"Torito"

La convivencia en la oficina lo había convertido en un estúpido, quizás lo era ya, pero esa oficina de subnormales lo había vuelto más estúpido. Capturar informes y pensar en cambiar de vida todo ...
insecto
(Fonseca)

México

No era Kafka y no perdía la ilusión de publicar alguna bilis venenosa como muestra de rebeldía tras los constantes rechazos editoriales y su aburrida vida salpicada de frustración. La frustración: una respuesta emocional capaz de destruir vidas ajenas, propias y lejanas.

Mientras más obstáculos imposibles de derribar, mayor era su grado de frustración. Desquitarla en la señora de la limpieza, sus hijos, ex esposa y amante.

Kafka, siempre él, presente en las capturas de textos aburridos y absurdos. Kafka, ese neurótico brillante y torcido que no escribió más de quinientas páginas. Pensaba en él, tenía sus libros, guardaba la esperanza de obtener reconocimiento.

Ninguna editorial había mostrado interés en su “trabajo”, y es que ese trabajo no existía. Trabajaba de ocho a cuatro, una hora de comida, seis horas de haraganería, ni media hora haciendo los reportes de su jefe inmediato, que a su vez hacía el trabajo del jefe a cargo y así una interminable cadena de amargos favores para los jefes, cuyo trabajo eran comidas interminables y teibol.

Haraganes chupando energía de los más trabajadores y débiles de la oficina, podías constatar en su Facebook, Twitter e Instagram, estado tras estado, horas nalga pagadas por los idiotas de lomos cansados que pagan sus sueldos.

La haraganería es una característica de las clases sociales con la economía resuelta o el otro extremo: el miserable.

La foto del coctel de frutas mañanero, la foto de la comida, la foto de las uñas de gel de la que les vende las corbatas, la foto de la comida de cumpleaños de algún compañero, la foto de la última parranda obligada de viernes en el bar donde casi se gastaba la quincena completa.

La convivencia en la oficina lo había convertido en un estúpido, quizás lo era ya, pero esa oficina de subnormales lo había vuelto más estúpido. ¿El escritor se hace? ¿Puede nacer escritor? ¿Ser escritor es un estilo de vida?

Capturar informes y pensar en eso todo el día, en cambiar de vida. Despegar sin trabajar, aprendido desde la infancia, sacar el power como Mario Bros.

Un título: negocios internacionales. Lo primero que debería aprender una persona al nacer es quedarse callado cuando no se tiene nada que decir, no intentar mostrar sus miserias a los demás, vivir cosas en las que no se reconozca y ser libre de vivir como se le pegue la gana.

El escritor no debería escribir de sus frustraciones, podría aprender a ser una especie de ente no reconocible por los otros que le conocen o creen que le conocen. “La muerte del autor”, en 1968, le pudo dar respuestas, pero leía basura.

Le invité unos tragos a pesar de que sabía en qué terminaba todo aquello, la misma historia de siempre: una vida arruinada, persona frustrada con hijos no deseados, una vida disfrazada de éxito, tarjeta de crédito (esa que usa el que todo lo debe y no puede pagar de inmediato), auto del año y cartera ostentosa.

Nunca me ha asombrado el dinero, ni los autos lujosos ni los billetes, esos no te pueden pagar el afecto y mucho menos el respeto; si eres idiota, por mucho dinero que lleves en la cartera, harás el ridículo en una cena con personas reales que se burlan de tu ingenuidad, de ese afán de superioridad económica aspiracional.

Se ríen de que les presumas tu auto, esos sucesos no le interesan a nadie que posea un gramo de estilo. Lo que criticas del “jodido” es lo que eres: un jodido disfrazado de exitoso. Lo vi humillar por dinero a personas que consideraba sus mejores amigos, así que sabiendo en qué terminaría todo aquello, decidí pagar la cuenta e invitarle, evitar que se pusiera pesado sacando la calculadora y cobrando la cuenta centavo por centavo, alma mezquina.

Me llevaba casi 15 años, trabajaba en la dependencia donde todos pagamos impuestos. Lo escuché por horas, la misma cinta rayada hasta el vómito: “Ya estoy hasta la madre de levantarme temprano y hacer el trabajo de mi jefe, lo que me pagan es injusto”; da igual aparentar que lo escucho, ignoro por qué me someto a este valle de lágrimas, quizás es la nostalgia de crecer juntos años atrás, por eso lo soporto.

Lo acompañé a levantarse a un travesti en la calle de Bajío. “Estoy aburrido, lo hago para salir de la aburrición; no soy puto, soy tan hombre que hasta a los del otro bando les doy”.

Los dejé en la puerta del hotel Roma Amor, caminé hasta Cuauhtémoc. Cinco de la mañana. Dos llamadas perdidas de número desconocido.

Llamé. Una voz conocida. “Bueno, holis, y perdón que te molestara, es que Arturo no me contesta el teléfono, quedó de venir por los niños a las nueve, mañana los va a llevar a comer truchas, me dijo que estaría contigo, ¿me lo pasas, porfis?”

Porfis, asco de palabra. Silencio y pensar en qué decirle para que no se suicidara. “Estamos en El Torito, me guardé el celular en las teclas, a él se lo quitaron, por eso no te contesta, no tiene caso que vengas, está horrible, te llamamos más tarde, salimos mañana, tengo que colgar”.

La ex se había casado con otro, pero seguía dependiendo de él. Hoteles de paso, cocaína, transexuales, vestidas, antros bisexuales y gays, éxtasis, excesos, tracas. Esas cosas por supuesto no las hablaba en los desayunos familiares. Le mandé un mensaje: “Estamos en El Torito”.

La birria frente a iglesia de La sagrada familia se veía deliciosa.

*Escritora. Autora de la novela “Señorita Vodka”, Tusquets.