Tiburones, los refugiados que habitan un parque marino

La recuperación de los escualos es la demostración palpable del éxito en la conservación del arrecife coralino que da vida al mar de Cortés, pero hace falta protegerlos fuera.

Baja California Sur

Doña María Griselda Castro Montaño es una especie de “conciencia viva” de la historia de Cabo Pulmo, con sus 80 años a cuestas.

La mayor de los sobrevivientes de la generación de su hermano Juan-once años menor-,  no tuvo como los varones la oportunidad de dedicar sus mocedades a la lucha con el mar o con los elementos, pero acompañó a su padre en ocasionales jornadas de pesca a bordo de canoas gobernadas por el tumbo de las olas; entonces descubrió prodigiosas criaturas como el bíblico leviatán (la ballena), las focas traviesas, los astutos tiburones y la colosal síntesis de esos mares ubérrimos, coloridos, casi barrocos: el gigante y pacífico tiburón-ballena.

“Pescábamos las chopas, las cabrillas; yo no sabía, pero veía a mis hermanos y a mi papá arriba de esas sierpes, que eran canoas de remos, pues no conocíamos los motores. Pescábamos para comer, no había prohibiciones, yo miraba muchas garropas, meros y tiburones, uno de esos era muy grande, le decíamos cornuda, tenía dos cuernos y era muy bonita, creo que le dicen tiburón martillo […] a los tiburones los pescaban, les ponían cimbra, un mecate con muchos anzuelos que dejaban y al día siguiente ya estaba atrapado el tiburón… venían de fuera a comprarlo, dejaba un dinerito bastante bueno porque éramos muy pobres”, relata la anciana, que habita en solitario un modesto cuarto sobre la brecha principal del poblado y ha debido enfrentar en los últimos tiempos el azote de la diabetes. 

Fueron once hermanos. Los gemelos, Armando y Antonio, “se murieron lueguito después de nacidos”; los demás han logrado habitar este yermo, el extremo del desierto de Baja California, la tierra que colinda con uno de los sitios marinos más productivos del planeta.

Vivir en este paraje ha sido casi todo en su vida. Conoció Tijuana y  Mexicali; pasó al otro lado del mar de Cortés y vio los valles de Sinaloa y Sonora, pero su pasión viajera se limitó a la gran cuenca del golfo californiano; tal vez las luces lejanas de San Diego allende la frontera; quizás la enorme oquedad que delinea al horizonte la Sierra Madre Occidental, que parte el norte mexicano y alimenta con agua y limos las llanuras costeras más productivas del país.

Ocho nietos, 22 bisnietos, un año sin ir al doctor, ningún título escolar para defenderse, trabajo doméstico que debió abandonar con la edad, largas contemplaciones de cómo se ha destruido su mundo;  la vida ha sido dura, el refrigerador se lo llevaron hace ocho meses a casa de su hermano, pues no tenía luz; sequías eternas, casi. Los tiempos felices fueron cuando estábamos solos, y no hemos dejado de ser pobres. El ganado se acabó. Los venados se asomaban a las casas, a la familia le robaron sus tierras un gringo de nombre Colt, que se casó con la sobrina de los Castro para legitimar el despojo. Ya en el ocaso, con varios hermanos enterrados -“es que el día que nos muéramos no nos vamos a llevar nada”-.

Otros seres mueren en el piélago: los tiburones, temidos desde Shark de Steven Spielberg, hoy tratados de redimir por científicos y ecologistas, como Mr. James Kentchum.

LOS INCOMPRENDIDOS

Como los lobos, los tigres o los cocodrilos, el súper depredador más antiguo, prodigiosamente diversificado por 400 millones de años de evolución en los mares, necesita con urgencia el lobby de algún exitoso despacho de relaciones públicas de Nueva York, Tokio o Londres –las capitales del poder global- que se dirija a destruir los mitos que parecen legitimar la tragedia de su acelerada desaparición: que es violento, que es malo, que es peligroso para los humanos.

Que detrás de esos pretextos haya intereses económicos –esos, verdaderamente depredadores-, desprecio por la vida salvaje, desconocimiento del papel esencial de estos animales para conservar sanas las cadenas tróficas, desinterés y hasta el nihilismo irresponsable, laxo y comodino muy de nuestro tiempo, con tufillo “pseudoevolucionista” de los tipo “no tiene caso hacer nada”; “la adaptación es una ley natural, ellos se condenan solos”; “la naturaleza decidirá”, no resta utilidad a la gran campaña pendiente para restar “razones” y desterrar temores sobre los escualos, esa máquina perfecta que aún circunda los océanos, controla poblaciones de fitófagos y carnívoros medianos o menores, y propicia con su incansable labor los delicados equilibrios que sustentan la ecología y la economía –paradójicamente- de quienes los persiguen.

Pero “el instinto malo es en el hombre más poderoso que el bueno […] el temor y la fuerza tienen mayor imperio sobre él que la razón...”, diagnosticaba desde el infierno un impaciente Maquiavelo en el famoso libro de Maurice Joly, hace 180 años.  El poder tiene al monopolio: no puede haber más que un depredador, parecen sugerir sus marinos no-lectores, sucesores que hollan los mares en busca de escualos.

