Guadalajara, una ciudad que se queda sin símbolos

Guillermo García Oropeza, uno de los cronistas emblemáticos de la gran urbe de occidente, destaca los valores y los claroscuros de la ciudad de 1964 y como sus núcleos conservadores han dado hasta ...
La cruz de plazas da a la catedral aire, espacio y perspectiva en el Centro Histórico de Guadalajara
La cruz de plazas da a la catedral aire, espacio y perspectiva en el Centro Histórico de Guadalajara (Chema Martínez)

Guadalajara

Medio siglo después de su mayor auge histórico, Guadalajara se debate entre la pérdida de su calidad de vida y la de símbolos propios, una paradoja si se considera que es la ciudad más identificable dentro del imaginario de lo que se llama la “identidad mexicana”. 

Jalisco es México, reza el eslogan. Lo fue para millones por obra y gracia del cine nacional en su etapa más internacional y fastuosa, de 1940 a 1960. Lo fue cuando sus figuras literarias, artistas plásticos y deportistas marcaron derroteros, incluso muchos de ellos desterrados por la estrechez provinciana o por la búsqueda de oportunidades. Es por eso que se puede hablar de “Jalisco es México” cuando se alude al Necaxa capitalino de los once hermanos (casi todos guadalajarenses), en la época amateur del futbol, o a la importancia de creadores no jaliscienses, pero con raíces en estas tierras, como Octavio Paz (nieto de Ireneo, militar tapatío liberal) o Alfonso Reyes (hijo del tapatío Bernardo Reyes, el general cuya popularidad hizo que Porfirio Díaz lo desterrara para establecer las bases de ese fenómeno explosivo de industria y modernidad en que se convertiría en el siglo XX la rezagada Monterrey decimonónica).

Hoy el panorama se empobrece, y parece que se vive del pasado. Guillermo García Oropeza, uno de los cronistas más importantes de la atribulada perla occidental, no puede evitar ver en la reciente compra del muy tapatío club Atlas por TV Azteca, otra estocada al declinante orgullo de la ciudad neogallega. Firmas empresariales, universidades, equipos de futbol, tequileras, se suman a patrimonios de otras regiones del país o
transnacionales. ¿Vendrá pronto la hora de las Chivas, uno de los símbolos de la ciudad exitosa del pasado?

El tamaño ideal
“Una ciudad con un millón de habitantes ha alcanzado ya su tamaño ideal, recuerdo que los urbanistas italianos habían proclamado que era la dimensión ideal de una ciudad; una ciudad suficientemente grande y rica para dar servicios, pero no tan grande como para perder su atmósfera
urbana; y en todo caso se pensaba que esa ciudad podía ser rodeada por satélites, fraccionamientos o pequeñas ciudades, cuyos habitantes
pudieran vivir ahí e ir a trabajar a la ciudad madre”, explica García Oropeza.

Sin embargo, “Guadalajara alcanzó esa situación ideal, pero inmediatamente la perdió porque siguió creciendo, y nadie hizo nada para que la ciudad no creciera; esa es la primera crítica al desgobierno de Guadalajara y de Jalisco; nadie se preocupó por tomar en serio los planes reguladores o planes maestros; recuerdo que el maestro [Ignacio] Díaz Morales había trabajado en ese plan que diferenciaba zonas industriales de zonas de habitación, y marcaba un ideal…”. 

¿Qué pasó? “Se instalaron fábricas en sitios residenciales, y un ejemplo claro es la aceitera junto al Camino Real, una fábrica que olía, que era contaminante, en una zona de vocación residencial, y eso sucedió en todas partes”.

Así, agrega, “hay una negra historia en Guadalajara de cómo no se ha atendido la separación de la vivienda y la industria, incluso se puede dar testimonio de casos al revés: fábricas peligrosas con productos químicos que estaban aisladas y luego fueron rodeadas por los fraccionamientos; los dueños de la fábrica le advirtieron al gobierno del peligro, y el gobierno no hace nada por evitarlo […] el resultado es el caos actual, pero
hay que tomar en cuenta que para 1964 la ciudad ya había sufrido una transformación muy discutible con la cruz de plazas y la apertura de Juárez y 16 de Septiembre, y luego la de Federalismo, cirugías quizás innecesarias y sin duda dañinas”.

Esto lleva a García Oropeza a reflexionar que esos gobiernos inoperantes “no se ha terminado, porque se piensa el gobierno en el corto plazo, el impuesto o el negocio inmediato, y se han roto todos los reglamentos de la ciudad; solamente cuando la ciudad se defiende, como el caso de Chapalita, se logra mantener el proyecto, a diferencia de Providencia que se llenó de edificios altos y nadie le importó”.

Guadalajara traspone la frontera del millón de habitantes el 8 de junio de 1964. Se va convirtiendo en una urbe de migrantes y pierde sus trazos armónicos y sus espacios comunes bien cuidados.

Lo privado se va imponiendo a lo público. Los hijos de los ricos de la vieja Guadalajara se hacen fraccionadores, y con riesgos mínimos y gobernantes cómplices hacen fortunas cuantiosas bajo la máxima neoliberal –fueron adelantados a sus tiempos- de “socializar las pérdidas y privatizar las ganancias”.

