Cristo murió ayer en la cruz, en San Martín de las Flores

La fiesta popular convocó a decenas de miles al poblado y el cerro del sureste de la ciudad, quienes hoy pueden atestiguar la resurrección adelantada.

Guadalajara

Cristo murió ayer en la cruz. Pero hay de muertes a muertes. Está la del Cristo de Velázquez, una de las más famosas piezas del pintor sevillano, que se exhibe en el museo del Prado de Madrid: es un crucificado abismado en soledad ontológica, en medio de un desierto de humanidad, negro y ascético como la penitencia personal para la que fue creado. En contraste, la del Cristo de San Martín de las Flores, en Tlaquepaque, fue ayer una fiesta del pueblo, bulliciosa y variopinta, divina y profana, extática e irreverente como suelen ser todas las expresiones religiosas populares.

En estricto sentido, esta muerte en el cerro de San Martín, invadido por decenas de miles que quisieron dar un toque de trascendencia religiosa a su viernes de asueto, es simbólica, teatral, aunque para los fieles esa teatralidad remite a hechos ciertos acaecidos 1986 años atrás en la Jerusalén del dominio romano.

Y San Martín, un pueblo pintoresco, viejo como la conquista, feo sobre todo en sus contornos, aunque mejorado en su centro, su plaza cívica y su iglesia de cantera, se convierte por los días santos en la famosa capital del reino de Judea, con Herodes y Pilatos al frente de la burocracia que decide la suerte de un justo, Ecce Homo, si bien las colinas contiguas rebosan de edificios uniformes de multifamiliares que hacen de la puesta en escena un ambiente más bien kitsch, lleno de rostros morenos y mujeres en pantalones de mezclilla, muchachos de tejanas, gorras o camisas de equipos de futbol, fritangas grasosas y aromas inconfundibles a mota, gritos profanos y música de banda donde se lloran amores terrenos y no la tragedia divina y el amor trascendente de las pasiones barrocas de Bach o de Schutz.

El Cristo muerto es Miguel Iván Alejo, quien se preparó a conciencia para cargar una cruz de cien kilogramos  por kilómetro y medio. La escenografía obliga a usar 150 actores y se hicieron ayer una veintena de escenas. La historia arrancó el jueves, para ir con el calendario litúrgico en la medida de lo posible, pero tras una correcta temporalidad hasta la aprehensión posterior a la Santa Cena del jueves, las horas de tuercen para arrancar en viernes a las tres de la tarde, el momento en que la tradición señala que Jesús el ungido expiraba en la cruz.

Este Cristo morirá cuando la tarde ya esté avanzada y no verá los muros del templo rasgarse al proferir su “Pater in manus tuas commendo spiritum meum”, texto latino del Evangelio de Lucas que aquí se dice en perfecto romance, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, pero no se irá a un sepulcro a esperar la gloria de la resurrección ni dejará ángeles que avisen del suceso a los peregrinos de Emaús… En San Martín la gloria es en sábado y Miguel durmió ayer en su casa.

Hay allí otros muertos que sí lo son. Por ejemplo, el buen Beto de San Martín de las Flores de Arriba, al que asesinaron de un balazo hace dos años, y esta tarde visita en el cementerio del pueblo su amigo Juan, compungido. O a su abuela Ermilia, muerta en 2007 ya de vieja. Junto con su hermana Isabel, ambos ofrecen flores y agua a las tumbas de sus difuntos este atardecer. Desde aquí se atisba el cerro donde se monta la cruz, con una marea humana que hormiguea inquieta, como en espera del Juicio Universal.