rampas.

“Hay muchas carencias y hay un abandono tremendo de las escuelas públicas, que lleva más de un cuarto de siglo […] por falta de inversión pública, porque no se programó el suficiente presupuesto. Aquí estamos mirando un ejemplo de esas carencias”, señala el entrevistado, maestro rural desde hace más de dos décadas.

“Hay escuelas que no tienen sanitarios en condiciones, que ni siquiera tienen agua potable, hay escuelas que tienen aulas improvisadas desde hace diez. Aquí mismo tenemos siete años con seis salones en donde estudian siete grupos”, agrega. La Secretaría de Educación ha prometido edificar esa aula faltante.

Sin embargo, bajo el argumento de que la población se ha ido reduciendo en las comunidades rurales —por el fenómeno de migración en gran medida— se han ido cerrando planteles escolares; pero también de manera que Casillas Martínez calificó de “injustificada”, dejaron de renovarse contratos a maestros para dar servicios educativos en localidades con pocos niños, auspiciados por el Conafe (Consejo Nacional de Fomento Educativo), por lo que ahora los alumnos tienen que recorrer trayectos más largos, en camión o a pie, para recibir educación básica. 

La distancia no es el único problema de la educación rural. La brecha para que en estas escuelas se goce de los mismos beneficios de los planteles escolares urbanos —de aquellos que presumen programas de escuelas de calidad, escuelas saludables y alumnos de excelencia— depende del aumento sustancial de recursos. “Si el Congreso de la Unión no destina presupuesto suficiente como la Unesco lo recomienda, que es entre el 8 y el 12 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), estas carencias se van a seguir presentando en las escuelas públicas, rurales y urbanas, de preescolar, primaria y secundaria”, opina Casillas Martínez, también promotor y defensor comunitario.

Las deficiencias de infraestructura y equipamiento en los planteles escolares de la zona rural, redunda en que en Jalisco “existan escuelas de primera, de segunda y de tercera”, sostiene por su parte el profesor Aldo Santana Alcalá, vocero del Movimiento de Bases Magisteriales, tras añadir que las escuelas rurales y las urbano marginales carecen de baños, bebederos, salones, maestros y directores. Lejos están de tener recursos como pantallas digitales y pizarrones electrónicos.

Bases Magisteriales agremia a muchos maestros de localidades rurales en el estado, un movimiento disidente del sindicato oficial, crítico de la reforma educativa aprobada el año pasado. A su juicio, esta reforma “no resolverá el rezago de infraestructura y equipamiento de las escuelas, como corresponde al estado, sino que irá en menoscabo de la educación pública”.

Agrega que es una política contraria a la que se impulsó hasta mediados de los ochenta —del siglo pasado— y que implicó llevar educación básica con maestros y educadores en todos los rincones del país.

Hoy, que se cuestiona la calidad educativa, Casillas anota que este aspecto no depende sólo de los profesores. “Los planes y programas de estudio no los definimos los maestros, el financiamiento tampoco, la filosofía de la educación tampoco”.

Añade que en las escuelas hace falta infraestructura, equipamiento, insumos pedagógicos, capacitación de los profesores y hasta proveer ofrecer a los alumnos de una mejor vida. Y ejemplifica: “60 por ciento de mis alumnos llegan a clases sin desayunar. Ese problema se presenta en muchos lados y es necesario que se inviertan recursos en proyectos de alimentación y nutrición de los niños en las escuelas, de otra manera nos estamos engañando”.

Así, con carencias de todo tipo, cerca de 1,900 planteles escolares sobreviven en zonas rurales (escuelas comunitarias e indígenas), donde se pone a prueba la vocación de maestro. De ahí salieron muchos profesores, directores e inspectores que dejaron los caminos polvorientos, los patios de tierra y los alumnos de huarache —en Ixcatán usan los de cuero y no los de plástico, hechos en China—  para perderse en la mancha urbana y dejar atrás la escuela rural, que sobrevive también como un recuerdo.


[Dé clic sobre la imagen para ampliar]