El Señor de Zelontla, protección de mineros

“Pocos recuerdan cómo llegó la imagen al pueblo, no hay registros ni documentos que indiquen si su residencia siempre fue aquí”.

Real del Monte

A fruta y flores, la casa del Señor de Zelontla en Real del Monte es inundada por el aroma de las ofrendas de sus fieles, un día de oración y recogimiento que les recuerda su herencia minera y cómo sus antepasados dejaron su vida entre túneles y tiros.

Desde el viernes inició la fiesta, el santo fue bajado de su nicho, le vistieron con mantos nuevos, encendieron la lámpara de sulfuro que lleva en su mano derecha, y cada ministerio de la iglesia se dio tiempo para ofrecerle cantos, ofrendas y rezos previos a la peregrinación que harán hacia la parroquia de Nuestra Señora del Rosario, para una manifestación más de devoción y fe.

Pocos recuerdan cómo llegó la imagen al pueblo, no hay registros ni documentos que indiquen si su residencia siempre fue Real del Monte, pero entre la gente perdura una historia magnífica, cuando en el milagroso señor de Zelontla llegó casi por accidente.

Una cuadrilla de trabajadores que transportaban la imagen de Jesucristo mártir de algún poblado de la sierra a la Ciudad de México, donde sería restaurado, pasó por el pueblo. Llegó la noche y los trabajadores tuvieron que pasar la noche en el Real.

Al día siguiente continuaron con la misión pero la imagen se ponía cada vez más pesada, y llegó un momento en fue imposible sostenerlo, justo enfrente de la iglesia de San Felipe, se dice que él escogió su lugar donde sería adorado por siempre.

Al paso del tiempo las minas agotaron su mineral, pero la devoción al santo patrón de los mineros perdura, y una manera de recordar su pasado es ofrendar flores y frutas el día de su fiesta, “son los productos que da la tierra, y nosotros siempre hemos vivido de ella, ya sea en las minas o en el campo”, dice doña Lucha, devota y vendedora de artículos religiosos.

La peregrinación parte a las siete de la noche, la imagen de Nuestra Señora del Rosario aguarda a la entrada del templo del Señor de Zelontla, con sus fieles harán una breve caminata a la iglesia principal, entre cantos, juegos pirotécnicos, y la mirada curiosa de cientos de turistas que están de paso por el pueblo mágico.

Fueron los barreteros los primeros devotos al Señor de Zelontla, cada mañana se le encomendaron por el duro trabajo al interior de las minas, y se cuenta que uno de ellos lo invocó porque no podía avanzar en su labor, y cuando estaba a punto de desfallecer, un hombre se le acercó y le pidió prestada su herramienta.

El desconocido terminó la faena rápidamente y se sentó a descansar, pero como hacía mucho frío el minero se quitó su jorongo para prestárselo a su auxiliador, después éste desapareció.

Lo milagroso es que el devoto minero acudió a misa de domingo para agradecer la ayuda de aquel extraño, para descubrir al Señor de Zelontla sobre el altar con su jorongo y su lámpara de carburo.

Por eso los mineros comenzaron a llevar a sus hijos menores de un año el día de su fiesta, una tradición peculiar en la que adaptaron como cunas las cajas de madera donde se almacenaba la dinamita, en las que los bebés son acercados a la imagen para pasar el manto milagroso por su rostro. Y este domingo, después de la misa del medio día, se repite esta tradición como cada año.