Guadalajara 1964-2014: medio siglo de decadencia

La ciudad fue próspera bajó la personalidad concertadora del cardenal Garibi Rivera, pero ahora ha perdido calidad de vida y no tiene elites emprendedoras, coinciden historiadores.
El 8 de junio de 1964 nació el ciudadano número 1 millón de Guadalajara
El 8 de junio de 1964 nació el ciudadano número 1 millón de Guadalajara (Milenio Digital)

Guadalajara

Los conocedores de la historia de Guadalajara, que hoy alcanza 472 años de su fundación definitiva en el valle de Atemajac, coinciden en que si se puede fechar el momento de apogeo de esta ciudad, tendría que ubicarse un día como hoy, de hace medio siglo.

Ese esplendor era engañoso, pues ya contenía los gérmenes de la decadencia posterior. La ciudad estaba cerca de alcanzar el millón de habitantes —la segunda en llegar a esa cota, tras la ciudad de México— y era el símbolo cultural, social y mediático mexicano. La fama de Jalisco había dominado de forma arrolladora más de dos décadas en el cine hispanoamericano con el único género cinematográfico que México aportó: la película ranchera; era una especie de desquite cultural de un estado que en el siglo XIX fue semillero del federalismo y de la rebelión de la provincia contra el centralismo asfixiante, y que por ello, fue tenazmente debilitado por los poderes centrales con exacciones territoriales y con destierros de sus figuras más emblemáticas.

Los signos del auge iban más allá: Jalisco brillaba en los deportes con campeones mundiales en box, grandes luchadores, tenistas y el auge futbolero del Campeonísimo Guadalajara, las chivas rayadas que ese año levantaría su sexta corona futbolera bajo la bandera del mexicanismo. Ya se les conocía como “rebaño sagrado”, en un mote que liga al equipo con el personaje más importante de esa época: José Garibi Rivera, el arzobispo católico que fue el primero en la historia del país en ser elevado a la dignidad de cardenal.

La llamada “alta cultura” también brillaba en las letras con nombres como Agustín Yáñez, Juan Rulfo, Juan José Arreola y Mariano Azuela; en la pintura, ya habían muerto el colosal Clemente Orozco y la célebre laguense María Izquierdo; pasaba sus últimos meses Gerardo Murillo, el Doctor Atl; brillaba Juan Soriano en el firmamento internacional, y todavía les quedaba cuerda a otros pintores extraordinarios como Raúl Anguiano, Roberto Montenegro y Chucho Reyes Ferreira. No se puede omitir en la música a la compositora zapotlense Consuelo Velázquez (Bésame mucho) ni a al tapatío Gonzálo Curiel (Incertidumbre, Vereda tropical), o a “compositores serios” como los ya entonces muertos Pablo Moncayo y José Rolón, o a los vigentes Blas Galindo y Hermilio Hernández.

Una nómina impresionante, pero no se puede olvidar que todos estos maestros salieron de Guadalajara porque no había manera de retenerlos ante la vida cultural literalmente provinciana, o bien, defenestrados (el caso más famoso es el de Chucho Reyes) por las “buenas conciencias”, recuerdan los cronistas Juan José Doñán y Guillermo García Oropeza. Es como echar sal en la herida, pero de cara a un aniversario más de la urbe que amó Agustín Yáñez, hay más verdades por reconocer.

CON LA IGLESIA TOPAMOS

Tanto Doñán como Oropeza no se imaginan qué ciudad y qué Jalisco habrían cuajado sin la personalidad del cardenal Garibi. Arzobipo durante 33 años, emergió de la cruenta experiencia de la guerra cristera —en la cual le tocó, como a su predecesor Francisco Orozco y Jiménez, andar a “salto de mata”— y comprendió que el futuro de las relaciones iglesia-estado tendían a mantener la simulación del estado irreligioso, a la usanza porfirista, pero con relaciones cordiales y política conciliatoria en los hechos.

“Con él se encumbra un tapatío químicamente puro, que tenía una serie de relaciones con el resto de las fuerzas vivas, con la clase política, que van a ser muy provechosas para Guadalajara, para Jalisco y la región; coincide que llega al gobierno a fines de los cuarenta alguien que había sido su alumno en el seminario, Jesús González Gallo, con el cual tenía entendimiento; Garibi Rivera fue capaz de reunir a gente que no se comía una jícama juntos y establece esa relaciones con la Cámara de Comercio, con parte del grupo de derecha que encabezaba don Efraín González Luna y con políticos del régimen”, lo que lleva a un periodo largo de prosperidad y acuerdos que está tan ligado al prelado, que su muerte en 1972 marca el final, explica Doñán.

