Respiramos 1.5 kilogramos de mierda cada año

El excremento que animales y personas dejan en la calle se transforma en polvo que, mezclado con el aire, es causa de conjuntivitis, salmonelosis o parasitosis; el tratamiento inadecuado de los ...
El aire de la Ciudad de México está mezclado con smog y materia fecal pulverizada.
El aire de la Ciudad de México está mezclado con smog y materia fecal pulverizada. (Octavio Hoyos)

México

Joel, un ciclista de fin de semana en la Ciudad de México, se detiene en el cruce de Reforma y Juárez. Será una pausa de pocos minutos para permitir el avance del tráfico vehicular. Mientras espera, aspira aire con vehemencia; luego lo suelta con calma. Repite varias veces la operación mientras llega el cambio del semáforo. Se siente sano aspirando, pero ignora que cada bocanada lleva una dosis de heces de perros, gatos y seres humanos.

Hace ya varios años que la contaminación ambiental en el Distrito Federal no se mide solo por el humo que expulsan autos y fábricas. También se incluye la pestilencia de miles de toneladas de basura que se generan todos los días y, sobre todo, las heces de los animales que viven en la calle.

De acuerdo con autoridades locales, en la Ciudad de México hay 1.2 millones de perros callejeros (algunas organizaciones civiles elevan la cifra a 3 millones), que generan entre 500 y 600 toneladas diarias de excremento.

La consultora ambiental Revive México señala en un estudio reciente que cada animal excreta medio kilogramo de heces al día. Cuando éstas se hacen polvo, flotan por el ambiente y luego entran por las narices de los ciudadanos. La misma firma calcula que un capitalino inhala hasta 1.5 kilogramos de excremento en  polvo cada año.

La contaminación del aire por heces fecales causa enfermedades como conjuntivitis (inflamación, comezón, lagrimeo), salmonelosis (escalofrío, dolor de cabeza, diarrea) y parasitosis (palidez, pérdida de apetito, ganas de comer tierra).

Para enfrentar esta problemática, las autoridades del DF reformaron la Ley de Cultura Cívica para castigar a los dueños de animales que no recojan las heces de su mascota.

La sanción por esta falta cívica —o por pasearlos sin correa por una vía pública— es una multa de 11 a 20 salarios mínimos o arresto de 13 a 24 horas.

Según Revive México, algunas ciudades de España han puesto en marcha un sistema de sanciones más novedoso. Los “dueños irresponsables” no solo son multados, sino que reciben las heces de sus mascotas en sus domicilios.

CONTAMINACIÓN POR BASURA

El caso es muy conocido entre los choferes del servicio de limpia del DF. Roberto, un trabajador no sindicalizado, transitaba por alguna avenida de la delegación Cuauhtémoc cuando el camión de basura que manejaba se detuvo. Abrió el cofre para buscar alguna falla visible, pero no vio nada anormal, así que se metió debajo de vehículo. Entonces un líquido viscoso le cayó en la cara.

En las siguientes horas no puedo ver con el ojo derecho; a los tres días ese órgano adquirió un color blanco pardusco. Según el parte médico, la sustancia que cayó del camión sobre la cara de Roberto era un lixiviado, es decir, un líquido generado por la fermentación de la basura orgánica.

En menos de un año le han realizado cuatro injertos a ese trabajador informal; su familia ha tenido que gastar más de 100 mil pesos en el tratamiento, pero en el fondo saben que no recuperará el ojo.

En la misma delegación, otro trabajador de limpia revolvía la basura en busca de desechos reciclables cuando una ampolleta estalló cerca de su rostro. Un gas espeso salió del recipiente; Javier se sintió asfixiado y se desmayó. Un intenso ardor en la cara lo despertó horas después en el hospital. Hoy lleva una máscara de luchador para cubrir su rostro desfigurado por las quemaduras.

Más de 95 por ciento de los 14 mil trabajadores de la Sección 1 de Limpia del Sindicato Único de Trabajadores del Gobierno del Distrito Federal (Sutgdf) y pepenadores que laboran en tiraderos están expuestos a estos riesgos. No llevan uniformes adecuados, ni guantes ni cubrebocas.

Esos riesgos también incluyen enfermedades de la piel (dermatitis), gastrointestinales (amibiasis y salmonela) y conjuntivitis, además de rinitis y ataques de asma, todas relacionadas con hongos, bacterias y fauna que genera la basura.

“Muy pocas veces o casi nunca nos dan guantes o cubrebocas”, señalan Juan Manuel Anguiano Rivera, Hugo López y Miguel Barrera, dirigentes del Sutgdf en la delegación Cuauhtémoc.

LIXIVIADOS

En la sesión de febrero pasado, el Tribunal Permanente de los Pueblos Capítulo México —instancia integrada por científicos de varios países— reportó que los lixiviados pueden ser mortales si están en tiraderos a cielo abierto o si los camiones recolectores los tiran por calles de la ciudad.

Los asistentes al foro aseguraron que estas sustancias “contribuyen a agravar enfermedades”, como cáncer, lesiones cerebrales en menores, hipertensión arterial y lesiones renales y neurológicas.

Sin embargo, el director general de la Agencia de Protección Sanitaria del Gobierno del Distrito Federal, José Jesús Trujillo Gutiérrez, niega que los lixiviados representen un riesgo para la salud.

Para que ese ocurra “la gente debe tener contacto con esos escurrimientos o consumir alimentos contaminados, de lo contrario ese riesgo se diluye”. Lo que sí representa un riesgo, dice, es la fauna que vive de la basura: ratas, cucarachas, gusanos y otros insectos.

La Organización Mundial de la Salud establece que debe haber dos ratas por cada habitante de alguna ciudad para considerarla “limpia”, pero en el DF hay siete.

El funcionario reconoce que existe también una contaminación por olores, pero esos no matan. “Es molesto, representa incomodidad, pero el olor no es el trasmisor de enfermedades, como el pelambre de las ratas, que atrae a todo tipo de bacterias y hongos”.

Durante la elaboración de este reportaje, MILENIO visitó varios centros de transferencia de basura. En el inmueble de la delegación Miguel Hidalgo, la colonia más próxima está a 300 metros.

Una mañana, mientras una madre de familia preparaba el desayuno para sus hijos, un olor nauseabundo entró por puertas y ventanas. Quizá los olores no transmitan enfermedades, pero a nadie le gusta comer “entre la mierda”.