Tlalpan esquina Catfish Row

Dando vueltas por Tlalpan encontré escondido en una calle el Hotel Vista Alegre, cumplió todos mis caprichos: sábanas de lija, cucarachas sin alas, una tienda 24 horas cerca.
La noche que decidí cambiar un puñado de botellas por una "vida mejor" pedí una botella de litro, "El Recreo".
La noche que decidí cambiar un puñado de botellas por una "vida mejor" pedí una botella de litro, "El Recreo". (Luis M. Morales)

Ciudad de México

Mientras la ciudad se desploma, tumbado en la oscuridad escuchando a Gershwin, nada mejor que una habitación pequeña para un espíritu confuso, volverse loco en espacios amplios es como vomitar en un día de campo familiar. No cantaría bajo los puentes de París, no me parecen bellos, el Pont neuf es horrible, arrastrar mi pequeña miseria a Europa sería un acto exhibicionista. La rabia ingenua de los conquistados no es importante en ciudades europeas ordenadas. Eres un migrante mugroso o un turista rico. Rhapsody in Blue, las campanas no doblan por mi. Catedrales del primer mundo que huelen a orines, no son distintas a Santo Domingo, cuyas bancas también huelen a orines. El Diablo que está junto al Cristo de los Rebozos es mío, lo descubrí hace mucho, de niño, le puse flores, alcohol, me sacaron de la iglesia muchas veces por ponerle ofrendas. San Miguel arcángel es aburrido, aliado de dios, tiene la cadena en el cuello del Diablo, ¿no es estúpido tener el control?, la dureza que se vuelve escandalosa no sirve de nada.

Cuando no pude tocar, intenté escribir. No quiero ser escritor, los escritores son cobardes, no enfrentan la vida, la desperdician tras máquinas de escribir, libretas, computadoras. Dices que estás en llamas, que escribes porque te ahogas, ve a los puentes de París y cumple tu deseo en el Sena. Demasiado joven, demasiado estúpido. Eje Central era una romería antes de que pusieran el Metro, aves de mal agüero, jamás se largaron. Ahora chingan todos, malandros, policías, la mafia creció gracias a una pandilla de putitos que sin pistolas no son nada, ¿qué es un arma?, un arrebato sin estilo, acabar la vida de alguien con una bala es un acto cobarde, los golpes son más interesantes, me gusta madrearme con otras bestias furiosas, el mundo es un perro de pelea abandonado en la basura del mercado. Los ambiciosos duermen sin sueño en camas limpias, desde un espacio podrido amenazan, golpean, matan, ordenan, cortan cabezas, solos en su derrumbada compasión. Enloquecí en las habitaciones del Hotel Emperador, pedazo de franja del que escapé cuando el dinero se agotó. Ya no existe cervecería dispuesta a fiarte, el hombre más honrado de Garibaldi enfrenta cargos falsos, no quiso entrarle al pago de piso, a la extorsión gubernamental, esos buitres quieren su pedacito de cielo, un bar derecho no deja dinero a los pillos .

¿El azote de mi generación o de las personas cercanas a ella?, sufrir en Europa, ¿por qué tan lejos?, los aspirantes a escritores creen que necesitan sufrir en Europa. Conozco más de 20 que lavaron platos en Francia o tendieron camas en Italia, sufrieron en Londres o España humillaciones, en Alemania murieron de frío. Pobres imbéciles, para sufrir solo necesitas una habitación diminuta con piojos púbicos, VPH, cirrosis, vómito, miedo, goteras, chinches, garrapatas, cucarachas, Larkspur Lotion y ataques de abstinencia, hambre. El alcohol abre mis nervios permitiéndome soportar la farsa insufrible de las conversaciones, todos son tan idiotas como sus bocas alimentadas por felicidad genuina. Tan ridículos, espero el día en que decidan comprarse una escopeta y dispararse, ojalá. ¿Qué le quieres contar a alguien que bebió agua de los charcos?, que bebías agua del lavabo, que no tenías zapatos, que no tenías amor, hambre, sed de tranquilidad, que tu padre te odia, que tu madre se vende en la salida del Metro Merced mientras tu pides a Dios que te ayude, qué duro, me pondré a llorar.