Y ver tiburones es para Cabo Pulmo, en realidad, una excelente noticia desde la óptica de la conservación, opone el entusiasta Ketchum, director de Marine Conservation, en La Paz.

Su precario despacho tiene pocos muebles pero muchas evidencias de su pasión por los tiburones. Un magnífico cromo colgado en la pared ofrece de un vistazo la fabulosa diversidad del pez del Cámbrico, desde el enorme ballena, el colosal y popular blanco de los mares fríos, los feroces toro, los omnívoros –literal- tigre, y los verdaderos enemigos de muchos buzos, los maquiavélicos azules –quién lo diría, Joly-.

“A partir de la protección del parque marino es que empieza a haber más tiburones; los guías de buceo los empiezan a reportar: tiburón toro, tiburón tigre; primero es anecdótico, pero en 2007 hay una toma aérea de Octavio Aburto, donde se captan de 80 a 100 tiburones pegados a la costa de Cabo Pulmo, y los identificamos por las puntas negras en la foto; empezamos a estudiar a los tiburones en 2011, marcamos uno para ver cómo se mueven, se la puso a dos especies, al toro y al punta negra, y vimos que el toro se la pasaba cerca de los arrecifes […] ya como investigación sistemática empezamos en 2013, los primeros censos desde tierra, descensos submarinos, a marcar a mas animales, y vimos que hay una abundancia de tres especies de tiburones en la costa […]  el regreso del tiburón es una señal de que el hábitat está ya recuperado, en otros sitios de los mares mexicanos puede haber, pero si no hay depredadores son lugares aún degradados en el tema de la cadena alimenticia”, subraya el investigador.

Hay tres tiburones emblemáticos que están protegidos: el ballena, el blanco y el peregrino. Pero su valor comercial es escaso, lo que ayuda a sostenerlos. Hay otros de alto valor comercial que por esa presión deberían estar oficialmente protegidos, como el famoso martillo. “Es crucial protegerlos, a nivel mundial es una especie amenazada, pero México no la protege […] Cabo Pulmo no es el hábitat normal del tiburón martillo, es raro verlo, donde sí había es en El Bajo, un lugar famoso en los años setenta y ochenta, pero se acabó; el tiburón martillo sufrió mucha pesca, y está duro que se recupere porque esa pesca se mantiene”.

Otros escualos a proteger: “al tiburón punta negra, el sedoso, el zorro, son para nosotros especies importantes […] los pescan principalmente, desde hace 30 años, por la aleta, que se manda al mercado asiático, por allá preparan sopa de aleta de tiburón. Su carne se usa, pero es de segunda, y el hígado es cosa del pasado como aplicación medicinal”.

Faltan conocimientos, de allí la investigación, sobre las costumbres reproductivas, de manera que las vedas de protección temporal tengan sentido. El furtivismo, la corrupción, la incapacidad institucional de vigilancia, todo eso juega en contra.

En la zona del golfo hay unas 40 especies de tiburones, de las cuales, entre cinco y diez son comerciales. Hay migraciones largas de algunas especies desde las Islas Revillagigedo, aunque el gran peregrino de los mares es el ballena, que se estima puede venir desde las Filipinas.

Los especialistas buscan más datos de monitoreo para proteger mejor. La serie de santuarios a los largo del mar de Cortés podría ser insuficiente. A la par de la ciencia, se trata de difundir. Los escolares, los menores, los hijos de los pescadores, ya saben que el animal de la aleta que sobresale de entre las olas, no es el verdadero enemigo.

“Les decimos que al remover un depredador tope se degrada el sistema, los mesodepredadores o intermedios crecen demasiado, y se crea una alteración en la que puede haber una disminución de especies comerciales importantes”. Es decir, atentan contra los intereses del negocio. Si no hay amor, al menos avaricia inteligente.

La larga permanencia en los océanos de estos depredadores demuestra que su actual extinción no tiene nada que ver con las implacables leyes de Darwin, sino con las frías pasiones de los hombres. Doña Mary se asomó al mar de su infancia y recordó que los escualos le daban miedo. Su hermano Juan los pescó alguna vez, pero respeta al singular justiciero silvestre. Los buzos de Cabo Pulmo ya admiran de cerca a los tiburones toro y aprenden que no hay más hostilidad que el temor del instinto.  Vida espontánea, y no crueldad calculada, cortesía del Homo sapiens.

EN PELIGRO CRÍTICO

 1 Sphyrna lewini (tiburón martillo común)

2 Sphyrna mokarran (tiburón martillo gigante)

3 Rhincodon typus (tiburón ballena)

4 Cetorhinus maximus (tiburón peregrino)

5 Carcharodon carcharias (tiburón blanco)

6 Isurus oxyrinchus (alecrín mako)

7 Alopias pelagicus (tiburón zorro)

8 Odontaspis ferox (tiburón dientes de perro)

9 Carcharhinus longimanus (tiburón puntas blancas)

10 Centrophorus granulosus (cazón espinoso)