[Historia] "La cara del chico estaba marcada por cicatrices"

Muchos afirmaban que de niño le cayó aceite, pero otros dicen que fue víctima de un rito satánico.
Todo ocurrió, según cuentan los más viejos, a mediados de los 80.
Todo ocurrió, según cuentan los más viejos, a mediados de los 80. (Archivo)

Pachuca

Por las calles de Tepeapulco, hace algunos años, todos identificaban a un chico. No por su personalidad o inteligencia, sino por su cara, marcada por un accidente que dejó cicatrices permanentes. A simple vista eran quemaduras que muchos afirmaban eran porque de niño le cayó encima aceite, pero otros dicen que en realidad fue víctima de un rito satánico.

Todo ocurrió, según cuentan los más viejos, a mediados de los 80. Por allá, en los cerros, la gente afirmaba que por las noches volaban las brujas, luces rojizas que como mosquitos revoloteaban por las copas de los árboles en busca de gente a la cual usar en sus ritos.

La historia cuenta que un niño de unos 10 años, por andar jugando se alejó de su casa hasta perderse. Ya de noche el pequeño tuvo la mala suerte de toparse con las brujas que buscaban a su sacrificio, por lo cual cayó atemorizado en manos de estas.

El pequeño fue conducido a una serie de túneles donde sólo se alcanzaba a ver una luz en el fondo; eran cientos de metros los que arrastraron al pequeño hasta que arribaron a una cueva; en el interior de la cavidad había una fogata y varios objetos para realizar una ceremonia en honor al diablo.

Las brujas platicaban entre ellas, mientras el niño trataba de recobrar serenidad perdida hace varios minutos cuando lo capturaron. Estaba amarrado, sin manera de mover brazos o pies, una situación atemorizante porque frente a él el grupo de seres que parecían sólo un poco a mujeres preparaban el rito.

Un caldero con algo que parecía aceite, peor más verdoso, se calentaba a fuego lento, mientras que animales como murciélagos, ratas y alimañas de ese tipo eran cercenados para aderezar esa sopa repugnante.

Mientras cocinaban, las brujas cantaban, o eso parecía, una melodía con tono de canción de cuna, pero que por alguna razón le volvía la piel de gallina al pequeño que por más fuerza que hacía no lograba aflojar las cuerdas.

Llegó el momento y la pócima del caldero estaba en su punto. Con un olor repugnante por todo lo que contenía el pequeño era lo único que faltaba para ofrecer el sacrificio a Satanás, quien ansiaba recibir la sangre de un inocente.

Así, el chico de nueva cuenta contra su voluntad, fue arrastrado al caldero. Pero esta vez las brujas cometieron un error: confiando en que estuviera muerto de miedo lo soltaron, lo que le permitió saltar, junto a la pócima y con una fuerza de quién sabe dónde aventársela a sus captoras.

Fue una ola tremenda que en parte le cayó en la cara, pero también a las brujas, que entre la confusión no lograron detener al niño, que pese a sus quemaduras en la cara, el miedo le permitió escapar de la cueva para adentrarse a la serie de túneles.

Al atardecer del día siguiente de su desaparición sus papás lo encontraron, muy herido sobre el campo a unos cuantos kilómetros del pueblo. Tras recibir atención médica contó su historia, pocos le creyeron, pero quienes sí, entendieron la causa de porque varios niños desaparecen cada primavera en los alrededores de Tepeapulco.