“Si quería trabajar, ¿quién era yo para detenerla?”

Ella insistía en buscar un empleo y no descansó hasta que lo consiguió en la boutique de una diseñadora de modas.
Estudió una carrera técnica de diseño de modas y ahora con eso paga sus gastos.
Estudió una carrera técnica de diseño de modas y ahora con eso paga sus gastos. (Cuartoscuro)

Monterrey

Cuando Anita Montes se enteró que para poder subsistir necesitaba dinero, y que éste no salía mágicamente de la bolsa de su mamá, le entró la duda de cómo se le hacía para conseguir dinero.

Anita tiene síndrome de Down, y su mamá se ha desvivido por cuidarla y sacarla adelante. Cuando ella empezó a preguntar sobre cómo podría conseguir un trabajo, a la corta edad de 12 años, Guadalupe Montes sorteó el tema y esperó a que Anita no volviera a preguntar sobre el tema.

“Me salió mal la jugada. Es como si hubiera hecho todo lo posible para que ella se propusiera tener un trabajo. Pero me di cuenta que estaba mal, si Ana quería trabajar, si quería comprarse sus cosas, ¿quién era yo para detenerla?”, cuenta.

La señora Montes no es un caso especial, pues según Javier Chávez, presidente de la organización civil Puertas Abiertas, que busca la inclusión laboral de las personas con discapacidad, uno de los mayores retos que tienen las personas con discapacidad para obtener un trabajo es la sobreprotección de sus padres. Enfrentan la duda de si dejarlos salir y ser independientes, de enfrentarse solos al mundo.

“Tuve que dejar que Ana buscara un trabajo”, comenta Guadalupe Montes.

Así que Anita, quien había estudiado ya una carrera técnica en diseño de modas, empezó a buscar trabajo dentro del área.

Tenía 25 años en ese entonces y sabía utilizar el hilo y la aguja con mucha facilidad, además de imaginación y creatividad para diseñar ropa para su mamá, sus tías y amigas.

“Siempre me gustó mucho hacer diseños de ropa, es muy padre poder coser algo y que a la gente le guste. Es un trabajo muy bonito, pienso yo, porque todo el mundo necesita ropa y yo la hago”, platica Anita en la sala de su casa, sentada junto a su madre.

Pero no fue fácil conseguir trabajo: si en el mundo de la moda de por sí ya es difícil conseguir trabajo, es aún más difícil para una persona con discapacidad, le dijeron sus amigas a Guadalupe Montes.

Así que Anita empezó a hacer ropa por encargo: era buena costurera así que arreglaba ropa de sus familiares, la bastilla del vestido de sus vecinas, cosía botones caídos en camisetas de conocidos de la familia.

“No era suficiente. Yo quería trabajar”, recuerda Anita.

Tres años después, tras pasar horas y horas arreglando ropa de personas cercanas a la familia, Anita recibió una propuesta de trabajo de una diseñadora local. 

“Alguien le había platicado de Anita, y estaba buscando practicantes para que le ayudaran con algunas cosas. Anita fue a la entrevista como si quisiera ser practicante y la contrató”, platica su madre.

En una tienda de vestidos de novia y quinceañeras fue donde Anita pudo empezar realmente a trabajar en diseño. Inició con un sueldo de practicante, porque de eso se trataba la vacante y tras un año, obtuvo un puesto de planta.

Recibe a las clientas, platica con ellas, y a partir de las preguntas que les hace busca los diseños de vestido que tienen en la tienda para enseñárselos. La mayoría de las veces, platica Anita, tiene tan buen tino que las clientas encuentran el vestido indicado entre los primeros cinco modelos que les lleva.

“Me gusta mucho (mi trabajo). Conozco mucha gente, estoy ocupada todo el día y no me aburro. Le ayudo a Linda (la diseñadora) a diseñar vestidos, a escoger la tela y a arreglar los vestidos cuando los compran para que le quede bien a la chica.

“Y con lo que me pagan puedo ayudarle a mi mamá, comprarme mi ropa y bolsas. Puedo pagarme mi comida cuando salgo a comer con mis amigos”, cuenta con una sonrisa en sus labios.