Triple jornada: ¿ojerosa o pintada?

¿Por qué el Metro, espacio público, es durante las primeras horas de servicio salón de belleza improvisado, espacio para que Ellas se peinen, depilen, maquillen, y ricen sus pestañas?
maquillaje
(Especial)

Ciudad de México

¡A trabajaaarrr! Del oriente de la Ciudad de México y su zona conurbada (delegaciones Venustiano Carranza, Iztapalapa, Iztacalco; municipios de La Paz, Nezahualcóyotl, Chimalhuacán, Ixtapaluca, Chalco, Solidaridad, Amecameca, e incluso de los estados de Puebla, Morelos y Tlaxcala) arriban al paradero Pantitlán más de 75 millones de pasajeros al año.

Los pasajeros arriban a los túneles. El paradero es ebullición. Se disputan el espacio público boleros, expendios de comida, de dulces, ropa, fruta, herramientas, refrescos y, claro, cosméticos para quienes durante el viaje se dan “una manita de gato” y llegan al trabajo bellas como la fresca mañana.

Ana Morales, vecina de Ciudad Neza y empleada doméstica en la Condesa del DF, enfatiza un empoderamiento en el acto de embellecerse: “Me quiero, por eso me arreglo. Pero en mi casa, cumplo los quehaceres, entre ellos arreglarme las pestañas, las cejas, aplicarme el lápiz labial. Salgo guapa, no a que vean cómo me transformo. Eso es sinónimo de gente fodonga, y no va con mi vanidad de verme bien durante mi trayecto”.

No todas opinan lo mismo. Para Tere Jaime, maestra de bachillerato y una de los casi 75 millones de metronautas defeñas en 2012 (54 por ciento son hombres y 44 por ciento mujeres), hay tiempo y lugar para cada cosa, “y una debe aprovecharlos para llegar con buena presentación al trabajo. No estoy de acuerdo con que nos maquillemos en el Metro: nos malmiran los pasajeros.”

“Manita de gato”: acción de maquillarse; necesidad, gusto, ¿competencia femenina? La Universidad Autónoma de Nuevo León brinda un curso en línea denominado “Nuevas masculinidades”, donde se abordan la publicidad y los estereotipos femeninos impuestos por la sociedad patriarcal. Un ensayo de Marcela Lagarde (“Democracia genérica. Por una educación humana de género para la igualdad, la integridad y la libertad”) indica que “la sociedad ejerce su dominio sobre todas y cada una de las mujeres de diversas maneras, desde la más brutales hasta las más encubiertas, y lo hace guarnecida y consensualizada por la cultura sexista, machista y misógina”. La misma que domina el mundo de la publicidad.

Las horas-viaje en esta macrópolis son para maquillarse entre la muchedumbre. Guadalupe Toscano, estilista, es tajante: “Nos arreglamos, en principio, para nosotras mismas. Para nuestro cuidado personal. Para ser atractivas y no fodongas. Y con el paso de los años, para evitar (inútilmente) el envejecimiento”. Guadalupe inició sus estudios de belleza a los 13 años. Desde entonces se ocupa de su arreglo personal:

“Y salgo rumbo al trabajo concluido mi arreglo. Puedo entender la triple jornada que llevamos las mujeres, pero yo tuve cinco hijos, un marido que atender. Llevaba los chamacos a la escuela. Madrugaba. Y no iba descubriendo los secretos de belleza en el vagón de los hombres, expuesta a las burlas, a los comentarios irónicos (subió una y bajó otra bien distinta)”.

Metro Taxqueña, paradero norte, 10 de la noche: las mujeres hacen un alto en el puente peatonal: un vendedor torero desparrama sobre el piso lápices labiales, rizadores, esmalte para uñas, polveras, limas para las uñas, objetos para recogerse el pelo…

En el Metro Hidalgo “Sos bella” expende productos para la belleza personal y en los alrededores de la estación hace lo propio el comercio ambulante (siete puestos contamos durante un breve recorrido, más Casa América, establecida en los pasillos que circundan el andén, además de Casa Jaime y Perfumes Greasse).

Las estaciones del Metro de la Ciudad de México son propicias para el comercio. En 80 por ciento de los accesos al Metro hay comercios informales, unos 16 mil. Los vendedores minoristas de cosméticos se surten en el Centro Histórico del Distrito Federal. Destacan las calles de Alhóndiga, El Carmen y Correo Mayor, ubicadas al lado oriente del Zócalo: meca de minoristas y amas de casa que buscan productos para su arreglo personal, importados de Corea, Taiwán, China, Hong Kong…

Pero ser bella implica riesgos. Más adentro de los vagones en marcha: Xóchitl Chavero, estilista, confiesa no tener la habilidad para maquillarse de pie y entre el apretujamiento de las horas pico: “Prefiero hacerlo sentada; para ello debo ganar un lugar: apenas se abren las puertas, en tropel me abro paso a empujones, codazos, patadas… En ocasiones caen ancianas, pequeños. Logro un sitio”.

Entonces saca su cosmetiquera e inicia la transformación: “Solo me arreglo un poco, pues todo puede incluir la base del maquillaje, corrector, rubor, cucharita para enchinar las pestañas, rímel, delineador de cejas y hasta polvo traslúcido para que el maquillaje dure más tiempo”.

Verónica Torres Arias, profesora de primaria, psicóloga educativa, vecina de Neza, advierte riesgos a la hora de maquillarse: “Andaba en la Línea 1 por la mañana, llenísimo el Metro; todas apretadas, y una vieja sentadita en el lugar individual causa nuestra envidia, hace lo siguiente: paso 1,  saca un espejo; paso 2, se unta el polvo en la cara. El convoy dio un frenón y quedamos cara a cara las que estábamos de pie. Paso 3, saca el enchinador de pestañas —jajajajajaja, me río tanto, acota Vero y le gana la risa—; la viejita voltea a vernos. El Metro frena de nuevo. La anciana mete la pestaña en el enchinador, frena el Metro muuuuyyy fuerte, ella tira y quedan las pestañas en el enchinador; todas soltamos la carcajada, y ella sin las pestañas de un ojo y cara de susto”.

Vero se maquilla en el Metro. Lupe Toscano, estilista, la envidia: “Yo no puedo, me asombra que se ricen las pestañas con una cuchara, un peine, una tarjeta de crédito, ¡hasta con una aguja, con riesgo de picarse un ojo!”

Se arriesgan. Incluso a la maledicencia, a la misoginia: “A la pecerda sube una ama de casa y baja una modelo, aunque sea 1955. Mira, se echó encima toda la tlapalería, le cayó el payaso encima”. No importa: manita de gato pese a frenones del tren y la oferta de chicles, guantes industriales, desarmadores para el arreglo de la compu, el reloj, la calculadora… Bara-bara, damita, lleve su esmalte, su delineador, los pasadores con punta de goma… No importa que ella atraviese la ciudad de oriente a  poniente, de Chalco a Naucalpan, de Chimalhuacán a Polanco: bara-bara, para su cosmetiquera, cuidadito y la pierdas: “Lleva desde 500 hasta 3 mil pesos en accesorios de belleza”, comenta Lupe Toscano: “Invertimos para elevar nuestra autoestima, satisfacer nuestra vanidad, para que brillen los ojos de los hombres y llenar de envidia a otras mujeres. No daña darnos ese gusto. Lo merecemos si saltamos de la cama al baño; a la cocina, al colegio, al pesero o chimeco, al paradero y de allí al anden y del andén al vagón…”

Manita de gato… ¿Empoderamiento? ¿Enajenación, azul como una ojera de mujer?

* Escritor. Cronista de Neza.