CRÓNICA | POR ALICIA SÁNCHEZ (@YANMARCESIBLE)

Hay que vencerse a uno mismo

Desde el cielo, a 500 metros de altura, en medio de complejas y fantásticas figuras, el frío y los nervios se vuelven nada.

Un total de 200 globos se preparan para emprender el vuelo.
Un total de 200 globos se preparan para emprender el vuelo. (Alicia Sánchez)

León, GTO.

Allá arriba se ven abejas, mariposas e incluso elefantes del tamaño de una casa. Y las casas se ven del tamaño de una abeja. Para ver esto hay que vencerse a uno mismo.

Sólo en esta fecha el cuerpo humano resiste retar al frío para caminar varios kilómetros y plantarse al lado de una presa, justo antes del amanecer, con la promesa de una visión mágica: Figuras flotando en el aire.

En muchos bulevares, antes, ya se intuye que los vehículos se dirigen hacia el Parque Metropolitano de León. Todos van a ver los globos, no hay duda de eso.

Se le nota a la gente en los gorros, los guantes, las bufandas, pero sobre todo en la expresión.  Nunca de madrugada las sonrisas abundan en León.

Los tránsitos municipales se vuelven guías turísticas en esta fecha. Se trata de que todos lleguen a tiempo.

El registro para volar se cierra a las 6:30 de la mañana, de manera que mucho antes todas las personas que van a elevarse por los aires dentro de una canastilla de mimbre, deben intercambiar su boleto por una pulsera que será su pase al vuelo.

El cielo aún está oscuro, pero todos aquí saben que dentro de un rato más se verán cosas únicas en él. El tiempo transcurre lento.

Mientras tanto un café, un chocolate, un atole o agua hervida con sabor a algo para amortiguar el frío que se cuela por todos lados.

-“A cinco, seño”, responde una mujer tras una enorme vaporera y una cartulina verde que dice “CANELA”.

En la zona de despegue, enormes cuadros pintados con cal determinan el espacio de cada globo. En cada uno de ellos, hay una persona sosteniendo un letrero con el número de globo correspondiente.

Si son 200 globos los anunciados en este festival, el espacio para ellos es interminable. Por más que se trate de ver algún final, el resultado es el mismo: El cielo.


¡A VOLAR!

Son las 7:19 de la mañana, el cielo ya se ha aclarado y las camionetas comienzan a circular entre los enormes cuadros de cal. Hay grupos de personas que aplauden a las camionetas al pasar. La emoción es inminente.

Ondas de calor golpeando el rostro sobresaltan a todos.

La parafernalia de la inauguración y los discursos de objetivos, cifras, visiones y metas, pierden toda importancia con las ondas de calor

Por fin llegan los globos, se acomodan en el cuadro que les corresponde. La tripulación es de 4 personas más el piloto.

Extender el globo cuidadosamente a lo largo de 25 metros y luego inflarlo con un poderoso ventilador. Ahí adentro todo es viento y color rojo.

La indicación es única y clara: Cuando el globo alcance la posición vertical, hay que entrar en la canastilla… y volar.

El piloto pide precaución: Encenderá el fuego. Lo hace en posición horizontal, al ras del suelo. Una pequeña parte del nylon ripstop que conforma el globo se derrite al contacto con la llama. Sin embargo, eso no es impedimento. El piloto inclina la llama y continúa calentando el aire dentro del globo.

En cuestión de segundos, el huevo rojo se eleva. Es el momento de entrar. Y hay que hacerlo rápido.

Como por arte de magia, la canastilla se eleva. Entre cubrirse la cabeza por instinto del calor y reponerse del espanto del flamazo, transcurre el despegue. Suave, lento y ante miles de miradas y manos saludando.

La altura se incrementa. Ahí arriba, suspendidos, no hay palabras para describir la visión.

Es un estado de paz y a la vez de insignificancia. No somos nada ante la naturaleza imponente, ante la vista del infinito y la bendición del clima.

Un humano 500 metros más arriba que los demás no es nada entre el esfuerzo de muchos otros que han logrado colocar las figuras más complejas y fantásticas junto a las nubes.

Allá arriba ya no se sienten igual los flamazos, ni la respiración ni la adrenalina en el vientre. Allá el tiempo transcurre lento y a la vez rápido.

De pronto no hay piso. El piloto consulta su reloj sin dejar de controlar los flamazos. A menos flamazos, menor altura. Es hora de volver a la realidad.

En un instante las casas se ven más grandes. Volamos a ras del techo de una bodega. Con una destreza que aprendió en 31 años, el conductor de este artefacto logra que la canastilla rebote en la maleza con suavidad. Una, dos, tres veces.

Hemos aterrizado. Enhorabuena.

No será posible recordar las manos temblando al entrar a la canastilla, ni las piernas petrificadas ante los movimientos del globo; no el ardor de la cara quemada, ni los oídos tronando en el descenso, ni siquiera los golpes contra el tanque de gas al aterrizar…

Volar lo hacen las aves, los aviones… y los arriesgados.