Malo no es "ser", sino "parecer" pobre

Conforme avanza la mañana, los puestos de relingos, de segunda mano y de los que expenden las llamadas “pacas” (saldos) son tomados por asalto en el tianguis, la Suburbia del barrio, para andar ...
Malo no es ser,  sino parecer pobre
Malo no es ser, sino parecer pobre (Arturo Fonseca)

México

Pululan en los tianguis, vaya usted a saber por qué. Son los relingos: prendas que han pasado sus mejores tiempos vistiendo otros cuerpos y están a la espera de un segundo, tercer usuario hasta que den de sí y vayan al basurero, donde pueden hallar quién les dé uso nuevamente.

Escribió el Jefe Diego en MILENIO (5/08/14): “Hoy en día, lo que conocemos a través de Twitter y videos es lo que ciertamente existe y trasciende a la sociedad; lo demás puede ser parte de la realidad, pero no altera el ánimo de la gente; son percepciones momentáneas que no quedan en la memoria colectiva, y poco influyen en nuestro comportamiento”.

Puede que tenga razón, pues los relingos, sus adquirientes, sus expendedores, los tianguis, la pobreza urbana, escasamente aparecen en Twitter y en los videos que la gente subimos a la red. Preferimos los chistoretes, las escenas de animalitos maltratados, los balconeos a gente de la farándula, de la vida pública.

En los tianguis los puestos de relingos florecen entre los de frutas y verduras, pescado, carnes rojas, flores, macetas, enseres de cocina, fritangas, sopes, huaraches y quesadillas, ropa nueva, abarrotes, cosméticos, chácharas, herramientas, útiles escolares y mercancía de temporada.

Las mujeres, amas de casa, acuden desde temprano antes que la mercancía desaparezca; expertas forjadas en la necesidad de vestir a la prole, escarban entre montones de ropa, revisan cuellos, puños de camisas, valencianas de pantalones, checan que las botonaduras estén completas, los zíppers con los dientes y el carro íntegro, zapatos y zapatillas sin agujeros y con las hebillas y agujetas en su lugar. Lo importante no es que sean, sino que las prendas parezcan nuevas en este mundo donde se puede aparentar, más que ser. Lo importante es la percha, señito, señorita, amita de casa. Lo malo no es ser pobre, sino parecerlo, porque como te ven te tratan y contradice al discurso oficial y da al traste con tanta inversión en la propaganda gubernamental a favor de los que menos tienen.

—Mami, cómprame estos tenis—, pide el chamaco a la joven que de la mano lo arrastra hasta el kínder; visten humildemente, pero los tenis que el chiquillo señala parecen, comparados con los que calza, recién salidos de la fábrica, si omitimos roturas, raspaduras y mugre acumuladas por otros usuarios.

—No, mijito, corre que nos cierran la escuela.

El pequeño insiste y la madre accede, pregunta el precio.

—Veinticincos pesos—, pide el vendedor.

—No, mijito, corre que te quedas afuera, no me alcanza; a ver si pa’ la semana entrante, ai me los guarda—, pide la madre.

Conforme avanza la mañana los puestos de relingos, de segunda mano, son tomados por asalto en este tianguis de los jueves y de toda la semana, que se establece frente a la iglesia de San Martín Caballero, en Nezayork, y en el país todo.

Las prendan son elegidas, arrebatadas, envueltas y entregadas a la clienta que salió airosa con el pantalón de moda, unas zapatillas aterciopeladas y una blusa, a cambio de menos de 100 pesos y con gran sonrisa en el rostro. La necesidad ha sido narcotizada por hoy, y dentro de ocho días repetirá la dosis, ya vimos que sí se puede, sí se puede: hay trapos elegantes para quien tenga la vista y manos más rápidas del oriente de la ciudad y zona metropolitana.

—Con estos modelitos te verás chula-retepreciosa, mijita, llévalos…

El tianguis, los puestos de relingos, solventan lo necesario para que los pobres urbanos (buena parte de la clientela de rutina) vistan y calcen lo menos pior durante la semana: sábado y domingo como quiera se lucen bermudas y sandalias, playeras y camisetas fluorescentes y cachuchas contra el sol.

Ropa para bebé es muy solicitada, lo mismo que las tallas para adolescentes, siempre prestos para desafiar al respetable con los aullidos de la moda. El tianguis es la Suburbia del barrio, por más que SinHambre pregone —infladas— madriza tras madriza a la pobreza extrema, ignorando que tiene aristas que solo el tianguis y la piratería devastan: las de la moda, el hit, el estreno, la novedad así sea en calca china, coreana, taiwanesa, de Tepis, La Lagunilla o Nezayork City, así sea con tal de parecernos a las grandes modelos de la telera o del interné, mi socio.

Las prendas saltan por los aires, pasan de mano en mano, ya se piensa en qué momento estelar lucirán: la boda, el bautizo, el cumpleaños, la graduación, combinadas con un maquillaje ad hoc: que destaque el rostro hidratado gracias a las cremas adecuadas para que la piel luzca bien chiras pelas y sin líneas de expresión; que las cejas, m’hijta, vayan con el tono de piel y greñerío; evita los ojos de mapache y no abuses de los polvos que te agregan años, reinita. Todo sin exceso o la apariencia de una piel muy gruesa te enruquecerá como no tienes idea: unos cuantos años de más. Y que no se te olvide, hay que pasar al puesto de los accesorios para el cabello, de las uñas de gel, para que todo combine, que vaya coordinado.

—¡Pásele-pásele: a ver qué se lleva, escójale, son de calidad, son de importación que le alegra el corazón; son de calidad, para toda la vida, son de fayuca, la que le gusta a la tía Cuca...!

Todo pasa el control de calidad hogareño, el ojo clínico de la usuaria no falla y los productos ingresan al bolso del mandado, merman el presupuesto pero permiten la sobrevivencia de la autoestima.

Y ya se sabe (según Charles Wright Mills): “Cuando la gente estima una tabla de valores y no advierte ninguna amenaza contra ellos, experimenta bienestar. Cuando estima unos valores y advierte que están amenazados experimenta una crisis, ya como inquietud personal, va como problema público. Y si ello afecta a todos sus valores, experimenta la amenaza total del pánico”. ¿Para qué exponernos, pues? Si no llenamos debidamente la bodega de los alimentos, cuando menos que la autoestima quede a buen resguardo…

—Pásele, a ver qué se lleva, a ver qué le gusta, a ver qué me compra marchantita, marchante: escárbele al montón...

Momento climático en el tianguis: cuando en las escuelas del barrio las chicharras anuncian el término de la jornada escolar y las madres recogen a sus vástagos, futuro de la patria, y se desperdigan entre los pasillos del consumo que los puestos de relingos ofertan, claman, exhiben, pregonan: métale la mano, jefecita: a la moda, lo que le acomoda, aquí tenemos
lo que necesita, de aquí se lleva lo
que le agrade, póngase trucha que esa blusita era para usted, ese coordinado ya se lo ganaron, pero la semana entrante traigo más, pa’ que no se quede con las ganas. Relingo: prenda de vestir, segunda mano, hoja de parra en tiempos de la modernidad globalizada, última oportunidad de andar con algo encima y a la moda.

–Qué agasajo, carnales; yo ya me ajuarié de ropa; hasta que truene la feria, que para eso me chingué el lomo...

*Escritor. Cronista de “Neza”.