“Dicen que hace tanto calor como en el mismo infierno”

“Se escuchan gritos de dolor y quieren alcanzarme, esas sombras quieren alcanzarme…”
El sacerdote le mostró un crucifijo y le dijo que era imposible y absurdo retar a la muerte.
El sacerdote le mostró un crucifijo y le dijo que era imposible y absurdo retar a la muerte. (Especial)

Pachuca

En 1770, Pedro Ramírez de Trabueso y Dávila, un hacendado pariente de la esposa de Pedro Romero de Terreros, agonizaba en la casa que ocupaba en la calle principal del Real y Minas de Pachuca. Muy pocos sabían que Pedro tenía una especie de don para anticiparse a los hechos. Por ejemplo, decían que supo con exactitud el día que su madre moriría, que predijo la muerte de sus tíos e incluso que había advertido al mismo Romero de Terreros sobre cierta manifestación en Real del Monte que, de no haber atendido, le habría costado la vida.

Junto al lecho del enfermo, angustiados, su esposa e hijos y, con ellos, un doctor, uno de los pocos que conocían sus extrañas cualidades.

El hombre se despidió de cada uno de sus seres queridos y les ordenó salir de la habitación. Llorosos, entristecidos y acongojados, obedecieron.

Una vez cerrada la puerta, se dirigió al médico.

- Quiero hacer un experimento y que usted me ayude…

- De qué se trata, replicó el galeno.

- Quiero descubrir si hay vida después de la muerte…

Su lento hablar fue interrumpido por el cura Nicolás, quien exigía a gritos se le permitiera el paso a la habitación para administrar los santos óleos al hombre postrado en la cama.

- Abra, doctor. Él también puede ayudar a alcanzar el propósito.

El sacerdote ingresó al cuarto sin ocultar su enojo. En respuesta recibió un ademán del doctor para que escuchara lo que Pedro tenía que decir. No creyó que fuera en serio. “Por favor, señor cura, como última voluntad quiero que usted y el doctor me ayuden a bien morir. Usaremos un magnetismo entre los tres para que sirva de comunicación y por medio de la ciencia del doctor y sus rezos, mantendrán mi alma atada a mi cuerpo; quiero decir que si muero, seguiré presente ante ustedes y les daré testimonio de lo que hay en el más allá”.

Enojado, el sacerdote le mostró un crucifijo y le dijo que era imposible y absurdo retar a la muerte, al poder de Dios: “no estoy de acuerdo en ser cómplice de tus herejías”, le espetó.

Pedro ignoró al prelado y pidió al doctor que hiciera su parte. Este prendió una vela e inició con una especie de ritual para “hipnotizarle” y, luego de algunos minutos, el hombre murió. El silencio inundó la habitación por lo que el sacerdote escuchó claramente cuando el médico tomó la mano del cadáver y susurro a su oído “responda lo que le voy a preguntar”.

El cuerpo se movió ligeramente, pero cuando le preguntó qué veía y cómo era el lugar, hubo un grito que parecía venir de la garganta del cadáver, pero que en realidad había salido del mismo infierno.

El cuerpo de Pedro temblaba, sus labios se entreabrieron y las palabras surgieron sin que se moviesen: hace mucho frío, hay una neblina muy espesa y se ve una luz a lo lejos. Se escuchan gritos de dolor y quieren alcanzarme, esas sombras quieren alcanzarme…

Las manos del cuerpo se aferraron a las del vivo y las presionaban con una fuerza sobrehumana. El doctor no sabía qué hacer, cómo reaccionar, era evidente que el alma de Pedro se perdería para siempre si no hacía algo.

Como pudo, le ordenó regresar, pero el cuerpo no respondía y se convulsionaba. Más gritos, palabras impronunciables y frases desesperadas.

Me llevan, las sombras me llevan. No me dejen, no me dejen. Hay una gran cueva, es enorme, no le veo fin. Aquí está muy caliente y hay gente sufriendo, las sombras las atormentan y, Dios mío, hay seres horribles con pezuñas, cola, cuernos y echan fuego por sus ojos. Vienen hacia mí, sáquenme,  sáquenme…

- Don Pedro, cuando se lo ordene, su espíritu regresará a su cuerpo y después se irá a donde corresponda. Luego tronó los dedos y gritó “¡Ahora!”.

Todo regresó a la calma. Don Pedro se quedó quieto, pero su rostro tenía una expresión de horror y en la habitación un terrible olor a azufre emanaba mientras se formaba una especie de bruma que abrazaba a médico y sacerdote.

Algo surgió riendo. El médico se desmayó ante la visión del príncipe de las tinieblas mientras el sacerdote, de rodillas y crucifijo en mano, pretendía ordenar al ángel caído que regresase a sus dominios.

-¡Estúpidos! Ustedes me trajeron…

La casa empezó a quemarse. Todos murieron.

En la actualidad, dicen que el viento sopla muy fuerte, que han visto al diablo y que, de vez en vez, hace tanto calor como en el mismo infierno...