Panteón San Nicolás Tolentino, en el olvido

Hay cerca de 210 mil fosas, algunas vacías y otras cubiertas por la yerba, y animales muertos utilizados en ritos nocturnos; solo dos policías lo vigilan.

México

Tiene cerca de 210 mil fosas, algunas vacías y muchas en el olvido, cubiertas por la yerba que crece sobre una extensión de 111 hectáreas. Es el panteón civil de San Nicolás Tolentino, el segundo más grande de la ciudad —después del de Dolores—, también usado como basurero por parte de vecinos y empleados que transportan desperdicios, mientras  que otras personas, en ritos nocturnos, arrojan animales muertos, como gallinas degolladas y cabezas de puercos en cazuelas.

La escasa vigilancia —dos policías a pie— facilita el ingreso de asaltantes y quienes pintarrajean muros y capillas del panteón, cuyo cerco ha sido agujereado por colonos que residen en las faldas del cerro; la barda, asimismo, es usada como desagüe por habitantes de las unidades habitacionales  Bellavista y Fuego Nuevo. En la parte más alta hay un tiradero  de cascajo y basura.

Desde esa parte es posible ver la llegada de camiones repletos de desperdicios, cuya acumulación ha provocado que durante años se haya desparramado hacia varias tumbas, según testimonio de personas que se alquilan para el aseo de sepulcros, que dirigen el índice a zonas intransitables.         

Autoridades de la delegación Iztapalapa, que no niegan los problemas, sitúan al panteón en el paraje conocido como San Juan, antiguamente llamado Nicolás Tolentino, que colinda al poniente con el canal de agua dulce de Chalco; al norte, con otro que rodea al Cerro de la Estrella, por donde ingresan intrusos a drogarse y otros a cometer atracos, aseguran trabajadores.

“Muchos viciosos entran y hacen tropelías”, dice René Pérez Enríquez, jefe de la Unidad Departamental de Panteón y Servicios Funerarios de Iztapalapa —administra siete panteones: dos civiles, uno general y siete vecinales—, quien informa que la barda tiene 18 boquetes realizados por vecinos.

—¿Y por qué no los tapan?

—Sí los tapamos, pero los vuelven a abrir.

Al menos 5 mil personas llegan  cada día al cementerio, ya sea de visita o quienes utilizan como atajo esa vía de 6 kilómetros que lo cruza. “Son espacios públicos y no se le puede limitar el acceso a nadie”, argumenta Pérez Enríquez.

“La saturación de los panteones en el DF se debe al crecimiento de la población de forma acelerada, más aun aquí en Iztapalapa”, apunta un informe de Pérez Enríquez entregado a MILENIO.

Todos los panteones de la delegación “están llenos”. “Actualmente —añade— se inhuma en perpetuidades y temporalidades vigentes y temporalidades prorrogables de criptas”.

Sin embargo, hay recelos.

Las autoridades aceptan, de acuerdo con el reporte, “de la necesidad urgente de espacios  para seguir sepultando a los seres queridos”, pero “nuestras costumbres no nos permiten entrar al mundo de la cremación”. 

Además, comenta Pérez Enríquez, “una vez que sepultan a sus familiares, la visita es una vez por semana, en un ínter de seis meses; posteriormente, cada año, una o dos veces, y así”. 

Admite que “hace falta personal”, pues de los 120 trabajadores, entre sepultureros y administrativos, solo 20 se dedican a labores de limpieza —calcula que se necesitan 100— para  210 mil fosas a lo largo y ancho de 111 hectáreas 

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Muchas tumbas, en especial las que están en la parte de arriba, se pierden entre el pasto y el rastrojo; otras, vacías, permanecen atiborradas de basura.

Habrá que subir el cerro, serpentear y escudriñar lápidas y muros con símbolos indescifrables, dibujados con botes de aerosol.  

Ahí, entre restos de pasto seco y ramas, Sergio Reyes de Jesús Reséndiz, armado con un machete, se apresura a limpiar la tumba de dos familiares, Carmen y Crescencia, con 30 años de que fueron sepultadas. Lo acompañan su esposa y dos hijas.

Reyes observa una rendija en la orilla de la tumba y trata de asomarse, pero prefiere dejar las cosas como están. “En realidad no sabemos si sacaron los restos porque hay un hoyo”, murmura este hombre, quien no averigua más allá de lo que ve.

—¿Cree que la saquearon?

—Son cosas difíciles de decir; lo mejor es mantener la calma —dice el hombre, quien vive en otra delegación.

—¿Vino por el Día de las Madres?

—Sí, pero la hierba siempre crece y no sé si haya personas que limpien. Pero creo que si hay un poquito de sensatez, pues la misma gente debe mantener limpias las tumbas de sus familias, porque no todo hay que dejárselo al gobierno.

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Mario, un trabajador que limpia y adorna con flores una de la tantas tumbas, la cual contrasta con el abandono de las más próximas,  ignora si aquí hay saqueos; de lo que sí está cierto, dice, es que en ocasiones desaparecen lápidas. 

—¿Y la basura?

—La gente viene y se pone a tomar y tira las botellas aquí. Muchos que viven alrededor echan la basura hacia acá. Son de la colonia San Juan Xalpa. Allá, mire, vive una señora que avienta desechos y tiene el drenaje hacia el panteón.

—¿Y no le reclaman?

—Sí, pero se enoja y luego se pone a insultar. También hay gente que viene y abandona aquí sus perros —dice mientras señala a un animal de pelaje blanquinegro que acompaña a dos policías, quienes lo alimentan con pollo.

—¿Le dan de comer?

—Sí, le damos de lo que comemos, y también de las cabezas de puerco que tiran los brujos, avientan pollos y gallinas negras sin cabeza, y ajos —dice uno de los vigilantes, mientras sonríe ante el asombro del reportero.

Otro trabajador que limpia lápidas desde que era niño —“toda la vida; tengo 55 años”— dice que prefiere no hablar, “porque aquí hay más chismosos que en el mercado”, pero al final confirma que la franja que limita con la colonia Fuego Nuevo, donde había una barranca, ahora está cubierta de cascajo, misma que también tapó varios lotes donde fueron sepultados restos de adultos y niños.