Artesanos de Puebla: 30 años de ofrecer sus productos de palma en la ciudad

Cada temporada de Semana Santa dejan el poblado de Chapulco para venir a Monterrey a vender artesanías de palma y espiga de trigo.

Monterrey

En los días previos al primer receso vacacional del año, el poblado de Chapulco, Puebla, se vacía por completo. Sus habitantes, trabajadores y artesanos, viajan por todo el país a vender el producto que identifica al poblado: artesanías de palma y espiga de trigo, tradicionales de la Semana Santa.

Desde hace 30 años familias de este pueblo vienen a Monterrey para vender sus artesanías. Hoy se les ubica a lo largo de la calle Aramberri, entre Cuauhtémoc y Juárez.

 Los ramos de palma y laurel, “Cristo” en espiga de trigo y coronas aromatizadas con manzanilla, son algunos de los tradicionales productos que los habitantes de Chapulco realizan durante todo el año, con la finalidad de venderlos en tan solo una semana.

Previo a la festividad católica del Domingo de Ramos, hombres, mujeres y niños continúan elaborando piezas en las calles de Monterrey, donde ni el tráfico, el constante flujo de personas ni el calor los distraen.

“Venimos como más de 50 personas, llegamos el sábado pasado. Ya es una tradición venir a Monterrey”, comenta Benjamín Casanova Martínez.

Al escenario se le agrega el toque local: la manzanilla y el laurel que se trae de ranchos cercanos a la Laguna de Sánchez.

Una vendedora, comenta: “Mire cómo viene tan verde el laurel hoy, es que hay mucha agua por allá”.

 

Trabajo de un año

Además de ser artesanos, los habitantes de Chapulco tienen su empleo fijo. Algunos son albañiles; otros, obreros, y como en el caso de Casanova, quien trabaja como empleado en una fábrica que empaca huevo.

Él está en sus vacaciones de Semana Mayor, y comenta que el trabajo del cultivo del trigo y la palma se realiza durante todo el año. Con las lluvias de junio se inicia el proceso, para recoger la cosecha en octubre y así iniciar las artesanías.

“Esto lo hacemos a ratos libres que tenemos después del trabajo y todos participamos en la elaboración de la artesanía” apunta el joven artesano.

Del pueblo, sus habitantes viajan a ciudades como Guadalajara, Tijuana, San Luis Potosí y Monterrey. A nuestra ciudad tienen viniendo 30 años, donde cada vez es más difícil conseguir los permisos de venta.

Pero la dificultad no es sólo por vender en las calles del centro, también en las iglesias de los municipios cercanos –San Nicolás, Guadalupe- les restringen cada vez más la venta.

Sin embargo cada año vienen, cada temporada añaden diseños especiales a sus piezas, como son las espigas coloreadas o los cristos en palma y barnizados, donde cada familia compite por presentar la mercancía “más original”.

“Sabemos que podemos estorbar en la calle o que generamos un problema, pero sólo pedimos que tengan tiempo de ver nuestra artesanía, que la admiren, y si les gusta, la compren. Creemos que no hacemos daño a nadie”, refirió.