Mamás que no tienen un ‘Día de las Madres’

Una despachadora de gasolina, una sirvienta en dos casas, una vendedora de flores para el '10 de Mayo'.

León, Gto

"Mujeres me desean feliz 10 de Mayo"

Despachadora de gasolina y vendedora de comida

Ni un “buenos días mi amor”, ni una rosa ni siquiera un pretendiente que la invite al cine o a cenar.  Eso no espera María del Rosario los días diez de mayo. Lo que esperaba era que pasara rápido el día porque tenía pendiente el festejo del Día de las Madres junto a su mamá y su hijita.

Puntual, llegó antes de las 6:00 de la mañana a la gasolinera donde trabaja.  A las dos de la tarde, es la hora de salir corriendo a su casa para ayudar a su madre en el negocio que tienen en casa.

Con su gorra y corbata en color rosa, en una mañana abre decenas de cofres de auto para checar los niveles de agua, aceite, anticongelante, etc.  

Algunas clientas que pasan a cargar gasolina para sus vehículos aprovechan y les desean feliz día a las empleadas que laboran al igual que Rosario.

“Sí, creo que todas las que trabajamos aquí somos mamás. No es que sea un requisito, pero en este lugar nos apoyan a las madres que somos divorciadas o solteras”, comenta la empleada.

Rosario se divorció cuando su hija cumplió apenas un año de edad, hace seis años. Desde entonces, ha tenido diversos trabajos, sin embargo, en una gasolinera en el cruce de los bulevares Timoteo Lozano y San Pedro encontró comodidad por la ubicación cercana a su casa.

Sin embargo, su trabajo no termina a las dos de la tarde, sino que cambia de oficio a esa hora. A los 27 años, además de mamá, es empleada, cocinera y le “echa” mecánica a los coches.

“Mucha gente piensa que por ser mujeres no podemos hacer este trabajo de estar en una gasolinera, pero si nos han dado este trabajo, es porque lo podemos hacer” cuenta Rosario. Luego, voltea a la ventanilla del auto, sonríe y le pide al conductor que verifique que inicia la cuenta en ceros.

Así pasó Rosario el día en el que se festeja a las mamás: trabajando. 24 horas después, podrá festejar.  Hoy invitará a su madre y a su hija de siete años a comer a algún restaurante.

“La chamba es la chamba”: Feliciana

La chamba es la chamba, dijo Doña Feliciana y sin importar que fuera diez de mayo, se levantó como todos los sábados a trabajar.

Filia, como le dicen de cariño, ha trabajado toda su vida, con excepción de sus embarazos y los primeros meses de edad de sus hijos.

Por eso, cuando fue necesario divorciarse de su marido, simplemente siguió trabajando para solventar sus gastos y seguir adelante.

Cambió de aires, se mudó a vivir a Silao y desde ahí se traslada a León cuatro días de la semana para hacer “el quehacer” en dos domicilios. 

Así ha sido durante los últimos dos años y ella se siente a gusto con sus dos trabajos.

De manera que el Día de las Madres fue un sábado más en el que tomó el camión poco antes de las ocho de la mañana para llegar a tiempo a su trabajo.  Además, el sábado le pagan y ese dinerito siempre “le cae muy bien”.  

No le preocupa si no le dieron un regalo cuando despertó, si no le llevaron serenata de madrugada o si no le llevaron ramos de flores; ella misma tiene sus macetas y cuida sus plantas en su casa.

Y lo verdaderamente importante para ella es que sus hijos se encuentran bien y que ella ya no se encuentra casada con un hombre que la cela de todo y que no aporta lo necesario para el sustento de un hogar.

Cuando llegó a su casa, lo primero que hizo fue darle un fuerte abrazo y un beso a su patrona y desearle un muy bonito día.  En esa casa de León, donde ella asiste los martes y los sábados, Doña Filia cocinó chilaquiles para sus patrones y se sentó a la mesa con ellos a compartir los alimentos.

Ahí les platicó que en su casa sus hijas se quedaron preparando mole para comer con ella a su llegada.  Pidió permiso para irse temprano.

“Ya a la mera hora llegan todos mis hijos con sus hijos, se juntan los nietos, los yernos y todos armamos ahí la fiesta”, dijo.

Por ser Día de las Madres, Doña Filia no planchó ropa en su trabajo, para estar sentada con sus hijos a las dos de la tarde, “echándose un molito”.

“24 horas, hasta que las flores se acaben”

El viernes muy temprano, Carmen se despidió de sus tres hijos y partió a otra zona de León. Regresaría hasta el sábado muy de noche. En compañía de su esposo, su hermano y su cuñada, se dedicó a vender flores durante día y noche, con motivo del Día de las Madres.

Ni siquiera llegó a su casa a dormir.  “Estoy ayudando a mi esposo, para nosotros es importante ayudarnos en lugar de celebrar”, dijo Carmen. 

La noche del viernes, ellos se quedaron a dormir en la fuente de Paseo de los Insurgentes a la altura de Los Paraísos.  Ayer sábado, a las siete de la mañana comenzaron otra vez a trabajar.

“Cuando va a amanecer es cuando más frío hace, sí me dio frío pero ya el resto del día estoy en el sol y tengo calor”, dice Carmen.

Su esposo se dedica a la venta de flores y de eso viven ellos y sus tres hijos. Sólo en las fechas especiales, como el 14 de febrero, el diez de mayo, Navidad, Día de Muertos, ella sale a trabajar con él, como hizo este fin de semana.

Bajo el intenso sol de las 3 de la tarde, Carmen permanece ahí, entre los autos sin buscar “una sombrita”. De a dos rosas, de a una, de a tres flores en cada venta. Con un poco de suerte, se llevan la docena completa.

Tan solo una mochila con una correa cruzada es lo que carga en su hombro. Las manos las tiene ocupadas con decenas de rosas rojas.
Con una habilidad extrema, sostiene con una sola mano todas las flores y con la otra, saca de su mochila una bolsa de celofán.  Cuenta la docena y las acomoda dentro del celofán.

Cobra las flores apenas con la yema de los dedos, sin distraerse ni perder clientes. Su vista detecta compradores incluso a una cuadra de distancia o al otro lado del bulevar.

Tacos, tortas, tostadas y uno que otro refresco son los alimentos que consumen en los pequeños ratos de descanso.

Para Carmen, desde hace ocho años, no existen los festejos en los días diez de mayo. Su recompensa viene después, cuando regresa a casa con sus hijos, luego de permanecer muchas horas bajo el sol, luego del contraste de la madrugada y del intenso calor del día.  

Su recompensa viene cuando las flores se acaban.