Garibi “va a ser una excelente correa de trasmisión; él no tiene ambiciones de que haya una restauración del poder de la iglesia,  a diferencia de lo que se le señaló a Orozco y Jiménez, que era más combativo y quería que a la iglesia se le regresara lo que le quitó Juárez, o sea la desamortización de bienes por las de las Leyes de Reforma. […] Garibi hace sumas y restas y piensa que la iglesia sigue teniendo un ascendente, una gran influencia y peso, y que no tiene necesidad de eso; y que si le va bien a la sociedad jalisciense, y al estado en su pluralidad, ese beneficio les va a redundar a todos; hablamos de una época en que la iglesia no tenía una representación jurídica, o sea que es una gente que crea confianza, y esa confianza se trasminó a otros ámbitos”, añade el escritor nativo de Tizapán el Alto.

“Es una personalidad muy interesante porque lleva a la calma, en un estado lleno de rencores, de violencia reprimida, y de intolerancia de ambos lados [derechas e izquierdas], porque finalmente no hay ni buenos ni malos, todos son iguales”, explica por su parte García Oropeza.

El único grupo con el que no hubo posibilidad de diálogo del prelado fue con los Tecos, los gestores de la primera universidad privada del país, la Universidad Autónoma de Guadalajara, añaden los entrevistados. No obstante, también se sumaron, porque en el fondo “siempre fueron priistas, siempre estuvieron con el sistema”, subraya Doñán.

CANGREJOS TAPATÍOS

Sin Garibi es improbable que el auge se hubiera dado de la forma en que se dio. Porque los políticos jaliscienses, de siempre, tenían una tendencia al canibalismo que ha hecho célebre a ese grupo en el contexto nacional. Por ejemplo, en el auge del desarrollo estabilizador, Agustín Yáñez y Juan Gil Preciado se rendían enemistad; se dice que Ruiz Cortines mandó al autor de **Al filo del agua a gobernar Jalisco para acabar con el gallismo; Marcelino García Barragán, gobernador en los cuarenta, estaba enemistado con parte del sistema y había tenido un desliz henriquista que hacía que sus enemigos lo tildaran de “traidor”. En Jalisco predomina “la desunión de la clase política”, señala por su parte el historiador Mario Aldana Rendón (en **Biografía política del viejo régimen, Jalisco siglo XX, Instituto Electoral del Estado de Jalisco, 2006).

El grupo Universidad de Guadalajara, sobre todo a partir de Juan Gil Preciado, también está ligado a la prosperidad y se convierte en formador de políticos para el sistema. Con el tiempo, su organización, la Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG), útil para reprimir disidencias, devendrá al gangsterismo.

La clase empresarial se contagia del espíritu emprendedor de Garibi y 1964 pone a la ciudad en otros liderazgos además de los culturales: fortalecida por su banca regional desde tres décadas atrás, Guadalajara se convierte en la “capital de la pequeña industria”; Canadá crece hasta ser la fábrica de calzado más grande de América Latina. Tequila Sauza y Cuervo se consolidan y con el tiempo llegarán firmas prestigiadas del extranjero a invertir (Motorola, Kodak, Euzkadi). El horizonte tapatío se eleva con el Condominio Guadalajara y poco después, el hotel Hilton (hoy Misión Carlton), los primeros rascacielos.

Esta historia de elites en concordia produjo una ciudad cálida. “Nos conocíamos prácticamente todos y le teníamos un cariño enorme a Guadalajara; era el sentido de pertenencia, era un orgullo enorme ser tapatío”, recuerda el fotógrafo y periodista Alberto Gómez Barbosa.

Pero devino la decadencia, acentuada tras la muerte de Garibi Rivera. Se perdieron los acuerdos entre las clases dirigentes. Los ricos tapatíos se hicieron rentistas y depredaron la urbe con fraccionamientos no planificados que les dieron fortunas fáciles pero destruyeron la vieja convivencia.

La diversidad afloró como anverso del idilio provinciano de los sesenta. Los políticos se hicieron cada vez más domésticos, con peso escaso en la agenda nacional. Los grandes proyectos comunes se fueron apagando.

Esa historia del último medio siglo no se adivinaba el 8 de junio de 1964, cuando nació el tapatío un millón. Hijo de María Pérez y Luis Gutiérrez, se le impuso el nombre de Juan José Francisco en honor al gobernador Gil Preciado, el alcalde Medina Ascencio y el cardenal Garibi. Hoy tiene medio siglo y no ha tenido una vida fácil. Como su ciudad.