CRÓNICA | POR LUIS CONTRERAS

Llegan para venerar, como desde hace casi 500 años, a la Virgen

En el poblado de Gualupita

Fervor y tradición convergen en la celebración a la "Santa Patrona de México"

Reciben hasta 40 peregrinaciones y 20 mil personas.
Reciben hasta 40 peregrinaciones y 20 mil personas. (Iván Carmona)

Santiago Tianguistenco

En Gualupita el fervor es una olla de barro con agua hirviendo. El santuario es un recipiente en el que miles de personas vacían el pecado y la penitencia. Se pide tanto como se agradece. Se canta y se danza. Hay una fiesta y Mañanitas.

Dicen que ayer había como 5 mil personas. Dicen también que las Mañanitas se comenzaron a cantar desde las ocho de la noche y no pararon hasta el amanecer. Que lo mismo cantó el mariachi, que el trío y la banda; igual con rondalla que a cappella.

Eso pasó ayer. Hoy la iglesia principal está llena. En su patio de frente se arman enormes castillos y los mayordomos con chalecos de mezclilla, van de un lado para otro, hacen de anfitriones, ordenan, disponen y organizan "el día más grande".

El agua hierve. En la periferia de la iglesia vive un mercado rebosante de personas y productos: alimentos, telas, utensilios de piedra y de barro, maderas, plásticos y metales. Lo mismo se ofrece el zapato que el guarache, el gabán que la chamarra. Lo mismo una cerveza que un tarro con pulque.

Hoy es el día "más grande" para el pueblo de Guadalupe Yancuictlalpan, "Gualupita". Se espera que lleguen más de 40 peregrinaciones y 20 mil personas. Llegan para venerar, como desde hace casi 500 años, a la Virgen de Guadalupe.

Y la imagen de la Virgen que es morena, se ve por todas partes. Está en el fondo de la iglesia, en playeras, en pinturas, en estatuas de piedra o yeso, en calcomanías, en fotografías, en papel picado y en veladoras, también en juguetes y tatuajes.

Pero aquí, en esta pequeña localidad metropolitana, también se ve a la Virgen en los monitores de televisión, se habla de ella en la radio, está en folletos, revistas y periódicos; en uno de ellos cuentan algunas de sus anécdotas.

En una de ellas se dice que hace no mucho, la entonces secretaria de Estado del gobierno de Estados Unidos, Hillary Clinton visitó la Basílica de Guadalupe. Allí vio el ayate y dijo: qué hermosa pintura ¿Quién la pintó? Dios. Dijo uno de los sacerdotes del lugar. Eso le dijo.

Y hoy por la mañana, aquí en Gualupita, en la misa, el padre del lugar también le habla a su feligresía de ese ayate. Les dice que allí incluso la ciencia ha encontrado su frontera. Les dice que no hay nada que explique la duración de sus tejidos, ni la precisa constelación del manto, ni la forma en la que se difuminan sus imágenes cuando se le ve de cerca, ni tampoco pueden explicar los reflejos captados en los ojos de la Virgen. Eso les dice.

Pero también les habla, desde lo alto de su tribuna, del momento y del significado del evento místico. Le dice entonces al pueblo de Gualupita que en 1531, cuando se apareció la Virgen de Guadalupe, había en la gente dolor y desesperanza.

Les dice que para entonces la Conquista se había consumado. Que había un pueblo destrozado y abatido. Que había tristeza y desolación. Y que aún se sentía punzante el aroma de la guerra y de la muerte.

Les dice que fue entonces, cuando el pueblo más lo necesitaba, que la Virgen se apareció para decirles: "¿acaso no estoy yo aquí, que soy tu madre?" Eso les dice y la gente, que abarrota la iglesia y el patio exterior de la misma, mira con atención y escucha que la Virgen de Guadalupe fue entonces y es ahora para los creyentes, la que conforta.