Salario de hambre

Nadie se llame a engaño. En 2014 todo fue para peor. Las esperanzas, los sueños. Tanto fue el esfuerzo, ínfima la paga. La mala paga duele cuando no da ni para malcomer. Es pa’l perro la paga. Y ...
Salario de hambre.
Salario de hambre. (Jesús Martínez)

Pues nada. Que la vida es cruel. Gervasia fue, desde la tierna infancia, acomedida, inteligente, disciplinada. Ayudó a su madre en la crianza de sus hermanos menores: seis, de los siete que en total tuvieron Rosendo y Maruca: ella, dedicada a las labores hogareñas; él, al comercio de herramientas de segunda mano en cuanto tianguis se cruzara en su camino: inició en el de San  Felipe de Jesús, por el rumbo de la Villa de Guadalupe; luego incursionó en el de San Juan Pantitlán, vecino de Ciudad Neza, y posteriormente en el del Bordo de Xochiaca.

De ahí obtenía lo necesario para malpasarla y sostener a su numerosa prole, año con año incrementada hasta que Maruca, orientada por una de las veteranas amigas de la vecindad donde habitaban, se atrevió a sugerirle que probaran un método anticonceptivo: preservativo, diu, amarre de las trompas de Falopio...

—No están los tiempos como para echarse encima más problemas, que tú confundes con hijos, Maru.

Soberana chinga obtuvo como respuesta, y ríspidas palabras de Rosendo que la marcaron de por vida:

—Claro: como esa pinche vieja anda de nalga fácil, se sabe todas las mañas para ponerle el cuerno al vetarro de su marido, que ya ni servicio ha de darle. Pero me entero que haces alguna trastada y te acomodo otra chinga de perro bailarín. Y te me vas a la chingada, así de rapidito.

Los moretones que lucía en el rostro, brazos y piernas, secuela de la golpiza recibida, la apenaban; dejó de asistir a los lavaderos de la vecindad; Gervasia, a sus siete años, comenzó a fregar la ropa propia y de sus hermanos; padecía para dejar impecables los overoles de su padre, de tiesa mezclilla de Saltillo, adquiridos en Bolaños, que “dura años y años”. Tantos, que antes de casarse y en venganza por las constantes golpizas de su padre a su madre, los echó al bóiler de leña y se dio su último baño en casa antes de desposarse con Ramón, El Araña, maestro albañil al que unió su destino.

Siempre agradecería a Ramón que le haya pagado la carrera de secretaria ejecutiva en la escuela comercial y luego muriera del todo, sin cargarle descendencia, porque ella exigió al alarife el uso de condón, y remachaba la seguridad con píldoras anticonceptivas, que le alteraban los nervios, “pero mas nerviosa andaría ahorita sin dinero para atender a cada chilpayate, y sin un marido y con la perrada detrás, queriendo conmigo en cuanto se enteraron que enviudé”.

Gracias a los esfuerzos de Ramón, El Araña, para darle una carrera técnica, Gervasia logró sostenerse y construir su vivienda por el rumbo de Ayotla, en el Estado de México. Ahí recibía a la familia durante las celebraciones de Navidad y Año Nuevo, aunque fuera con un rico pozole, romeritos, ponche y piñatas para la inmensa prole de sus hermanos. Ejerció su oficio hasta que las sucesivas crisis dieron con ella, y su nicho de confort se hizo añicos a mediados del 2014.

Gervasia, cincuentaisieteañera y sin hijos, de inmediato intentó colocarse en alguna de las empresas y supermercados, sin éxito. Además, el médico le diagnosticó diabetes, presión arterial alta, propensa a la depresión y con probable osteoporosis. Y sin seguridad social, ni pensión que le garantice nada para los difíciles años de la ancianidad.

Pese a la experiencia ganada en el ejercicio de su trabajo, nadie requería los servicios de una secretaria ejecutiva; vaya, ni siquiera ofreciéndose como archivista o milusos.

