CRÓNICA | POR ADRIANA REYES

Ella es la otra cara de la migración: solo los espera

Fernanda - Hija, hermana y prometida de migrantes

Su padre se fue a Estados Unidos a buscar ingresos para dar una mejor vida a su familia; luego su hermano y también su novio. En el caso de su padre, la diabetes empeoró estando allá y lo trajeron de regreso "aunque fuera para morirse".

Transporte, migración, autopista
Únicamente resta aguardar a que regresen. (Antonio López)

Estado de México

Fernanda no vive en Estados Unidos pero inevitablemente está ligada a ese país. Ella, joven, dinámica, profesora de inglés, amante del tango y universitaria, es la otra cara de la migración. Es parte de esos miles que esperan, aguardan, confían en que quien se fue, regresará "aunque sea para morirse", dice.

No es la primera vez que uno de sus seres queridos está cruzando el río Bravo. Su papá se fue por segunda vez, siendo ella una adolescente. Uno de sus dos hermanos también emigró. Aún hay tíos y tías allá, primas. Está rodeada de personas que vieron en ese país la oportunidad de "hacer algo", trabajar, reunir un capital, mejorar. También su prometido se encuentra en EU.

Tras siete años, su papá regresó enfermo, grave. El ritmo de vida le aceleró la diabetes. En cuestión de semanas su vida se extinguió al volver a Toluca. Tenía solo 50 años.

Fernanda toma aire, piensa un momento y suelta:

"Una de mis tías lo encontró en la casa –Columbus, Ohio-, casi sin respirar y se lo llevaron al hospital. Estuvo internado tres días. Nadie podía ir por él porque no teníamos visa y los tíos que vivían allá no podían traerlo porque era arriesgado si se regresaban". Una de sus hermanas logró conseguirla y lo trajo de vuelta.
"Cuando lo vi en el aeropuerto estaba en silla de ruedas. Venía enojado porque se lo habían traído sin que él quisiera".

La partida

En 2000 su papá se había ido a Estados Unidos.

La familia provenía de Zitácuaro, Michoacán. Su mamá, profesora de toda la vida, viajaba diario a Villa Victoria en el Estado de México, para dar clases, pero los gastos eran muchos y decidieron mudarse a la capital mexiquense.

Su padre trabajó como taxista. Fernanda lo recuerda como un hombre responsable que alguna vez ya se había ido de "mojado" a Los Ángeles a la cosecha de fresa. Ella apenas tenía tres años.

Los detalles de esa partida son vagos: solo rememora la ausencia y a mamá haciéndose cargo de todo.

Para la segunda ocasión, de un día para otro avisó que se iba nuevamente a probar suerte. Pidió que no le llamaran, que no le buscaran. Él lo haría a su tiempo.

Nunca quiso decirnos cómo pasó, solo nos dijo que caminó mucho tiempo, que estuvo en el desierto, cruzó el río


Comenzó la preocupación porque desconocían con quién se iba. Solo sabían que un contacto en Piedras Negras lo iba a pasar. Ya era diabético. Tardó 15 días en comunicarse y después otro mes hasta que pudo llegar a Chicago con un pariente.

"Nunca quiso decirnos cómo pasó, solo nos dijo que caminó mucho tiempo, que estuvo en el desierto, que iba a cruzar una parte del río."

Llegó a Chicago a trabajar en una tienda de productos mexicanos. Al año, uno de los hermanos de Fernanda decidió irse también. Tenía 18 años.

Ambos cruzaron por Agua Prieta, Sonora. En uno de los tramos había que brincar una barda. Detrás de ellos venían policías fronterizos apoyados por perros, estaban a un paso de agarrarlos. Pensaron que no lo lograrían. El tío le dijo que, o lo hacía o ahí se acababa todo. Brincó al fin.

Se reunió con su papá en Chicago, quien después se empleó en una maderería, labor que más tarde se traduciría en una infección en los pulmones debido al aserrín y desperdicio que aspiraba.

La situación se volvió insegura, peligrosa por su calidad de ilegales y tomaron el camino a Columbus, Ohio.

La búsqueda de trabajo no fue fácil. Les pedían papeles, licencia de conducir. Su padre se topaba con problemas para tener empleo. Su salud comenzó a deteriorarse, cada día un poco más.

Permaneció cinco años más y los ingresos le daban para vivir al día.

Por dos años tanto ella como su mamá le pedían regresar. No pudieron convencerlo. "Estaba enfermo, siempre le decíamos que ya se viniera. Todos los que se van dicen: en diciembre. Es un diciembre eterno, nunca llega o se pospone para otro año y nunca se cumple. Cada vez que alguien te dice 'regreso en diciembre' no le creas, porque no es cierto. Fueron siete años de pasar fiestas, cumpleaños, navidades sin él, era difícil e igual con mi hermano".

La promesa

Fernanda parece destinada a repetir la historia de su mamá, aunque con algunas diferencias. Su prometido trabaja en Columbus, Ohio. Gana bien pero así trabaja. Ambos están pagando la casa que pretenden compartir al regreso de él.

"Él vivía desde antes con mi papá y mi hermano. Hace tiempo vino a la boda de su hermana y aquí me conoció y se quedó conmigo".

En busca de obtener ingresos, se regresó a Estados Unidos y la dejó con un anillo de compromiso en el dedo anular de la mano izquierda y la promesa de regresar y estar juntos para el resto de su vida.

"No te duermas"

Cuando su papá regresó enfermo de Estados Unidos faltaba la peor parte.

"Fue muy complicado todo, no sabíamos qué hacer. No tenía aquí servicio médico, nada. Tuvimos que tramitar todo en menos de un día para que lo atendieran".

"Una noche en la casa cenábamos todos juntos. Uno de los recuerdos más hermosos que tengo fue cuando abrazó a mi mamá, se vieron después de tanto tiempo. Toda su familia ahí lo recibió". Después de eso, se fue directo al hospital.

Con un dejo de frustración narra que pasaron "por malos servicios, negligencia. Lo tuvieron que operar dos veces. Venía con todos los documentos y estudios, análisis ya hechos, solo para que le dieran el servicio. En el ISSEMyM no lo hicieron así. Le empezaron a hacer todo desde el principio y creo que eso le quitó tiempo".

En alguna ocasión, recuerda, se puso mal. Le bajó la glucosa. "Esa vez lo abracé, pensé que se me iba a morir en los brazos. Me acuerdo que le decía: no te duermas, despierta".

Cada vez que alguien te dice 'regreso en diciembre' no le creas, porque no es cierto. Es un diciembre eterno


Fue diagnosticado con necrosis en ambas piernas. La amputación era la única alternativa pero su corazón estaba tan débil que posiblemente no aguantaría la cirugía, fue la advertencia médica.

Pese al diagnóstico, decidió irse a Zitácuaro un fin de semana. A la siguiente semana tenía consulta para programar la cirugía, pero no llegó.

"Fue a su pueblo solo a morirse. Falleció en casa de su mamá, de mi abuela. Se despidió de todos. Yo estaba en Toluca. Él no quería llegar a esa consulta, no quería pasar por todo eso".

Días antes, ambos se dijeron lo que no habían podido en siete años. Ese reencuentro lo define como un alivio, un acto para agradecer "porque me dieron una oportunidad de despedirme de él, pero también fue de mucha tristeza".

El tiempo le alcanzó a su papá para festejar el cumpleaños de su esposa y poco antes, en una celebración familiar en su honor, bailó al ritmo de un mariachi en su silla de ruedas. Disfrutó como nunca ese día.