De una butaca en un aula a los Arcos del Milenio

Desde los 12 años, "Neeh" se dedica al grafiti y en la última ocasión dio una mordida de dos mil pesos para que a él y sus amigos los dejaran libres.
"Neeh" actualmente acude a clases de pintura.
"Neeh" actualmente acude a clases de pintura. (Cortesía)

Guadalajara

Una mochila fumigadora fue el instrumento ideal para utilizarlo en pintar un grafiti en una parte de la ciudad. Fue cargada por un grupo de amigos que caminando se toparon con los Arcos del Milenio, punto ideal para que la bomba quedara plasmada.

“Sin pensarlo empezamos a rayarlo y esa fumigadora tiene mucho alcance de unos tres metros y sí sentías esa adrenalina que si te cachan, pues ya prácticamente tendrías que dejar de hacer esta cosa del graffiti”, recordó Neeh, quien prefirió omitir su nombre. 

Cuando apenas cursaba el primer año de secundaria, a los 12 años, Neeh comenzó a tener acercamientos con el grafiti; sus amigos y él fueron de los muchos adolescentes que dejaron su marca en las butacas, paredes y bardas perimetrales de la Secundaria Técnica 14.

Su interés por esta actividad le hizo buscar información a través de Internet para conocer la historia, los principales exponentes del grafiti y las técnicas.

“Yo me fui influenciando por otras personas que veía en Internet y fui creando mi propio estilo y  nadie me enseñó, fui haciendo mis propios trazos”.

En principio le servía un plumón de aceite para rayar su apodo, luego ahorraba el dinero que sus padres le daban para gastar y así comprar dos latas de spray que costaban 30 pesos cada una. Hubo momentos en el que invirtió de 150 a 300 pesos de material.

En el mundo del grafiti el tratar con policías es usual. Durante los cinco años que Neeh lleva practicando la actividad de manera ilegal ha sido “cachado” en cinco ocasiones; en dos de ellas sólo lo pasearon, en otras tuvo que dar cien pesos, pero la última vez le fue tan mal que ya lleva seis meses sin rayar una barda.

“Asustaron a nuestros papás diciendo como si fueran jueces el castigo que nos iban dar y pues obviamente un padre se asusta y sacaron el dinero que pudieron. A un compañero les sacaron mil (pesos) a sus padres y a mis padres también mil. Se llevaron dos mil varos más otros 200 que les habíamos dado nosotros. Se da mucho la extorsión, los policías buscan sólo dinero”, cuenta el joven de 17 años.

Tras esa experiencia ya estudia clases pintura y práctica su caligrafía. El objetivo es hacer graffiti legal y que su arte urbano pueda ser admirado por los ciudadanos. El tener más años le ha hecho ver el aporte que puede dar a través de un buen mural y dejar la adrenalina de la ilegalidad a los adolescentes que apenas comienzan.

“La gente piensa que las personas que hacemos esto prácticamente somos delincuentes o que no sólo grafiteamos, también robamos o hacemos otras cosas ilícitas y no”, concluyó.