ENTREVISTA | POR ADRIANA REYES

A sus 26 años, es la segunda vez que se va como ilegal a trabajar a Estados Unidos, la primera fue en 2006 y estuvo 4 años; ahora su objetivo es hacerse de un capital para regresar a su lugar de origen y poner un negocio.

Esperó mes y medio para cruzar la línea fronteriza

En Tenancingo iba de un tianguis a otro ayudando a sus papás.
En Tenancingo iba de un tianguis a otro ayudando a sus papás. (Especial)

Toluca

A sus 26 años, es la segunda vez que Ernesto ingresa como ilegal a Estados Unidos. La primera fue en 2006 y estuvo allá cuatro años.

Como muchos de sus paisanos de Tenancingo, allá tenía familiares. Había garantía de un sitio a donde llegar y no deambular ni exponerse.

El 20 de junio del año pasado se marchó nuevamente tras estar en México 24 largos meses, dice.

"Ya no me gustó, gana uno muy poco... está también el asunto de la inseguridad", justifica.

Mientras estuvo en su tierra de origen, iba de un tianguis a otro ayudando a sus papás con el puesto de verduras que han tenido toda la vida. Reunió algo de dinero en ese tiempo y, sin dudarlo, se lanzó otra vez a lo impredecible.

Viajó desde Toluca hasta Sonora por espacio de dos días y medio. Llegó a Agua Prieta en donde, junto con un amigo, permanecieron mes y medio mientras llegaba el momento propicio para cruzar la línea fronteriza.

El amigo se desesperó y se regresó a Toluca. Aguardar tantos días es mucho gasto y su conocido no pudo con eso, el dinero se le iba a acabando.

“Es increíble cómo en el día hacía tanto calor y en las noches el frío era tremendo. El descenso era impresionante”

Al igual que muchos otros mexiquenses, antes de viajar buscó a su contacto que le ayudaría a estar del otro lado. Por largos 45 días estuvo en una habitación de hotel, aguardando. Su destino: Columbus, Ohio.

De su bolsa pagó 2 mil 500 dólares al pollero. La mitad en México y el resto cuando estuviera en suelo estadounidense, fue el acuerdo.

"Éramos 10 personas las que queríamos pasar. Había mujeres y niños. Llegó el día y cruzamos hacia Arizona. Entramos por un sitio que se llama Douglas".

Siete días

La travesía duró siete días caminando en el desierto. Se movían por las noches. En el día se escondían entre montones de piedras, manchones de arbustos o pequeñas montañas, soportando altas temperaturas aunque al caer la tarde, el descenso era impresionante.

"Es increíble cómo en el día hacía tanto calor y en las noches el frío era tremendo", dice en una plática telefónica, sin esconder cierta emoción en la voz. Su equipaje consistía en una doble muda de ropa. La recomendación era llevar la mayor cantidad de agua posible, pero que no le estorbara cuando había que moverse rápido.

A su maleta echó galletas y pistaches "para entretener el hambre".

- ¿Te alcanzó el agua para esos días y noches?

- No, pero aunque es desierto sí hay agua. Hay animales que toman de ahí. Está sucia, claro, pero de ahí tomábamos cuando ya no quedaba de la que llevábamos.

El grupo, narra, caminó días por toda la orilla del desierto hasta llegar a una carretera federal.

"Nos topamos con una patrulla fronteriza, pero cuando pasa eso sabes lo que hay que hacer: agacharse, no moverse hasta que se vayan".

En el sitio les esperaban ya dos automóviles. Los enlaces habían quitado los asientos traseros y ahí los metieron a todos, apretujados, encimados. Cinco en uno, cinco en otro.

Perdieron la noción del tiempo durante ese viaje hasta que llegaron a una casa rentada en Phoenix donde se bañaron y les dieron de comer. En el sitio permaneció otros dos días. Casi todos iban en direcciones distintas: tres tenían como destino Pensilvania, otros iban a Columbus, que era la meta de Ernesto, donde le aguardaban dos de sus hermanos.

“De su familia en Tenancingo toma los consejos reiterados: No agarres un mal vicio, le dice su mamá constantemente”

Por espacio de 32 horas viajó en una camioneta de cabina y media. "Me dejaron lo más cerca que se pudo. Mis hermanos me fueron a recoger. Era medianoche de un viernes, un 10 de agosto".

A buscarle

"Al otro día, sábado, empecé a buscar trabajo. Fui a mi antiguo empleo, un restaurante, donde me contrataron luego luego".

Ernesto sigue laborando en el mismo sitio y encontró otro trabajo...en otro negocio de comida. Hace diversas tareas, desde cocinar, preparar alimentos o lavar platos, porque "hay que entrarle a lo que le piden". Es pesado, admite, pero hay que hacerlo. Descansa un día a la semana. Vive con sus hermanos y un amigo.

De la policía migratoria ni se preocupa. Lo estaría si siguiera en la frontera entre México y Estados Unidos, ahí sí es problema. Hace una vida normal. Trabaja, sale, se divierte como joven que es.

De su familia en Tenancingo, con la que mantiene contacto, toma los consejos reiterados: "no agarres un mal vicio", es algo que su mamá le dice constantemente.

- ¿Vale la pena todo lo que pasaste?

- Sí, aunque esté uno distanciado de la familia. Pero aquí están dos de mis hermanos y bueno... nos hacemos compañía.

- ¿Regresarás a México?

- Sí. Mucha gente no piensa en hacerlo. Yo sí, pero primero quiero hacer un capital para poner un negocio allá. Todo depende de qué tan rápido pueda juntar el dinero. Tal vez dos años. No sé.

Curiosamente recomienda a los de su edad que se queden a estudiar en México, que trabajen aquí, porque sí hay oportunidades, aunque el problema es la poca paga, el ingreso no se compara con lo que se obtiene en Estados Unidos.

Admite que mientras estuvo en Tenancingo el dinero no le rendía porque era muy gastalón, cosa que hoy cuida o evita.

- Estás muy chavo para haber vivido todo eso.

Ríe a través del teléfono. Solo ríe.