REPORTAJE | POR GABRIELA MARTÍNEZ

Jacume vive a costa de los migrantes

Aquí todos esconden algo

En un pueblito casi desolado en Tecate, viven no más de 300 familias que han hecho del tráfico de personas y droga un negocio familiar

Jacume, un pueblo que vive a costa de los migrantes

Jacume, BC

"¡Tenemos la montaña! ¡Tenemos al (cerro) Cuchumá! ¡Tenemos Vallecitos, tenemos muchos elementos históricos!"

Así festejaron las autoridades en diciembre de 2012 cuando Tecate fue nombrado "Pueblo Mágico".

Ese día, hablaron de su historia y de cómo los indígenas kumiai se han mantenido por cientos de años a las orillas del municipio, defendiendo su preservación, de cómo ha crecido la gastronomía del lugar y la fama nacional de su pan.

De Jacume y del paso de miles de migrantes por esas tierras, nadie dijo nada.

Jacume es un pueblito casi desolado en Tecate, donde no viven más de 300 familias que han hecho del tráfico de personas y droga un negocio familiar.

Su cercanía con Estados Unidos lo convirtió en una de las rutas principales para indocumentados, mexicanos y extranjeros, dispuestos a pagar miles de dólares por cruzar la frontera.

Durante el día, las mujeres y los niños se asoman por las calles. Ellas se pasean en sus patios por los tendederos, barriendo y limpiando, mientras los niños corren jugando encima de la polvareda con los perros que deambulan por todos lados como si no tuvieran dueño.

Sus risas rompen con el silencio con el que todos los días amanece el ejido y que se acaba por las noches cuando los hombres salen a trabajar.

Aquí todos esconden algo
Gregorio es un agente de la Policía Federal –alto, de piel clara, robusto, que nunca deja de usar lentes oscuros- quien al quitarse el uniforme se convierte en un vendedor de autos usados.

De su cara nunca se borra una sonrisa, pero cuenta que en uno de los operativos que realizó en Jacume, donde participaron otros oficiales, rescató a una mujer que estuvo secuestrada en una casucha a unos 15 metros de la frontera con Estados Unidos.

Sus cuatro días en cautiverio fueron suficientes para que fuera violada infinidad de veces por varios hombres sin que nadie escuchara o supiera de su existencia.

"Aquí viven muchos 'coyotes' (traficantes de personas), pero luego mejor secuestran a los migrantes y ya, la migra está difícil", dijo.

Eran las 10 de la mañana y cuatro camionetas de la federal –cargadas con agentes encapuchados y un arsenal- y otros dos vehículos con personal de Migración ya estaban estacionados a la entrada de Jacume.

Un letrero de color blanco, de madera astillada, clavado en la tierra casi sobre la carretera libre Tijuana-Tecate les daba la bienvenida. Las camionetas entraron en caravana: primero el comando armado y luego le siguieron los demás.

Aunque el operativo es para rescatar migrantes, la orden de las autoridades ha sido directa: "aquí nadie entra solo".

Uno de los agentes -joven, de piel morena con un bigote a medio rasurar y de un acento que delata su origen defeño- dice que en varias ocasiones han rescatado migrantes secuestrados y en otras han sido obligados a cruzar droga.

"De repente los ves, algunos encerrados en las casas de seguridad...muchas ya las hemos destruido pero las vuelven a usar", comentó.

Al terminarse los 10 kilómetros de camino pavimentado, sólo resta un tramo corto de terracería que está a cinco minutos del caserío.

El paisaje está cubierto por cerros, la mayoría secos y algunos desgajados; una que otra liebre se cruza por el camino a paso veloz y luego se pierde entre los chaparrales. En medio de ellos se esconden los "halcones", hombres que permanecen horas sentados sin importar el frío o calor para vigilar quién entra y sale de Jacume.

"¡Párate, párate!", le grita el comandante al oficial chaparrito.

Un hombre moreno, de unos 30 años de edad, intenta salir a bordo de una camioneta color blanco, último modelo y con placas de California.

Al ver a los agentes, apaga el motor, se baja y luego intenta esconderse dentro de una casa sucia, de paredes rayadas, algunos vidrios rotos y con el techo de láminas. Ahí estaba estacionado.

Las camionetas de la Federal lo cercaron, luego llegaron los de Migración. Unos oficiales se quedaron en las unidades, pendientes de cualquier movimiento raro. "No se puede confiar", dice uno de los agentes a bordo de la unidad.

Se acercan, lo miran y luego lo toman de los brazos, frustrando su intento por esconder sus tatuajes bajo las mangas cortas de su camisa blanca.

"¿Cómo se llama?", "¿de dónde es?", "¿a qué se dedica?" son las preguntas de rutina.

"Soy comerciante, vendo madera", responde con voz baja y sin mirar a los policías.

En menos de 30 minutos los agentes ya sabían que ese hombre, "vendedor de madera" acababa de llegar a Baja California porque fue deportado de San Diego, California, luego de estar unos años en prisión acusado por tráfico de personas.

"No es raro, casi siempre les sale algo, pero si es en Estados Unidos no podemos hacer nada porque están en territorio mexicano. Aquí no tienen delitos", dice el agente de gafas oscuras.

El negocio es en ambos lados de la frontera
Para cruzar la frontera desde Jacume, sólo tienen que esperar el cambio de turno de la Patrulla Fronteriza para evadir la vigilancia, brincar una barda de cobre oxidado que no mide ni tres metros de altura y que en la parte de arriba lleva escrito un mensaje con pintura blanca: "Ve al Norte... trabaja y prospera, has (sic) el mejor lugar para todos pero no se te olvide de dónde vienes (...) Ayuda a tus hermanos y hermanas".

La Patrulla Fronteriza constantemente hace rondines en la zona. Uno de los migras que está de guardia se recarga sobre la barda, echa un vistazo a todo lo ancho y mientras se ríe, advierte: "ya no hay 'polleros' decentes".

Jacumba es el pueblo que colinda con Jacume, al otro lado de la frontera.

El agente explica que, desde hace décadas, los habitantes de ese pueblo también hacían negocio con los migrantes. Improvisaron tiendas dentro de sus casas y colocaron letreros en sus techos, ofertando desde huaraches, botes con agua hasta cobijas para el frío.

"En el 2011 entré con un grupo. Sembraban rábanos, nada más que estaban escondiendo gente en las casitas de allá. Les llegué como con 100 agentes y les cerré el negocio como seis meses de castigo, pero desde ahí ya no abrieron", afirmó.

Miles de migrantes han dejado su huella por Jacume. Ni los asaltos ni los secuestros y tampoco los fracasos para llegar a su destino los han hecho desistir de su paso por este pueblo.

El secretario de Seguridad Pública del estado (SSPE), Daniel de la Rosa Anaya, explicó que no se trata de grupos del crimen organizado operando en ese ejido sino de personas que encontraron un modo de vivir a costa del tráfico de personas, principalmente.

"No se trata de grupos delictivos, salvo alguna excepción, pero por lo regular son gente de los mismos pobladores que hasta hace su modo de vida en este sentido. Entonces aquí sí necesitamos una fuerza permanente que inhiba ese tipo de cuestiones y que sancione, o sea, que los ponga a disposición para la cuestión respectiva", dijo.

Los operativos de rescate se realizan temporalmente, cada que las instituciones se pueden coordinar para entrar juntos y en caravana a Jacume.