Salió de El Salvador para no ayudar a los maras

Agner de 19 años era obligado en la escuela a llevar droga a la cárcel. Salió de su país con 50 dólares hace 6 meses. Asaltos, abusos y engaños son el 50% de su travesía, pero no regresará a su país.
Agner Fernando de 19 años y originario de El Salvador.
Agner Fernando de 19 años y originario de El Salvador. (Cecilia Rojas)

Torreón, Coahuila

Agner de 19 años y de El Salcador, tuvo que salir rápido de su país y sin dinero. Ya tiene seis meses en viaje. Cuenta que él estudiaba en un instituto y que los "mareros", los famosos "maras", se pusieron en acuerdo con el director del centro académico, para que los estudiantes llevaran droga a los penales, insertas en el ano.

"No nos iban a pagar. Se le puso demanda al director pero no nos creyeron, por que ahí las autoridades están mezcladas con los maras".

Incluso comenta que él llevaba cada día 5 dólares para el gasto en la escuela, pero le quitaban cuatro las pandillas, dejándole un dólar y él no comía nada.

“Hablo con mi mamá, le digo que está todo bien. No quiero que se preocupe, se pone a llorar. Ya tengo seis meses de no verla y la extraño".

A Agner le avisaron tres días antes que tenía que entregar droga un domingo de febrero. El lloraba y lloraba, pero no se atrevía a contarle a su mamá que pasaba. Hasta que su madre logró hacerlo hablar y le dijo que tenía que salir del país lo más pronto posible con 50 dólares.

Llegó a la ciudad de Tecún, donde trabajó un mes prostituyéndose, pero ganó buen dinero. Entonces se cruzó el Río Suchiate y ahí un taxista le ofreció llevarlo a una casa del migrante.

Pero con engaños finalmente lo llevó a una casa donde el taxista y otros sujetos lo tuvieron prácticamente secuestrado, le quitaron el dinero, un teléfono y una pulserita de oro que portaba.

El joven tenía miedo de que lo mataran y aprovechando que los sujetos se emborracharon, escapó, aunque lo persiguieron en el taxi.

Siguió caminando y llegó a Tapachula, Chiapas, donde también hizo algo de dinero, que igual le quitaron. “Pasamos los retenes, nos tiramos en el suelo, nos escondemos en el monte, pasamos charcos, lodazales, calor, hambre, frío, sed”, cuenta.

Él pensó que México estaba chico y pasaría en poco tiempo, pero si ha huido de los maras, en México también ha sido agredido.

Señaló que él pide dinero en la calles para ir sobreviviendo y los asaltos al menos para él, han sido una constante. Pero él no quiere decirle a su familia, que es prácticamente su mamá, lo que pasa.

“Hablo con mi mamá, le digo que está todo bien. No quiero que se preocupe, se pone a llorar. Ya tengo seis meses de no verla y la extraño. Por las noches lloro, yo solo. Cuando la tuve cerca no le daba ni un abrazo, ni un besito, nada y ahora que estoy aquí la extraño tanto”.

No quiere regresar. Quiere trabajar y mandar dinero a su mamá para que tenga su propia casa, sus electrodomésticos, es su sueño. Y teme que su mamá fallezca o que le pase algo a él, por que le dolería muchísimo no haber valorado ese amor que tuvo.

Agner tiene golpes, pues es fácil hacerse una lesión al subir o bajar del tren. Está recién bañado y reconfortado por el alimento que le brindó Lily, voluntaria en la Casa del Migrante.

“Está muy difícil, todos los del grado del instituto del grado de nosotros se fueron de El Salvador. Yo elegí el norte, voy a trabajar, mi vida será mejor, sin problemas, sin mareros. No fumo, no tomo, ni nada”.

Admite abiertamente ser gay. El cree que será libre en Estados Unidos y que allá, su vida será completamente diferente y ha escuchado que en su condición de ser gay, se le permitirá permanecer en caso de que migración de allá lo agarre.

“Le doy gracias a todos los mexicanos por que tienen las casas del migrante que lo apoyan a uno”.