Los recuerdos florecen en el antiguo Panteón de Mapimí

Se creó en 1598 y fue el primer asentamiento español en esta región, cosa que los nativos, cocoyomes y tobosos, no hicieron fácil.
"Hay leyendas de fantasmas y esas cosas, a lo mejor estaría bueno ir hasta de noche"
"Hay leyendas de fantasmas y esas cosas, a lo mejor estaría bueno ir hasta de noche" (Cecilia Rojas)

Mapimí, Durango

Junto a la vida está íntimamente ligada y de forma perene, la muerte. Al nuevo mundo vino mucha gente del viejo, que salió a la aventura y se quedó acá a dormir el sueño eterno.

Uno de los poblados más antiguos de La Laguna es Mapimí, que en lengua cocoyón significa "piedra en alto" o "cerro elevado". Hacia el año 1598 fue el primer asentamiento español en esta región, cosa que los nativos, cocoyomes y tobosos, no hicieron fácil.

Los ibéricos llegaron atraídos por la ambición minera, encontrando ricas vetas minerales en lo que hoy conocemos como "Ojuela". Señala el historiador Carlos Castañón que este cementerio tendría en antigüedad, un equivalente con el de Parras de la Fuente.

"Sin lugar a dudas, es parte relevante del patrimonio histórico de Mapimí y por supuesto de La Laguna. Tiene ejemplares escultóricos importantes en cantera, al nivel de arte funerario".

Junto con los españoles, llegaron más migrantes que deseaban la riqueza. Franceses, alemanes, ingleses y chinos fueron llegando en oleadas durante las épocas de gran prosperidad de este lugar.

No todos lograron fortuna. La muerte omnipresente, llega para todos. El panteón se fue construyendo conforme se iban necesitando lugares para ir dejando los restos de los que se iban.

A espaldas del camposanto, está el bello "Cerro de la India", con la figura de una delicada mujer de nariz aguileña, que vigila desde allá a los que andan caminando este suelo.

Hay tumbas que datan del siglo XVIII. Pero los restos que ahí reposan son más antiguos. El tiempo implacable ha ido borrando las huellas de las lápidas.

No hace mucho que las lluvias fueron generosas. Miles de pequeñas flores amarillas brotan de esta tierra, en medio de la hierba. La gente sale del lugar tras ver a sus seres queridos. Amables saludan. "Buenas tardes". Se contesta y hay que entrar a esta tierra sagrada.

Se percibe un descuido oficial. Hay lápidas que ya no están en su lugar, pero han sido colocadas como si fueran parte de los muros de una capilla que está en el cementerio. Pero hay muchas más diseminadas en el piso, que sin duda tienen gran valor histórico.

Con las lápidas antiguas conviven otras más nuevas, todas con mensajes de cariño a los que ya no están. A lo lejos también pueden verse no sólo las cruces, sino antenas de modernas telecomunicaciones.

 

"El niño Refugio Manrriques falleció el 22 de mayo de 1885 a los dos años, nueve meses y 18 días. Sus padres S.M. y J.E. le dedican este recuerdo. Yace aquí la virtud desfallecida y por ella el amor doliente llora. Un brillante cristal era en su vida, puro como el aliento de la aurora".

Es una lápida de cantera rosa. De las más sencillas de la época, reflejo del dolor que causa la muerte de un hijo pequeño. El bebé que yace en esa tumba ya hubiera muerto a estas alturas, pero queda esto para recordarlo.

Apellidos extranjeros también están en estas lápidas. Textos de recuerdo en inglés, en francés, en letras irreconocibles. Espacios como jardines para las flores fuereñas que languidecieron en esta tierra rodeada del desierto nuestro.

Incluso existe una parte de la Minera Peñoles, donde están enterrados trabajadores de la empresa, con lápidas del siglo XIX. Un arco de ladrillo encuadra este lugar en el que la paz está presente.

"Hay leyendas de fantasmas y esas cosas, a lo mejor estaría bueno ir hasta de noche", comenta el historiador Carlos Castañón. También afirma, hay esculturas hechas por Benigno Montoya (1865-1929), un escultor zacatecano que era el que por aquellos años, hacía los más primorosos recuerdos para los seres amados.

La ciudad es tranquila y hermosa, conserva el encanto de los años de la bonanza, con la sabiduría de la gente que ha vivido ahí durante generaciones. Si bien el lugar más visitado es el Puente de Ojuela, su próxima visita a Mapimí debe incluir una vuelta por el Panteón.