CRÓNICA | POR ALBERTO ROBLEDO CERVANTES

Fuera de los límites del "Buen Fin"

Sin reglas ni precios establecidos, los negocios se pactan de palabra.

En la "fayuca" al pie de las vías del tren en Francisco I. Madero, las personas luchan por vender al mejor precio, pues los trueques no están establecidos y la meta es que todos se vean beneficiados.

En la fayuca de las vías del tren de Madero, no existen los días festivos ni los fines de semana.
En la fayuca de las vías del tren de Madero, no existen los días festivos ni los fines de semana. (Alberto Robledo Cervantes)

Francisco I. Madero, Coahuila

El "Buen fin" en Madero se vive todos los días. Al filo de las vías del tren, se levantan carpas y puestos con productos de todo tipo, para todas las necesidades.

Ahí, una guerra de gritos se levanta para llamar la atención de todos los compradores potenciales, todas las ofertas se hacen al momento, sin obedecer a lo que hacen las grandes empresas.

"¡Pásele, pásele, pásele, cómprele a 10, cómprele a 10!", estas palabras las repiten los vendedores a una velocidad de vértigo, y a su vez, se combinan con el "¡bara, bara!", o con el "¡no le compre a 50, cómprele a 30!".

Ven cosa por cosa y la vuelven a dejar en donde la encontraron. Si hace hambre, unas gorditas, luego a seguir con el camino.

Los compradores, confundidos en medio de este tándem de voces, se dejan convencer por las montañas de ropa más altas y coloridas, al fin y al cabo, se acercan preparados para regatear cualquier precio que les propongan.

En la fayuca de las vías del tren de Madero, no existen los días festivos ni los fines de semana, ahí la cosa se trata de trabajar y vender todo lo que se pueda, sin seguir las reglas que ponen los grandes comercios, sino las suyas y las del comprador.

Hay de todo, de todos los colores y estilos y para cualquier gusto: montañas de ropa se alzan desde mesas improvisadas, bolsas de piel y de imitación, acomodadas así como fueron saliendo de la paca, zapatos de todas las marcas, ollas, cacerolas, cunas y carriolas, comida y antojos, menjurjes para cualquier enfermedad y dolencia.

Ahí se encuentra de todo por un precio consentido, lo mismo por el vendedor que por el comprador. Las personas primero se pasean con tranquilidad por el mercado, mientras los vendedores se discuten su atención a gritos.

Ven cosa por cosa y la vuelven a dejar en donde la encontraron. Si hace hambre, unas gorditas, luego a seguir con el camino. Cuando terminan el recorrido es cuando se deciden a comprar. En todo caso, no hay quien salga de ahí con las manos vacías.

JFR