Tradición indígena y herencia andaluza

El ánimo sacrificial y penitente de raíces prehispánicas y cristianas, la representación de dolores y sufrimientos materializados en la cruz, y otras escenas de La Pasión fusionan en mestizaje la ...

México

El caso de la Semana Santa en México es singular; su mezcla con las tradiciones culturales de diversos pueblos indígenas, la conquista ideológica del cristianismo y el pujante mestizaje —entendido como mezcla cultural, antes que racial— de la Colonia, lograron crear una forma nueva de rituales dirigidos a establecer comunicación con la deidad.

Algunas con más carga de tradiciones indígenas precolombinas, otras de herencia cristiana (cofrade), sin dejar de lado las representaciones de La Pasión como una forma de evangelización, mantienen actualmente gran importancia en casi todo México, pero de manera más articulada del occidente al sur de país.

De raíz indígena

Comenzaré por las tradiciones indígenas, el costumbre, como puede ser llamado en las regiones del occidente y centro. Para los pueblos indígenas precolombinos las principales actividades rituales tienen que ver con la celebración de  los ciclos agrícolas: su cosmovisión está ligada profundamente con el ciclo de vida del maíz y el temporal de lluvias, pues esto también rige en gran medida la organización social, productiva y de gobierno al interior de las comunidades.

Con la aproximación dentro de las comunidades indígenas, no dudo en decir que la Semana Santa se volvió, al correr de los siglos, una de las festividades más importantes de la ritualidad de ciertos pueblos indígenas por dos paralelos que naturalmente se entrelazaron: la lucha dual entre el bien y el mal, la luz y la oscuridad, y la preparación de la tierra para sembrar: la siembra y cosecha, en analogía con la muerte y resurrección de Jesús.

A pesar de ello, se llevan a cabo procesiones solemnes donde las imágenes religiosas y los momentos de La Pasión de Jesús tienen una importancia relevante, a la par rituales de paso donde los adolescentes de la comunidad entran en juegos sexuales, como tránsito entre la niñez y la vida adulta, y donde por medio de danzas se hace un llamado a la fertilidad de la tierra y la comunidad.

De forma paralela se recrean rituales donde el bien y el mal, la luz y la oscuridad, la vida y la muerte, el inframundo y el supramundo se enfrentan, dando cuenta de su ancestral cosmovisión de la dualidad, donde cada uno de esos extremos se complementa, creando un equilibrio que al final hace que la vida salga triunfante: esto es representado pintándose el cuerpo para tomar una presencia extraordinaria, dejar de ser quien has sido y volcarte en un nuevo ser, preparando máscaras zoomorfas y sables rituales tallados en madera.

Reinterpretación de la pasión

La representación de La Pasión escenificada tiene varios matices en su desarrollo en México, en algunos casos buscando ser muy apegada a los evangelios o a la versión cinematográfica que se tiene de ellos, en otros, apenas como una remembranza o un acercamiento donde se carga la cruz como representante de dolores, penas y sufrimientos; una cruz que se comparte, donde el dolor individual se vuelve una carga compartida entre los asistentes de la comunidad y sus familias.

Las representaciones de México tienen un alto grado evangelizador, con ejemplos muy destacados de organización social para que sea todo un magno evento para la memoria, tal es el caso de La Pasión de Iztapalapa, en la Ciudad de México, cuya organización incluye a miles de personas, y se cuenta la visita de millones de asistentes desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección.

La memoria de las representaciones tal vez podríamos dividirla en dos circunstancias paralelas, que no necesariamente se conectan: un momento de narración y un momento de relato. La narración lleva consigo toda la carga simbólica de los evangelios donde se hace palpable la historicidad y lo “real” de los hechos evangélicos; mientras que en el relato, se intercalan y se escapan momentos “mágicos” donde el imaginario popular se apropia de la historia narrada y logra una reinterpretación de los hechos ¿cuál? La que necesite en ese momento la comunidad. No existen límites, no hay fronteras. La historia “real” apegada al evangelio y la historia ficcional se funden y logran una cantata única.

La herencia andaluza

Finalmente nos encontramos con las procesiones solemnes de Viernes Santo, que a diferencia de Andalucía, donde son durante toda la semana y sin presencia ya de flagelantes, en México se concentra la tradición procesional de naturaleza cofrade durante el jueves y viernes, ligada principalmente a la penitencia y cumplimiento de promesas.

La adopción y reinterpretación de las Cofradías de disciplina dentro de la Semana Santa ha tenido mucho arraigo en México. Hay tres elementos predominantes y en correspondencia: las flagelaciones públicas, el anonimato y el recorrido de los nazarenos junto a las imágenes correspondientes a los Cristos patronos de cada comunidad y su correspondiente Virgen Dolorosa, veneradas de manera específica en estas fechas.

De la enorme gama que mantiene España de hermandades y cofradías, la única referencia directa en México son las Cofradías de Semana Santa y la Hermandad de la Ánimas, aunque su sociabilización es muy acotada a lo largo del año, pero muy intensa y pasional durante Semana Santa, siendo el dolor de las penitencias uno de los ejes rectores de la celebración.

Lo anterior tal vez sea por la idea de sacrificio, la búsqueda del perdón o que la imagen de un Dios que castiga no ha podido ser sustituida por la de un Dios de amor. El dolor expuesto hacia los otros es una forma de éxtasis personal, indivisible, que al encontrar eco en otros, se vuelve muy poderoso y de un arraigo indígena muy particular.

Explicando lo anterior, hago la observación del sacrificio como un elemento en la sociedad precolombina, donde los sacerdotes hacían sacrificios humanos para mantener a los dioses en equilibrio con el universo. En la actualidad el individuo hace sus sacrificios personales para mantener el equilibrio de su microuniverso.

El ejercicio de la penitencia pública dentro de la celebración de Semana Santa es una válvula de escape colectiva. Es una manifestación popular, un tanto autónoma, voluntaria y espontánea, correspondiente a las necesidades del penitente o disciplinante, y las promesas generadas a lo largo del año al Cristo de su devoción.

Digamos que es un trato cara a cara con Dios y por medio del cual se encuentra un diálogo profundo del hombre con su deidad, sin la intervención de ninguna institución eclesial, política o económica. En cierto sentido, a través del éxtasis de la experiencia religiosa, se encuentra una liberación particular.