García Oropeza también destaca la pérdida de la tranquilidad. “La ciudad en el 64 era muy habitable, sí tenía sus problemas, pero era la violencia tradicional, antes de la droga […] se podía recorrer la ciudad a cualquier hora con un mínimo de peligro, recuerdo que me regalaban boletos de los conciertos, y me iba al Degollado y muchas veces ya no había camión, y me iba a pie hasta Chapalita y cruzaba no sé cuántos kilómetros y nunca me pasó nada, ni sentí miedo, porque no había esa sensación de perturbación entre quienes habitábamos la ciudad”.

Tampoco dominaba el coche. Había una mayor confianza en los servidores públicos y en particular, el jefe de la policía “resolvía los crímenes” y no se contaba con una penitenciaría atiborrada.

La ciudad tampoco presentaba esas diferencias ofensivas entre ricos y pobres, y la gente de todas las clases sociales podía convivir sin ese  clasismo y racismo de que están llenas las relaciones hoy. La moral ya era regida por el dinero –fue el motor del auge de los narcotraficantes y su exitosa incorporación a las clases dominantes- pero de forma menos acusada y vulgar.

Curas y ultras
García Oropeza admite el gran peso de la jerarquía católica en el devenir de la ciudad de 1964. Traza una interesante comparación entre el cardenal José Garibi Rivera, que murió en 1972, y Juan Sandoval Íñiguez, que llegó al arzobispado en 1993 y lo dejó apenas en 2012.

“Garibi es una personalidad muy interesante porque lleva la región a la calma, en un estado lleno de rencores, de violencia reprimida y de  intolerancia de ambos lados, porque finalmente no hay ni buenos ni malos […] González Gallo fue alumno en el seminario, y sabemos que le hace a Garibi un regalo estrafalario, que es la cruz de plazas, lo que da a la Catedral aire, espacio, perspectiva, y eso es algo que solo se da en México, porque fue a un alto costo patrimonial”. Los panistas, liderados por Efraín González Luna, también se sumaron al acuerdo por el desarrollo. Los jacobinos como José Guadalupe Zuno, también.

Una iglesia muy diferente a la de Sandoval. - La de éste es una iglesia a la defensiva ante el mundo moderno… - Puede ser, los enemigos de la
antigua iglesia son la carne, el demonio y el mundo, y en este caso el mundo que le toca vivir a Sandoval no es el mundo cómodo que le tocó a Garibi, porque una vez arreglado el pleito con el gobierno, Garibi está rodeado de una grey muy dócil, y a Sandoval le toca el cambio...

- El secularismo, ese enemigo que es como un fantasma omnímodo y ubicuo… - Es como un monstruo de mil cabezas, tiene que enfrentarse a los movimientos de liberación gay, al cambio en la sexualidad por la facilidad de los anticonceptivos, a la destrucción de la familia tradicional, al consumismo, a la influencia de los gringos, el divorcio, las drogas; el mundo para la iglesia de Sandoval es un mundo muy agresivo. Juan Sandoval es todo un fenómeno muy interesante, es un guerrero un luchador.

- Y con la coincidencia de tener en el gobierno a un antiguo sinarquista, como Emilio González…

- Claro, un gobierno priista no lo hubiera enfrentado, pero hubiera sido menos favorecido […] es un mundo muy interesante el de Sandoval, con Emilio, Fernando Guzmán; es como el último grito de la cumbancha, del conservadurismo tapatío, y a destiempo, porque no pueden parar la marcha, los signos de los tiempos, y si en la misma Roma hay ya desfiles de la liberación gay… de alguna manera Sandoval es como una figura heroica, yo no simpatizo con su causa, pero él le atoró, fue congruente, de manera muy jalisciense, muy bragada, muy alteña, aunque de
antemano la pelea estaba perdida. 

El no era ese conciliador político como Garibi; era el militante, era el cruzado. García Oropeza dice que también hace falta escribir un libro sobre otro fenómeno muy tapatío: los Tecos.

“El éxito económico de ellos fue espectacular, en agricultura, sector inmobiliario, y educación, creo que uno de los genios jaliscienses fue Leaño […] los Tecos tienen una historia interesante de filiación franquista, ellos mandaban a sus mejores estudiantes a Madrid, y había un antisemitismo, que me consta, era de corte fascista o hitleriano, y luego se dan cuenta que el juego cambia y que hay que estar con los gringos bien, y se hacen progringos; han sido muy hábiles en sus juegos políticos”, explica.

Estos dos factores, Sandoval y los Tecos, ponen en relieve, a juicio de García Oropeza, la ciudad que lucha contra la modernidad y su disolvente pluralidad: “Es el eco de una sociedad en general conservadora, pero que la modernidad la está erosionando, porque estas generaciones actuales no son iguales a las anteriores”, destaca.

En general, los claroscuros de la vieja ciudad se han diluido y sus desafíos cambiaron de nivel. El cronista señala que la sociedad civil debe levantar la voz y volver a apropiarse de una Guadalajara que en el oportunismo de sus elites, las malas administraciones públicas y el poder corruptor del dinero, ha devenido en una creciente pesadilla.