Rulfo y la Primera Calle de la Soledad

El escritor jalisciense escucha a los demás y transmuta sus decires en poesía, mediante el nada simple acomodo de lo obvio: “Yo también sentí ese llanto de ella dentro de mí como si estuviera ...
Rulfo y la Primera Calle de la Soledad.
Rulfo y la Primera Calle de la Soledad. (Luis M. Morales)

México

Cuando uno leyó El llano en llamas y la maldad del profe ceceachero exigió enfrentáramos al rencor vivo llamado Pedro Páramo, la vida fue de otro modo. Entendimos a otros rencores arrejolados a la ciudad por la miseria, pero preservando sin remendar, viva, rasposa, creativa, su habla campirana.

Gracias a Rulfo uno comprendió que el idioma español mexicano popular es altamente subversivo, sin afeites, poético, incluso cachondo, de insinuaciones más que de afirmaciones, directo y propicio para los relatos que en sí contienen otros, que alberguen más relatos.

El español campirano de Rulfo, como el de otros que aran el asfalto, expresa frustración, olvido, desaliento inmenso por las tierras abandonabas, resecas, tanto como tetas de vacas que apenas los primeros días dan calostro al becerro y luego se agrietan.

Hablar de la obra de Rulfo es hablar de la recreación del lenguaje popular que el escritor jalisciense logra y eleva a instrumento de creación, con el que muestra un imaginario colectivo injusto, de afrentas, picardías, creencias, religiosidad y mitos de amor y muerte, sin que suene a fotografía que se torna sepia, envejecida, llena de hongos, porque el toque mágico del creador, selectivo, permite el acomodo de las palabras para que expresen más de lo que dicen.

En no pocos casos, con humor e intensa sabiduría, Juan Rulfo detecta esa “sobrada iniciativa idiomática” que Alfonso Reyes reconoce en la gente común, y añade su capacidad creativa para imantar al lector con la melancolía de “Luvina” o la culpa de la pareja que puso los cuernos al hermano moribundo y a la muerte de él la infelicidad los hace presa (“Talpa”); esa sobrada iniciativa idiomática, su transgresión por parte de Rulfo mediante la capacidad creativa y recreativa, muestra la frustración de los campesinos porque solo aridez obtuvieron en el reparto agrario, y se burla de la otra palabra, la de la dominación y la demagogia, en “El día del temblor”, desde el centro del epicentro telúrico, donde un émulo de Cantinflas, peladito adecentado, jilguerea usando palabras para no decirnos nada (Sabines).

Rulfo revira a las palabras ofensivas recursos defensivos, con naturalidad y con el humor de las expresiones populares, para que no se los ensarte cualquier abusón, como en El gallo de oro, cuando el padrino en el palenque le dice a Dionisio Pinzón, entre despectivo y sentencioso: “Además, acuérdate que la suerte no anda en burro”. “Por eso no quise andar con usté —acabó diciéndole. Y se separaron para ya no verse.”

Luis Cardoza y Aragón no fue ajeno a la sólida presencia de Juan Rulfo en la literatura mexicana: en sus memorias anota que “Juan Preciado muerto llega a Comala muerta y recuerda con los muertos a los muertos”. Y agrega saber que a Rulfo “lo coronaron de espinas y una caña le dieron de cetro, que portentosamente cayó en las letras de México tal un aerolito y, sintiendo hartura de las palabras, su soledad levantó la hoja en blanco para dejarla en blanco y dar en el blanco, al perderse con su palabra justa y henchida de tierra y pueblo en la isla olvidada en medio del llano en llamas”.

El vulgo, o pueblo, destaca Alfonso Reyes, hijo del azar y mejor testigo que nadie del instinto humano, sabe hablar y formar sus voces según el capricho de la vida y bajo la sugestión de su instinto étnico. Rulfo supo captar eso de quienes menos tienen, y a su peculiar manera de expresarlo sin maquillaje, aúna poesía, sapiencia, picardía, inventiva, exageración… Aborda la desigualdad social y la psique en situaciones límite, y teje y desteje el capricho de la vida que menciona Alfonso Reyes. Atrapa candencias, giros, sentires, aromas, ideas, situaciones de hoy, aquí, para preservarlas haciendo universal lo local, a la medida de cualquier humano que viva y padezca o goce, cuando menos, los pecados capitales.

Rulfo es Tierra y Pueblo que contiene en sí a toda la humanidad, noble y generosa, solidaria y egoísta, violenta y sumisa, sencilla, humilde y práctica, como en el cuento “El hombre”: «No debí matarlos a todos; me hubiera conformado con el que tenía que matar; pero estaba oscuro y los bultos eran iguales… Después de todo, así de a muchos les costará menos el entierro.»”

De repente uno siente que a Rulfo se le quiere mexicano para escamotearle su dimensión universal y disminuir su carácter indómito. Pero Carlos Fuentes es tajante: “La obra de Juan Rulfo no es solo la máxima expresión que ha logrado hasta ahora la novela mexicana: a través de Pedro Páramo podemos encontrar el hilo que nos conduce a la nueva novela latinoamericana …”

En “La cuesta de las comadres” un dejo de humor asoma cuando el asesino dice al lector: “A Remigio Torrico yo lo maté.” Y detalla “que se le iba entristeciendo la mirada como si comenzara a sentirse enfermo. Hacía mucho que no me tocaba ver una mirada así de triste y me entró la lástima. Por eso aproveché para sacarle la aguja de arría del ombligo y metérsela más arribita, allí donde pensé que tendría el corazón. Y sí, allí lo tenía, porque nomás dio dos o tres respingos como un pollo descabezado y luego se quedó quieto. Ya debía haber estado muerto cuando le dije: —Mira, Remigio, me has de dispensar, pero yo no maté a Odilón.”

De su memoria extrae esa riqueza de imágenes que pueblan su obra, intensa, enorme compendio de la humanidad toda.

“Ya debía haber estado muerto cuando le dije…” Esta frase lleva intensa carga de humor trágico: te lo digo ahora que estás muerto, porque te pasaste de vivo al no escuchar razones: venías a matarme para vengar una muerte que no cometí y mira: te moriste.

La iniciativa idiomática popular en la obra de Rulfo da para trocar en tragedia lo que en otras circunstancias sería motivo de alegría: el crecimiento de la hija, que  perdió la que sería su dote —una vaca— y queda expuesta a la lujuria en el cuento “Es que somos muy pobres”: “La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención”.

Rulfo escucha a los demás y transmuta sus decires en poesía, mediante el nada simple acomodo de lo obvio: “yo también sentí ese llanto de ella dentro de mí como si estuviera exprimiendo el trapo de nuestros pecados.” (“Talpa”).

Breve y certero, en sus cuentos Rulfo muestra erotismo, lujuria, ira, desencanto, ternura, desasosiego, codicia de seres tan solos con solo su soledad. Cumple el papel de custodio de la metamorfosis que Elias Canetti confiere a los escritores en La conciencia de las palabras. Mediante el lenguaje popular sublimado, ejerce la pasión de la metamorfosis. A su propia voz, agrega la de sus personajes, y juntos resisten tendencias, críticas que ya jubilan lo que en literatura contenga polvo y sabor local para imponer una posmodernidad acorde a la globalización asfaltada, cosmopolita, sin raíz amarga, aunque sepamos (Jaime López) que “detrás de Palacio Nacional/ está la Primera Calle de la Soledad”.

*Escritor. Cronista de Neza