Ladrilleras, único espacio laboral para los viejos... de 35

Entre la tierra suelta y cientos de ladrillos atrincherados en el ejido José María Morelos en Matamoros, recuerdan que el trabajo inició a temprana edad y a temprana edad los consumió.

Matamoros, Coahuila

Con edades que oscilan en los cincuenta años y la piel curtida por el sol, los trabajadores en las ladrilleras continúan jornadas extenuantes paliando adobe y alimentando el obrador toda vez que su esperanza de encontrar un trabajo se agotó.

Entre la tierra suelta y cientos de ladrillos atrincherados en el ejido José María Morelos, recuerdan que el trabajo inició a temprana edad y a temprana edad los consumió.

Con la inserción de las maquilas los muchachos tuvieron otra opción menos ruda aunque igual de extenuante, dicen los ladrilleros con sus cincuenta años encima y una vejez prematura.

Máximo Beltrán, un hombre de 35 años, recuerda que su vida laboral inició a los catorce años. Sincero, asegura que no le gustó la escuela, se enamoró y tuvo cuatro hijos.

"Aquí ganamos entre 800 y mil pesos a la semana. No podemos ganar más porque no podemos trabajar más, las jornadas son de 8 horas diarias y bien matadas".

Fidel Ramírez tiene la misma edad que Máximo e igual que él empezó su vida laboral siendo adolescente. Tajante establece que dejó la escuela para ayudar en el sostén de su familia y que ahora con cincuenta años nadie lo quiere emplear.

"Me quedé toda la vida aquí porque no fui a la escuela. Gano 800 pero bien matado. Aquí hacemos como 4 mil ladrillos a la semana y aunque quisieron cambiar el combustible por otro alternativo pues eso no sirvió. Seguimos alimentando el cocedor con cirre y llantas para que se quede prendido al menos 30 horas".

Empleado de Chemo Beltrán, Ignacio Adame Rodríguez refiere la misma historia y las mismas penurias. Treinta años atrás las ladrilleras eran la única fuente de trabajo real y que gracias a ellas algunos estudiantes terminaron carreras profesionales.

"Venían para sacar para un lonche, una pluma, y otros para comer, para ayudar en las casas y yo entré en esa sintonía pero aquí me quedé porque en mi casa anduvimos rodando en rentas de cuartos, pero de aquí salieron maestros, licenciados. Gracias a las ladrilleras se formaron".

Con la inserción de las maquilas los muchachos tuvieron otra opción menos ruda aunque igual de extenuante, dicen los ladrilleros con sus cincuenta años encima y una vejez prematura. Y ante una posible permuta o reubicación de los obradores la posición es no aceptar el cambio.

"No aceptaríamos un cambio porque entonces ¿a dónde nos vamos, o dónde vamos a trabajar si ni de barrenderos nos quieren ya? A nosotros no nos interesa siquiera una pensión porque no tenemos derechos, lo que queremos es trabajar", concluye Ignacio Adame mientras coloca ladrillos en el cocedor.