Sus escasos ahorros se pulverizaron ante el elevado costo de los medicamentos, la ropa, los alimentos, el transporte. Se daba de santos por contar con una casa propia y no tener que pagar renta. ¿El apoyo de los parientes? Imposible. Ni soñarlo: sus hermanos y hermanas acudían a ella cada que la carencia apretaba tuercas. Y ella invariablemente se condolía. En el tianguis de los martes coincidió con Melesia, vecina y confidente. “Ya no tengo ni en qué caerme muerta. Necesito trabajar. De lo que sea”. Melesia, desmadrosilla, ocurrente, cábula, puso el dedo en la llaga: “Tan guangas estamos que ya no nos darían chamba en el corredor de carnes blancas Tlalpan-Taxqueña. Pero mi hermana maquila ropa. ¿Quieres?, le digo, a ver si tiene algo para ti. Digo: si no te ofendes: eres gatígrafa e-je-cu-ti-va”.

Ya ni la burla perdonas, dijo Gervasia: De lo que sea, pero necesito trabajar, insistió.

“Va”, dijo Melesia: “Mañana te vas conmigo y comprometo a mi hermana para que no diga que no”.

Temprano partieron hacia Santa Martha Acatitla, rumbo al taller de alta costura. Se arreglaron, pese a que ella confesó no saber nada del oficio. Aprendes rápido, es fácil, dijo Ana Luisa, hermana de Melesia, aunque tienes una cosa en contra: pago 100 pesos, más de lo que marca la ley. Eso sí, de tiempo completo: 9 am a 9 pm, con media hora para comer. Y debes producir lo mismo o más que las otras. Aunque tienes la desventaja de no ser del barrio, te ahorrarías los pasajes y el comer fuera.

Es decir, que Gervasia, aún sin serlo, ganaría un fabuloso sueldo de costurera en confección de ropa en talleres o fábricas; salario que en 2015 se incrementó 4.2 por ciento: la generosa decisión gubernamental se debió a la necesidad de contar con clientela electoral.

Gervasia renunció a los 15 días, y soportó las puyas de la hermana de Melesia: te vas porque quieres, porque trabajo hay y la gente güevona abunda. Sí, pero no alcanzo a sacar mis gastos, alegó: 134 pesos por transporte, de ida y vuelta; comida y cena muy apretadas. No me salen los gastos, Ana Luisa, te lo juro, no soy güevona; pero en realidad pago por trabajar, me endeudo para trabajar, ¿qué caso tiene?

Ninguno. Excepto que a Gervasia le duele lo dicho por Ana Luisa: chamba hay. Te vas porque quieres. No, m’ijita, retobó: güevona tu madre; consigue mejores precios para la gente, no la exprimas por necesidad, y verás que duran más tiempo contigo.

Eso quisiera, dijo Ana Luisa: a mí nadie me aumenta los precios; te pago lo que puedo y apechuga, o búscale por otro lado. Gervasia dijo: no. No puedo pagar por trabajar. Mejor no me chingo. Y que me malmiren. Y que me muera de hambre.

Desde el 24 de diciembre del año pasado y hasta hoy, Gervasia no sale de su casa, no recibe a nadie. Le duele que hasta Melesia, su amiga, la considere alzada, alguien que fue secretaria ejecutiva y no quiere ser vista en la maquila de la costura. Sabe que no es cierto. Sabe que no quiso pagar por trabajar. Ese es su delito. Lo acepta. Y se entretiene separando ropa que ya no ocupa, zapatos, trastes, adornos de porcelana, carpetas bordadas por sus hermanas...

—Los venderé como relingos en el tianguis. Si mi papá hizo así su vida, ¿por qué yo no? Mejor de chacharera que regalar mi trabajo, ¿pues qué chingados piensan que una no tiene dignidad?

*Escritor. Cronista de “Neza”