Dostoievski, en Diario de un Escritor, escribió que Tolstoi estaba lejos del tono de novelista, señalando el tono de historiador. En Rusia en el XIX las minorías acomodadas de escritores inofensivos se reflejaron en sus libros igual que ahora. Están equivocados, no son marginales, son unos pobres diablos y diablas inventándose historias de miseria. Los gitanos no se leen la mano. El sufrimiento inocente, complejo y duro de las obras de Dostoievski no se parece a sus miserables vidas dignas de un capítulo de cualquier teleserie para retrasados mentales, con perdón de los retrasados. Eres tan inocente, aunque tu mente torcida te haga creer que eres perverso e inteligente. Nadie perverso es listo. Los hombres solitarios se pudren un día, a nadie le importa. Los hombres de negocios son propietarios de personas, huesos, pellejos, sangre, alma, hasta de la muerte. Cuando es momento de golpear más duro al enemigo subo el volumen a la rapsodia de Gershwin. Me violenta el ruido de los autos de Tlalpan. Hoteles impagables para un bolsillo de oporto barato, Maga, Encanto, Las Américas. Me recuerdo, la distancia del tiempo entre nosotros y lo que fuimos es la única forma de entender algo. Cuando no quedó nada más en aquella casa, cuando me quedé en la calle, empeñé el piano, ningún hombre sin techo puede llevar un piano por las calles. Los hoteles diminutos con paredes húmedas no sirven para tocar un piano. Gasté ese dinero, destruyéndome, es posible dejar todo en manos de otros, soy un necio, por condición natural siento el impulso de estrellarme. Si el trabajo enaltece, ¿por qué la miseria arrasó con todo?, ¿por qué nunca sentí desasosiego trabajando?, cuando llegué a las barras del Eje no tenía nada, ni cuatro pesos para comprarme un Caña de Oro, el único hombre que no me volteó la espalda jamás, me dejó sentarme en su barra, cuando me echaron de la pensión en la calle de Manuel Payno, cuando el alcohol no me permitía nada más que beber en su compañía, él me dejó descansar acodado en las mesas, durante algún tiempo lavé vasos en agradecimiento, no le gustaba, “no me pagues, la vida me pagará”, de ahí caminaba hasta Tlalpan para dormir en uno de los pasos a desnivel antes de que los cerraran por las noches, esos túneles fueron cama de otros igual a mi. Lo recuerdo, era Porgy sin Bess en Eje Central, hombre compasivo, de semblante noble, padre de todo perro huérfano, abandonado o con las patas rotas que se acercara a su local. Me salvó la vida fiándome cañas, regalándome sopa caliente. Alguien empeñó una guitarra en su local, me la prestó e intenté ganarme la vida con ella, alcancé la suma para comprar un teclado en la casa de empeño cerca del Zócalo. Me formé al lado de hombres genuinamente derrotados, me avergoncé de mis pretensiones, tocar el piano, no existía nada más. Ese hombre salvó mi vida, pienso más que nunca en Dostoievski, siberiano que enfrentó la cárcel con el temple de un perro montañés. Sin su ayuda, tal vez mi cuerpo estaría en alguna fosa común, no tendría importancia, pronto comprendí que no soy Mozart.

Trabajé tocando un teclado en algunos bares de Tlalpan. La noche que decidí cambiar un puñado de botellas por una vida mejor pedí una botella de litro, El Recreo, esa noche bebí la botella ahí, puse canciones que no me gustaban, invité a varios una ronda, no me alcanzó para pagar un hotel sin pulgas. Dando vueltas por Tlalpan encontré escondido en una calle al Vista Alegre, cumplió todos mis caprichos: sábanas de lija, cucarachas sin alas, una tienda 24 horas cerca. Me violentaban aquellos hoteles que no podía pagar, jamás entendí por qué la lluvia parecía una brizna alegre en los rostros de aquellas personas en esos horribles años 90, sonreían, tomaban café, cogían, maldecían el horror, la vida se escapaba para no volver, un niño era golpeado por sus padres en la habitación 12 del Vista Alegre. El mundo es una orgía enorme a la que no te invitaron. Los perros de azotea se mueren amarrados, el sol va secando sus flacos cuerpos, solo quise aprender a vivir sin autoridad, sin obedecer a nadie, la fiesta interminable sin invitados.

Actuar solo te condena al fracaso, actuar de forma colectiva te asegura un fracaso en manada. Dinero, poder: dardos punzantes en los corazones inocentes. Los hombres de mi condición no tenemos lluvia, tenemos alcohol. Tlalpan es una enorme cazuela de tripas cocinándose. La callecita de José Joaquín Pesado parece más desgastada, el número 13 no es de mala suerte. Pago una habitación. Regresé al Hotel Vista Alegre para escuchar una rapsodia picada por la estúpida lluvia y la corrosión de los años más perros, las líneas que escribí seguían ahí, avergonzado me quedé escuchando el lejano sonido de los autos mientras recordé que algún día otra persona que ya no soy, con mi rostro, mi nombre, saco, teclado y la corbata manchada de vino, tumbado en la cama pensó que compraría un piano Petrof con máquina Renner para tocarlo borracho, no importarían los problemas mecánicos, podría incendiar los bares de Tlalpan, apagar el sonido de la lluvia.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets).