“Juro que yo pensé que ya no la contaba... Dios nos ayudó”

Originario de la región que ocupa el primer lugar de expulsión de migrantes en Hidalgo, Joaquín emigró hacia los Estados Unidos, en donde pasó diez años del lado americano.
Pronto inaugurará un taller junto a uno de sus amigos.
Pronto inaugurará un taller junto a uno de sus amigos. (Cortesía)

Pachuca

Joaquín fue migrante. Regresó en diciembre pasado luego de haber estado más de una década en territorio norteamericano.

Conduce un taxi en la capital hidalguense y, mientras sortea las obras del Tuzobús y a otros conductores que no saben para qué son las direccionales en los autos, platica su historia.

Se fue hace años porque no conseguía trabajo acá y los pocos que tuvo eran “muy matados” y con poco sueldo. De hecho, era chofer con uno de sus familiares, pero no ganaba ni el salario mínimo.

Así que tomó el dinero que tenía ahorrado, unos dos mil pesos, un morral con apenas algo de ropa y dejó el hogar para perseguir el sueño americano.

Viajó en camión con su hermano hasta la frontera norte mexicana, a Sonoyta, en Sonora, y allá ubicó a “un guía” que los llevaría hasta Arizona, en territorio del Tío Sam.

Recuerda que cruzaron el desierto. Fue una travesía de una semana que no quiere recordar y que le ha sido imposible olvidar.

Dice que si en algún momento se arrepintió de haber emprendido esa aventura fue ahí, al calor de una zona que arranca poco a poco la vida a cada paso.

Joaquín mide alrededor de un metro con 65 y es delgado. Desde que empezó a charlar ha acompañado sus frases con risas y bromas. Quizá por eso es más impactante ver cómo se limpia los ojos y trata sin éxito de contener las lágrimas.

“Fue casi una semana y ahí nos quedamos. Juro que yo pensé que ya no la contaba... Dios nos ayudó”.

Quiere olvidar. Toma una bocanada del aire fresco de las tardes pachuqueñas celebrando que está vivo y que no corrió con la suerte de otros que se quedaron desmayados ahí. No sabe si sobrevivieron y ya no quiere seguir hablando del desierto.

Recuerda que no llegó a Arizona, como pretendía inicialmente, pero Atlanta, Florida y Alabama sí le recibieron, estaba solo porque su hermano no aguantó la lejanía y unos meses después regresó a casa. Él no. Dice que tuvo varios empleos. Fue jardinero, lava platos, mesero y, finalmente, se dedicó a la mecánica automotriz. Ganaba alrededor de 500 dólares por semana mínimo, aunque hubo épocas que su bolsa recibía entre 800 y mil dólares. Como sea, el oficio no le resultaba extraño porque su padre sabía y algo le había enseñado y, por supuesto, algo le había aprendido. Así que se empezó a capacitar y aprender lo que más pudiese sobre motores fuel injection, de transmisiones automáticas y hasta de electricidad automotriz.

Una vez que aprendió todo lo que pudo decidió que era momento de volver para estar con su familia y emprender su propio negocio. Pero no ha sido fácil. A su regreso no pudo entrar a trabajar a ningún taller porque nadie lo quiso contratar y “muchos se quedaron a la antigüita”, así que se tuvo que conformar con un momentáneo trabajo como chofer de taxi.

Pero no se acongoja. Con un amigo ya compraron un terreno y están a punto de inaugurar su propio taller allá, en el Valle del Mezquital. 

Acaba de casarse con la madre de sus hijos, a quienes pide “que todo lo que han aprendido, que lo que les he enseñado no lo echen en saco roto, porque la vida sólo se vive una vez y la vida no regala nada”.