Cuando en la Morelos nadie tenía prisa

Sir Waitron" era una leyenda viva a principios de los años setenta, se recargada en algún poste cercano a la esquina de la avenida Morelos y la calle Cepeda.
Colectivo Moreleando rescata luminarias.
Colectivo Moreleando rescata luminarias. (Alejandro Alvarez)

Torreón, Coahuila

Sir Waitron" era una leyenda viva a principios de los años setenta, se recargada en algún poste cercano a la esquina de la avenida Morelos y la calle Cepeda, vestido impecablemente con traje y polainas, se tocaba de vez en cuando su sombrero azul y esperaba pacientemente a que alguien iniciara una charla con él, entonces recordaba los viejos tiempos de la Morelos, los años treinta, el paseo por el boulevard, las estatuas en las esquinas y la algarabía de los jóvenes laguneros que acudían al atardecer, puntualmente, a Morelear.

El caballero vio pasar por ahí a las bellezas de La Laguna, durante cuatro décadas acompañó a la juventud en sus correrías por la Morelos, a pie, en auto, o en ambos... porque los muchachos que iban caminando y eran sorprendidos por sus amigos en auto y que subían para seguir la fiesta.

Después solo fue la avenida Morelos, ya sin el bulevar y sin las estatuas que alguien se llevó a casa, pero siguió siendo el punto de reunión los fines de semana, ahí estaban librerías, cafés, restaurantes, taquerías, salas de fotografía, edifi cios de oficinas, el Banrural, los dos hoteles emblemáticos de la ciudad: el Río Nazas y el Elvira que luego sería el Palacio Real.

La gente iba a nada, a ver y a ser vista, a caminar, a tomar una nieve, comer en un restaurante árabe, el Alhambra por ejemplo, o a dar vueltas y vueltas toda la tarde y parte de la noche, si llevaban dinero para ir de compras, entraban a las tiendas de ropa, llamadas luego boutiques, en los años setenta a la famosa Quinta Avenida o a Roberts.

Pero la esencia era la Morelos, como una enorme galería abierta para la convivencia, ir a los taquitos de la señora Meche, que después se cambiaría, como muchos, al Paseo de la Rosita, entrar a los restaurantes "Los Globos" o "La rambla", ya de noche bailar en el bar "El Greco" o tomar y platicar con los amigos en "El Café de París".

Nadie tenía prisa. Todos los visitantes a la Morelos sabían que ahí todo transcurría despacio, se saboreaba la estancia en la avenida con camellón lleno de palmas y una gran actividad, obligada para las visitas, comprar ropa de mezclilla, recuerdos en "Chácharas y Juguetes", comer "lonches" en "Los Chaparritos" asistir a alguna fi esta en "Los Caballeros de Colón", ir al cine Princesa, o al Nazas y ver pasar a la juventud lagunera.

Por ahí pasearon Carmen Pámanes y las muchachas de los años veinte del siglo pasado, se vieron los autos Ford y Chevrolet.

Hacia el poniente se llegaba a la Alianza que nunca tuvo el aire citadino de la Morelos y de la que no se hablaba entonces, solo 30 años después sería noticia para tristeza de los laguneros, el paseo terminaba entonces poco después de la Plaza de Armas.

Pero todo se acabó, los comercios comenzaron a emigrar al oriente de la ciudad, dijeron que el motivo fue la falta de estacionamientos, la inseguridad, cuando cerraron la Zona de Tolerancia, el negocio se fue a la Morelos, a "zonitas" cercanas, se acabaron los cines cuando quebró COTSA, la compañía paraestatal que los operaba, se incendió el cine Modelo, se tiró el cine Princesa, el famoso restaurante "Apolo" –a media cuadra de la Morelos- terminó siendo "El Apolito" y luego se incendió.

La Morelos se convirtió en una avenida triste, solitaria, con poca luz, sin vida comercial, la gente comenzó a evitar pasar por ahí, sobre todo de noche.

Las nuevas generaciones de adolescentes y jóvenes emigraron en la misma ciudad, se fueron a La central, en Torreón Jardín, luego a La Madrid, en San Isidro. Pero ya nada fue igual.