El caminante del Bosque de Tlalpan

Camino por el Bosque de Tlalpan con un café en la mano. Las cuatro de la tarde. Paso la pista y me interno por un estrecho sendero empinado.
El caminante del  Bosque de Tlalpan.
El caminante del Bosque de Tlalpan. (Moisés Butze)

México

Lunes 4 de julio.- Encuentro el tiempo, cada día, para caminar el Bosque de Tlalpan. Me engaño con la fantasía de que aún vivo en el campo. Entro por Camino a Santa Teresa esquina Zacatépetl, tan cerca del Periférico. A la derecha aparece una pista cubierta con piedritas color almagre. La recta inicial tiene una abrupta subida —que alcanza su cúspide en el metro 350— y luego, al salir de la primera curva, el terreno se relaja en una espléndida caída —que va del metro 450 al 600— y la sensación al completar la vuelta (868 metros) es la de haberse sometido a los designios de un espíritu cruel e inhóspito que premia la perseverancia con gentileza inesperada.

El corredor habita abstractos mundos violentos y numéricos, hechos de pasos veloces sobre interminables kilómetros restantes, donde la fuerza de la mente debe evitar que el cuerpo —expuesto a dolor, insolación y fatiga— muera. El sudoroso corredor nada sabe sobre el Bosque. La experiencia del Bosque —descubrir aspectos de sus mundos, contemplar efímeramente sus figuras— es un derecho exclusivo del caminante. 

Camino por el Bosque de Tlalpan con un café en la mano. Las cuatro de la tarde. Paso la pista y me interno por un estrecho sendero empinado que se abre entre bugambilias y maleza. Avanzo lento. Llovió hace dos horas. Trastabillo y me quemo con el líquido los dedos; el lodo sobre la hierba se ha vuelto peligroso.

Diría que huele a tierra mojada, diría que huele a hierbabuena, diría que huele a humo, diría que huelen dulces las flores moradas. Pero mi cultura olfativa es lamentable: desconozco perfumes, confundo aromas; me perdería en el desconcierto si guiado por un camino de olores tuviera que regresar a casa. Entonces me aferro a los sonidos.

Sé que ésos son pájaros. Algo los ha enfurecido. Trinos sin canto; percutidos, estridentes, excesivos. Un invasor, quizá, acecha sus nidos. Pero no hay estampida. Los pájaros maldicen quietos dentro de su árbol. Entonces el invasor no debe ser asesino —gato o serpiente— más bien torpe e inofensivo, aunque descarado y suicida, como una ardilla.

Y sé que éstos son pasos furtivos. Huyen dos amantes. Se acaban de besar en un quiosco construido entre pinos al final del sendero. Dejaron un girasol sobre la mesa. Huyen entre risas. Ella es alta y fornida, con brazos tan largos que casi le llegan al piso, como una gorila. Y él parece tan frágil a su lado; es delgado, casi vulnerable; inquieto y ligero, casi ingrávido, como si a su cuerpo le costara mucho trabajo resistir los embates del viento. El girasol está rodeado por decenas de imágenes pornográficas grabadas sobre la madera.

Algo se mueve debajo de la mesa: una abeja atrapada en una tela. Su movimiento es frenético. Sacudo la tela para liberarla. Una brutal araña negra —su cuerpo es del tamaño de una moneda de un peso— sale de quién sabe dónde, veloz e implacable, y muerde a su presa.  A lo lejos, sobre el Bosque, los amantes son dos puntos a un instante de desparecer en el horizonte. Y la araña trepa por su tela sobre la abeja muerta.