ENTREVISTA | POR MARTHA CALVILLO

Florencio Cruz y Xóchil López Pitayeros


Desde pequeña Xóchil se dedica a comercializar la pitaya cada temporada, con el paso de los años conoció a Florencio y entre los dos fueron realizando esta práctica. Tienen tres hijos quienes ya aprenden este oficio. Esta temporada trabajan hasta 22 horas, los desayunos y cenas son en el trayecto de Techaluta a Guadalajara y viceversa



“Nacimos entre chiquihuites y pitayas”

Florencio Cruz y Xóchil López se dedican a la venta de pitayas desde hace más de 20 años
Florencio Cruz y Xóchil López se dedican a la venta de pitayas desde hace más de 20 años (Mariana Hernández)

Guadalajara

La fruta del dragón, mejor conocida como pitaya, es un dulce y jugoso manjar que llega a Guadalajara sólo una vez al año, sin tener mucha dificultad, los tapatíos pueden disfrutarla con sólo acudir a las 9 Esquinas y comprarla para así poder prepararla en un centenar de platillos, postres y bebidas que se pueden realizar con ella. Florencio Cruz y Xóchil López, es un matrimonio que ha dedicado toda su vida a hacerla llegar desde Techaluta de Montenegro, cuna de la mejor pitaya, directo a los paladares.

Todo se remonta a hace 60 años, cuando Elisa Becerra, llegó por primera vez a las Nueve Esquinas a vender esta peculiar fruta, y de ese modo inauguró esta tradición. Elisa, junto a su esposo Justino López comenzaron con la difícil tarea de cortar, pelar y transportar la pitaya desde Techaluta de Montenegro.

La familia López-Becerra se encargó entonces de enseñar cada paso y cada detalle de este comercio a sus hijos, y sus hijos a sus hijos y con el paso de los años los puestos se fueron incrementando pero eso sí, todos, a excepción de un puesto son familia descendiente del matrimonio López-Becerra.

Desde pequeña, Xóchil, bisnieta de Elisa y Justino, aprendió lo que es el trabajo duro y el sacrificio, pues sus padres, y los padres de sus padres se dedicaban a comercializar la pitaya cada temporada, por lo que su vida transcurrió entre espinas, colores y jugosas pitayas.

"Sí desde chiquita yo ya venía a vender y ahí en la casa ayudabamos a mi mamá, lo de nosotros es la venta, nacimos entre chiquihuites y pitayas", dice sonriente Xóchil.

Con el paso de los años ella conoció a Florencio y entre los dos fueron realizando esta práctica que más que un negocio, es una tradición en Jalisco y de la que se dicen orgullosos pues a pesar de que es corto el periodo en el que se comercializa, el trabajo es constante y muy riguroso, además esta particular fruta es naturalmente de México.

Año con año en el mes de abril comienzan con los preparativos, la compra de bolsas, canastas, alfalfa y demás “herramientas”, para su trabajo. Cuando comienza el temporal, el padre de Techaluta ofrece una misa por los pitayeros y bendice las camionetas para que les vaya bien durante los dos meses.

Xóchil y Florencio, son padres de tres hijos, dos varones de 17 y 8 años y una niña de 13, a quienes ya les están enseñando este oficio pues el mayor ayuda a cortar y la pequeña a pelar.

Durante la temporada, la vida de un pitayero no es fácil, pues son jornadas de hasta 22 horas, los desayunos y cenas son en el trayecto de Techaluta a Guadalajara y viceversa, y la convivencia familiar se resume a unas cuantas palabras pues todo el tiempo se está en movimiento y cualquier lugar y rato libre es aprovechado para descansar.

Además todos trabajan, incluso Chispa, la perrita de la casa que con sus graciosadas evita que se duerman y la hija de Xóchil quien antes de arreglarse para ir a la secundaria pela un bote de pitayas

Al día cortan y pelan alrededor de cuatro mil pitayas, para ello, se apoyan de un equipo de cuatro hombres y tres mujeres más, casi todos son familia.

Después cortar, pelar y acomodar las pitayas, Xóchil y Florencio emprenden el viaje a Guadalajara, en el camino se encomiendan a el Santo Niño de Atocha santo de los pitayeros y se paran a comprar tacos, el desayuno, también lo hacen en el camino, Xóchil tiene que darle de comer a su marido en la boca para evitar distracciones.

Pese a toda su vida haber comido y tenido contacto con la fruta del dragón, Xóchil señala que no sabe ningún platillo que se prepare con ella y esto es básicamente a que durante la temporada no tiene tiempo de nada.

"No se cocinar nada con pitaya, a veces me preguntan qué cuantas pitayas son para un agua y yo les digo que no se, es que no tengo tiempo, ni de ver a mi hijos, menos de ponerme a hacer un agua".

La ardua labor, normalmente se ve minimizada por los clientes quienes no saben la realidad del trabajo que implica, detallan que algunas veces (los clientes) piensan que las pitayas se las traen hasta Guadalajara.

“Me dicen los clientes a mi –‘¿y cada cuánto te las traen?’- y yo así de no ‘no señor, yo ahorita en la noche acabo y me voy porque tenemos que dormir una o dos horas para que empecemos otra vez a cortarlas a pelarlas, a acomodarlas en los canastos que también es pesado y todo el vieja para que lleguen aquí”.

Una de las principales problemáticas que enfrentan cada que comienza la temporada son las constantes quejas por los precios de la fruta y es que los primeros días los costos de cada pitaya se elevan hasta 12 ó 13 pesos y una vez recuperada la inversión inicial se baja de entre 2 a 5 pesos.

“Cuando van empezando si es más cara porque son los mismos gastos, hay que recuperar los gastos para que salga”.

Además este año se vieron afectados por el nuevo reglamento que prohíbe el ambulantaje pues impidieron que montaran sus puestos en el emblemático lugar, sin embargo pronto fueron escuchados pues más allá de la compra-venta, se trata de una tradición cultural.

Cuando no es temporada de pitayas, Xóchil es toda una ama de casa, atiende a sua hijos y apoya a Florencio quien se dedica a la ganadería y agricultura.

“Mi esposo tiene un terreno donde siembra, y tiene sus vaquitas y en diciembre cortamos romerito”.

Año con año ambos esperan los meses de abril, mayo y junio pues no sólo generan sus ingresos, sino que dan trabajo a más personas y llevan a Guadalajara una tradición de más de 60 años.