Celebraciones de diciembre frenan casos de divorcios

Aunque había determinado separarse, Sofía se acogió a los exhortos de paz y amor navideños, a pesar de estar consciente de que ambos sentimientos se habían agotado años atrás.
En los dos primeros meses del año aumentan los casos de divorcio.
En los dos primeros meses del año aumentan los casos de divorcio. (Milenio Digital)

Torreón, Coahuila

Ella decidió divorciarse después de llegar a pensar que había asesinado a su esposo. De las discusiones e insultos comunes que terminaban en golpizas compartidas, ella se anticipó una mañana y encolerizada, le lanzó un pesado plato de cerámica que literalmente lo dejó noqueado en el suelo de la cocina, con un hilillo de sangre corriéndole en el rostro.

Aunque en diciembre había determinado separarse, Sofía se acogió a los exhortos de paz y amor navideños, a pesar de estar consciente de que ambos sentimientos se habían agotado años atrás. Además asegura, deliberó esperar como siempre, por sus hijos.

“Entré en depresión. Él siempre me decía que le daba vergüenza porque parecía pordiosera aunque la verdad no me alcanzara el tiempo para arreglarme. Me dejé engordar. Lo odiaba. Y empezaron los gritos y los golpes. Lloraba mucho”.

“Pensé que lo había matado. Del miedo ni siquiera me acuerdo por qué peleábamos esa vez. Me encabronó y estallé, y como siempre terminaba pegándome y yo también me defendía, pues antes de que me pegara yo lo hice.

“Cuando vi que estaba tirado sin sentido y que le vi la sangre, salí de la casa corriendo. Qué bueno que no estaban mis hijos, pensé que me mandarían a la cárcel y se quedarían solos. Pero regresé a la casa y qué, más que vivo, estaba emputado y me metió una verdadera chinga”.

La historia enrarecida por el tiempo, en nada le recuerda a Sofía el inicio de la relación sentimental. Ella hace un pausa cargada de silencio y sonríe cuando se le pregunta por el noviazgo. Se enamoró de él en el hospital donde trabajaban.

De él la conquistó su coquetería y su actitud alegre. Entonces eran buenos amigos y se apoyaban. Las flores que le dejaba en el escritorio también hicieron lo suyo, como el que de igual forma siempre le dijera palabras que a ella la alentaban y le daban confianza. Ella se enamoró escuchándolo decirle que la amaba y que era hermosa. Asegura que siempre la hizo sentir bonita.

Al poco tiempo de casarse, el domicilio compartido fue escenario de otras conductas. Ya no se le permitía usar faldas cortas a pesar de que él siempre le chuleó las piernas. Casados comenzó a destacarle los defectos y le decía que con tal o cual ropa se veía fea o hasta ridícula.

El lenguaje se hizo más rudo cuando nació el primero de sus tres hijos. El cuerpo se le veía guango, como de “elefanta arrugada”, y le decía con ironía que “en menos de un año había acabado con ella” porque se veía “vieja”. Sin embargo él manifestaba celos enfermizos sobre quien la mirara en la calle.

“Me dejó sola poco a poco y es mi culpa porque yo lo permití. Al principio fueron mis amigos. Todos se fueron alejando porque les hacía malas caras y entonces yo dejé de llevarlos a mi casa. También dejé de ir a la casa de mi mamá porque mi familia le parecía poca cosa. Me insistió y yo acepté dejar el trabajo, por eso te digo que me quedé sola por estar con él”.

Con la llegada de otros dos hijos los problemas tomaron un nuevo cariz y aparte de los insultos hablados al oído, como un secreto malsano y de las groserías proferidas a gritos cuando él se emborrachaba, fue así que Sofía enteró que la engañaba, comenzaron los jaloneos literal y metafóricamente por el dinero.

Sofía sufría una dependencia económica absoluta y en malabares priorizaba siempre a los niños, la casa y luego su marido. A los niños jamás les faltó ropa y comida apropiada así como el pago de su colegio. La casa debía lucir impecable. Y su marido había de tener la ropa limpia y planchada.

“Entré en depresión. Él siempre me decía que le daba vergüenza porque parecía pordiosera aunque la verdad no me alcanzara el tiempo para arreglarme. Me dejé engordar. Lo odiaba. Y empezaron los gritos y los golpes. Lloraba mucho”, confiesa con el rostro endurecido.

Después de diez años y tres hijos ella pensó en dejarlo a pesar de que la asaltaba el temor por el dinero, porque dice, primero intentó resistir por sus hijos pero un día el mayorcito le preguntó: -¿Por qué no dejas a mi papá?

“Cuando vi que estaba tirado sin sentido y que le vi la sangre, salí de la casa corriendo. Qué bueno que no estaban mis hijos, pensé que me mandarían a la cárcel y se quedarían solos. Pero regresé a la casa y qué, más que vivo, estaba emputado y me metió una verdadera chinga”.

“Sabe Dios que quise aguantarme. Me daba miedo que mis hijos no tuvieran a su papá pero era un infierno. Cuando empezó a pegarme yo al principio lo justificaba y como yo ya no trabajaba pues me sentía hasta culpable. Luego comencé a defenderme o a maldefenderme pegándole también. Y terminé aborreciéndolo”.

Sofía se separó tras romperle el plato en la cabeza a su marido a finales de diciembre de 2012. Y en enero de 2013 inició un proceso de divorcio. A la fecha continúa en terapia psicológica y aunque explica que batalló, consiguió un trabajo. Asegura que el regresar al mundo laboral fue un gran paso para recuperar la autoestima.

“Todas las cosas que pensaba no tenían sentido. Mis hijos viven más tranquilos aunque estén solos o nada más conmigo. El dinero siempre falta pero como no soy rica y no tengo, entonces me digo que para qué fregados me apuro. Me siento bien y hasta he bajado de peso”.