Una amistad hasta la tumba

De oficio maestro albañil y con una frialdad en los huesos que no lo deja caminar, Guillermo Isaís recuerda a su amigo Martín, quien murió tras soportar años de explotación laboral.

Francisco I. Madero, Coahuila

De oficio maestro albañil y con una frialdad en los huesos que no lo deja caminar, Guillermo Isaís recuerda a su amigo Martín, quien murió tras soportar años de explotación laboral.

Sentado debajo de un pinabete en el panteón San Pedro, mientras arregla su bicicleta sentencia con una voz sin variación:

"Mi amigo Martín se murió endeudado con sus patrones. No tenía seguro porque no se lo dieron nunca y murió endrogado con ellos. Sería el colmo que le hubieran cobrado a sus hijos".

"Para mí fue uno de los mejores amigos que tuve y con el que más me hallaba y pos sentí yo muy hondo su fallecimiento".

Con las manos y el rostro curtidos por el trabajo, a Guillermo lo invade la tristeza. Dice que tiene coraje porque su amigo sufrió una agonía producto de jornadas extenuantes de trabajo.

Explotado, laboraba jornadas de hasta doce horas diarias en una constructora local donde se le pedía concluir detalles de las casas que generalmente compran parejas con hijos pequeños, nuevas familias.

La historia de Guillermo Isaís es parecida a la de su amigo. Solo y enfermo, pese a tener un oficio nadie lo contrata. Y en su vejez continúa la lucha por la sobrevivencia recogiendo de la basura materiales reciclables.

"Por motivo de la humedad tengo frialdad en los huesos y ya una empresa digamos que no me ocupa, como yo me retiré del pueblo muchos años, me fui a Ciudad Juárez, pues ahora la gente que hay es nueva para mí, como yo soy nuevo para ellos. Nadie sabe a qué me dedico".

Don Guillermo emprende la lucha a diario. Y dice que por más que se haga propaganda sobre su oficio recibe sólo esperanzas ocasionales cuando alguna persona le da trabajo.

"Vivo solo y ahorita desgraciadamente tengo que ponerme a recolectar lo que hallo tirado, todo aquello que se compra, que se reutiliza, pero como le digo, trabajar, trabajar, sí puedo, nomás contando con la ayuda de alguien que me arrime las cosas.

"Yo vivo donde estaba antiguamente la zona de tolerancia, en los años buenos de aquí del pueblo, ahí cuido una propiedad de un hermano mío y tengo que salirme así todos los días. Vine al panteón a visitar a un amigo muy amigo que murió hace poco tiempo".

"Mi amigo Martín se murió endeudado con sus patrones. No tenía seguro porque no se lo dieron nunca y murió endrogado con ellos. Sería el colmo que le hubieran cobrado a sus hijos".

Aunque era más joven que el maestro albañil, Martín murió con una infección en la sangre y con el corazón enfermo. Guillermo piensa que lo mataron sus patrones.

"Para mí fue uno de los mejores amigos que tuve y con el que más me hallaba y pos sentí yo muy hondo su fallecimiento. Me sorprendió a mí a pesar de que él me comentaba de su enfermedad, no le creía yo que fuera la cosa así hasta que me encontré a un hombre, cuando él falleció y me lo comentó", recuerda afligido.

"Por ese motivo estoy aquí. Vine a visitar la tumba de él y a otra mujer mucho muy amiga mía que también falleció nomás que se me ponchó el carro (la bici) y tengo que arreglarlo, lo bueno es que traigo todo el kit sino triste mi calavera porque enfermo de mis pies y luego tener que caminar hasta el pueblo, que no está lejos pero para mí, en mi situación, sí".

La realidad con su violencia se ensaña algunas veces con los hombres, reflexiona don Guillermo. Y como paradoja dice que para morir hay que resistir la vida, como viene.

"Con todo y pesar tiene uno que sustraerse de eso y pos a seguir la vida a como venga, pero le digo, aquí estoy por eso y pues a ver qué sucede. Qué bueno que ustedes pueden poner el dedo en la llaga que por motivos del trabajo de él, de cómo los trabaja esta gente así, sin seguro ni nada, él se murió".