“Mejor regrésate para tu pueblo, ¿a qué vienes aquí?”

Emiliana ha optado por vender sus productos en la vía pública, pero la autoridad cuestionó su origen otomí antes de darle un permiso.
Una vez le decomisaron sus artículos por comercializarlos en la calle.
Una vez le decomisaron sus artículos por comercializarlos en la calle. (Gustavo Mendoza Lemus)

Monterrey

Entre los cintos, las blusas bordadas y las muñequitas con trenzas de listones de colores, estas últimas son las más difíciles de hacer, vive en la ciudad Emiliana.

Llegó a Monterrey procedente de Querétaro hace 25 años con la finalidad de ofrecer una alternativa de estudios para sus hijos y desde entonces es vecina de la colonia Lomas Modelo.

Pertenece a la comunidad otomí y antes de viajar a la ciudad vivió en la Ciudad de México, donde trabajó haciendo blusas, pantalones y cintos bordados.

Con 25 años en Monterrey aún piensa en regresar a su comunidad en Querétaro, pero sólo espera que su hija termine de estudiar la universidad.

Las muñecas son una tradición que se hacía en la familia, misma que aprendió desde muy pequeña. Como hay temporadas en las que sí se venden y otras no tanto, Emiliana ha tenido que emprender otros empleos, como el de bordadora en la Ciudad de México o trabajadora doméstica a su llegada a Nuevo León.

“Siempre las tengo ahí, nunca lo dejo el trabajo. Se venda o no siempre los tengo ahí”.

Emiliana, junto con otro grupo de vendedores indígenas arraigados en el área metropolitana de Monterrey, se reunió en Encuentro Intercultural. Juventud indígena, producción simbólica y proyectos interdisciplinarios, celebrado el viernes en la Escuela Adolfo Prieto.

La venta de las artesanías es una forma de preservar su cultura, sin embargo no siempre se pueden dar la oportunidad para vender en la vía pública, aseguró.

Conseguir un local para su venta es como un sueño distante, por eso la calle es su única opción.

A veces se va a Los Cavazos, en la carretera Nacional; también las vendía en el centro (Morelos, Padre Mier o la Macroplaza), pero desde hace un año evita esta zona.

 ¿La razón? El confisco de su mercancía por no contar con un permiso para vender en la calle.

 “Yo tenía muchas piezas (muñecas, blusas, cintos) pero me las quitaron la gente de los permisos, porque no tengo. Ahí me quitaron todo, por eso hoy tengo poquito”.

Lo sencillo sería ir a la Dirección de Comercio del municipio para solicitar el permiso correspondiente para vender en la vía pública, pero aún carece de este documento. La artesana otomí refiere que hace un año acudió a solicitar informes y así obtener la licencia, pero la respuesta que obtuvo, dice, fue otra.

“En esa ocasión me dijo: ‘Nombre, mejor regrésate para tu pueblo, ¿a qué vienes aquí?’, pero luego si no tienes el permiso, no te dejan vender. Me di por vencida, la verdad no hay con quién ir”, refirió.

Hoy sus hijos estudian y ella  se dedica a la costura, aunque no con la misma intensidad, pues la artritis empieza a afectar sus manos.

A la muñeca que está haciendo le hace unas trenzas en el cabello negro hecho con estambre. Primero lo amarra con un hilo amarillo, después lo decora con listones bajo los colores patrios.

Emiliana no deja de hacer las muñecas, aun y cuando sus hijos le aconsejan que lo deje.

“Mi hija es la que me dice: ‘tanto trabajo que te cuesta para que lleguen esas gentes y te lo arrebaten’. No lo quiero dejar porque de aquí saco mi dinerito, me cuesta mucho hacerlo, pero no quiero dejarlo”.