Seminaristas de Torreón acuden al llamado del Papa

Tanto seminaristas como sacerdotes de la comunidad vivieron la emoción de escuchar las palabras del pastor de la Iglesia Católica, durante la Misa que ofició en Morelia, Michoacán.
Seminaristas y sacerdotes de la comunidad del Seminario Diocesano de Torreón acudieron a Morelia, Michoacán, a recibir al Papa Francisco.
Seminaristas y sacerdotes de la comunidad del Seminario Diocesano de Torreón acudieron a Morelia, Michoacán, a recibir al Papa Francisco. (Milenio Digital)

Torreón, Coahuila

El pasado 16 de febrero seminaristas y sacerdotes de la comunidad del Seminario Diocesano de Torreón peregrinaron por más de 14 horas para llegar al encuentro con Su Santidad, El Papa Francisco durante su visita a la ciudad de Morelia, Michoacán.

A pesar del tiempo de recorrido y la larga espera para entrar al Estadio Venustiano Carranza, en donde se ofició la Misa, el ánimo de los peregrinos laguneros no decayó, sino por el contrario, la unión con los religiosos que aguardaban el ingreso al recinto, fue motivo para convivir resultando un espacio de enriquecimiento eclesial.

Ante la llegada del Santo Padre Francisco al Estadio, fue un momento de gran alegría y que llenó de euforia a los presentes.

Tanto sacerdotes, religiosos y seminaristas, dispusieron su corazón para escuchar las palabras de un Papa sencillo, alegre, entregado de manera total al servicio de la Iglesia.

Comprometido con el rol que le ha tocado asumir, todas ellas actitudes que denotan en su persona un profundo amor por Cristo y por la humanidad, especialmente los pobres y más necesitados.

Las porras, los cantos y aplausos fueron la bienvenida al Papa argentino, quien con su ya característica sonrisa recorrió el Estadio, saludando y bendiciendo a todos los ahí presentes.

Al concluir la ceremonia y escuchar las profundas palabras, que pedían a gritos un cambio de mentalidades y una vida coherente para los consagrados, el papa Francisco, concluyó solicitando a todos un "por favor no se olviden de rezar por mí".

Un gesto de humildad de quien sabe reconocer que no se le sigue a él, sino a aquel que nos enseñó por primera vez a decir con novedad Padre Nuestro, a cuya paternidad respondemos con la propia vida.