Navidad, 'Bad Santa' o explotación infantil

Los niños tapatíos gozan sus juguetes sin cuestionarse por qué el santo del norte desplazó al súper héroe local en sus preferencias
Con los niños, parece que la gran batalla cultural por “tradiciones e identidad” de los mexicanos y los tapatíos, es cosa perdida
Con los niños, parece que la gran batalla cultural por “tradiciones e identidad” de los mexicanos y los tapatíos, es cosa perdida (Nacho Reyes)

Guadalajara

Jornada de Navidad. Con los niños, parece que la gran batalla cultural por “tradiciones e identidad” de los mexicanos y los tapatíos, es cosa perdida: el gran icono de la Coca Cola ha triunfado sobre el distribuidor local de regalos, lo que significa que el longevo Santa Clós tiene vida garantizada sobre el prodigioso Niño Dios, cuya hazaña de nacer, levantarse y distribuir miles de presentes –la explotación infantil en su máxima expresión- lo había hecho el campeón de los súper héroes antes de que la DC Comic alumbrara a un Superman debidamente destetado y maduro para salvar a la humanidad, en 1938.

Así, no es extraño que dos de cada tres mozuelos a quienes les pasaron de noche las tremendas revelaciones del El Bronco (gobernador neoleonés y estrupador de inocencias norteñas) sobre la realidad de quiénes financian sus juguetes, señalen ufanos que el personaje rojo y botudo de luenga barba, barriga prominente y risa desaforada, que se desplaza en un trineo aéreo que nadie ha visto, con una partida de renos, es quien en realidad les ha hecho entrega de sus barbies con etiquetas de Walmart, sus Polly Pocket del Palacio de Hierro, sus balones profesionales y sus bicicletas de Martí o sus Mecanos de Soriana.

Qué de tiempo tendrá el tremendo barrigón para pasar por todas las tiendas, que de por sí cerraron más temprano en Nochebuena, suponiendo que su intención sea reducir costos y combatir el cambio climático: no es lo mismo el costo ambiental de un juguete fabricado y extraído del Polo Norte que recorre miles de kilómetros en trineo, que un juguete Mattel, Disney, Lego, Playskool o Fisher Price…. maquilado en China, en Corea del Sur o en Taiwan, traídos en barco o avión que ocasionan emisiones demenciales (el sector transporte es responsable de un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero)… de acuerdo, las cuentas no cuadran pese a que para prosperar como Santa Clós tendría que exigirse un máster en administración.

¿O será que recibe alguna “prebenda” especial por adquirir juguetes de la globalización y despreciar rudos objetos de las muy escuálidas fábricas mexicanas, víctimas de los tratados de libre comercio y por ende, ansiosas de que míster Trump, el otro longevo y rubicundo norteño, cumpla sus promesas de regalar aranceles que resuciten la industria nacional?

Otra presunción del fraude del marketing santaclosiano es que, si fuera tan activo, no tendría tan enorme panza ni semejantes posaderas. Pero será la magia de la Navidad, nadie lo detecta: algunos de sus adoradores infantiles, pero sobre todo, gran parte de sus socios adultos, viven inmersos en una cultura que le declaró la guerra a la obesidad y que glorifica los cuerpos sanos, atléticos y hermosos, semejantes a guerreros espartanos y no a bebedores de cerveza y coca que al parecer, explotan enanos como en las cavernas de Alberich del Anillo de los Nibelungos, para labrar el éxito material de la marca Santa Clós y garantizar el oro, a costas de las ilusiones de inocentes y las carteras extenuadas de los padres culpables.

Pero basta de Bad Santa. En la plaza Juárez, Juanito desplaza sus carritos e imagina que corren más que en Rápido y Furioso, mientras su hermanita Lorena recrea con sus muñecas dramas llenos de dolor y lagrimones que imaginaría, si acaso lo supiera, que dejan en la orfandad mediocre a la maldad de Lady Macbeth. En el camellón de Chapultepec, Isabel goza de lo lindo el paraíso de su Polly Pocket que le regaló "Santa Cós" (alguien piensa si los yahoos perversos de los Viajes de Gulliver le habrían robado a los nobles caballos una deidad que daba regalos… y coces), pues la muñeca viene equipada con su ranita, su paraguas, su ollita para tamales (el observador está aferrado a lo popular), pero además, de sus dos árboles siempreverdes con fuentes cantarinas, de un puente que atraviesa un río obviado, de un arcoíris que une las dos copas frondosas; de una nube que si hace falta, puede ser impertinente, y de un sol que se quita y se pone sin las desastrosas consecuencias de la carroza operada por el caprichoso Faetón según platicaba un desconocido Ovidio, autor de Las Metamorfosis.

Victoria presume sus My Mini Mixie q's (así se llaman), figuras en miniatura cuyos componentes están expuestos con más abundancia y detalle que las disputas teológicas de alguna universidad medieval. Esas piezas múltiples permiten reproducir hasta los más mínimos componentes de una comunidad humana, o al menos de una familia "funcional", siempre bajo el rígido control de la propietaria todopoderosa: los juguetes son mejor que la vida.

Y es que el gran negocio de los juguetes, más allá de la mitología por la que se opte, no es cosa de niños: “la industria del juguete a nivel mundial obtiene ganancias por 83 mil millones de dólares cada año, informa la Asociación Mexicana de la Industria del Juguete […] 65 por ciento de los juguetes que piden los niños de México son importados, es decir, no se fabrican en México, esto le resta importancia a esta industria a nivel nacional, la cual obtiene ganancias anuales estimadas de dos millones de dólares”, informa el sitio especializado Merca2.0 (nota completa: http://www.merca20.com/10-marcas-juguetes-mejor-valuadas-a-nivel-mundial-en-ano-2015/).

Vamos, ¿quién ganó entonces la disputa por las almas inocentes de los tapatíos? Las disquisiciones se puede llevar lejos: que si Santa Clós se puede adaptar con el catolicismo dominante, o es mensajero del protestantismo emergente; que si en realidad no tiene nada que ver con religión, a no ser que se vea como religión esa fiesta global de fraternidades confusas y cotas de consumo llevadas hasta el delirio, cortesía de la marca refresquera emblemática del imperialismo yankee; más acuciante aún, ¿puede llevar la fe en el santo barbudo al ateísmo, dado que evidentemente la jornada navideña refleja de forma fiel las diferencias sociales, los drásticos desniveles de ingreso y en última instancia, un inocente muchacho que vende chicles en la esquina de Federalismo e Hidalgo puede decir que en realidad el Dios verdadero es el maligno hacedor del mundo –Demiurgo- de los gnósticos?

Pero los niños andan encantados con sus regalos. Ya habrá tiempo de cuestionar en la vida. Si ilusión viene de quien sostiene creencias ilusorias y fantásticas, este es el paraíso y nadie los debería buscar arrancar de él antes de tiempo.

MC