Despiden a Héctor Alejandro, lanzan globos blancos al cielo

“Cómo le hago mamá, dime cómo le hago mamá para aguantar este dolor, chiquito”, exclamó Rebeca Rojas, madre del menor.
Rebeca Rojas, madre del menor
Rebeca Rojas, madre del menor (Víctor Hugo Gonzalez)

Ciudad Victoria

A fondo del velatorio, una mujer de baja estatura camina lentamente, otras la abrazan; es Rebeca Ramírez Rojas, madre de Héctor Alejandro Méndez Ramírez, quien perdiera la vida en manos de sus compañeros de escuela.

"No te quiero dejar mijo", grita. Las lágrimas en sus ojos y el rostro desencajado son solo parte de ese indescriptible sufrimiento que la mujer refleja. Un tránsito que para el tráfico en el bulevar José López Portillo, donde se ubica el edificio funerario, voltea y agacha la cabeza.

Son las 2 de la tarde, las decenas de arreglos florales que le acompañan en el velatorio, a Héctor, son sacados y trepados a camionetas. Tres microbuses y, una eterna fila de automóviles se preparan para avanzar, una vez que la carroza que lleva al joven a su última morada, se coloque al frente de la hilera de vehículos.

El paso de la marcha fúnebre que circula por la calle Juan B. Tijerina, detiene a cuanto circula por el lugar. La cantidad de automóviles que le acompañan es mayor a dos cuadras.

El avance es lento, como no querer llegar jamás a ese lugar donde terminará su hijo, el parque funeral Jardines del Reencuentro.

En el lugar, a orilla de ciudad, una copiosa multitud ya espera. A lo lejos un globo blanco escapa de la mano de un niño, su padre porta un racimo de éstos, para soltarlos cuando Héctor llegue.

El llorar de las sirenas de tránsito advierten de la llegada, ha trascurrido una hora de ese largo transitar. Ancianos, niños, adultos se salen para esperarlo, inevitable el llanto en algunos, mas la cara triste está en todos.

La carroza ingresa al lugar, bajan un ataúd en color café, el llanto entre los familiares y compañeros de escuela se hace más fuerte. Nuevamente un avance lento los conduce hasta una pequeña carpa al fondo del lugar, donde el sepulcro se llevará a cabo.

"Mijito, mijito", exclama la madre llorando, "cómo le hago mama, dime cómo le hago mama para aguantar este dolor, chiquito", le grita al cuerpo inerte de su hijo que yace ya en el ataúd, mientras que su esposo y familiares la abrazan.

Entre el llanto una voz sobresale, una palabras de aliento se escuchan, es Nazario Vázquez, pastor evangélico quien mediante la palabra de Dios busca dar regocijo a la familia en su desgracia.

"Dios tiene marcados los tiempos y, dios tiene sus planes y sus propósitos, como hablábamos del día de anoche. Cuando uno repasa su vida, yo creo nos puede pasar a cualquiera de nosotros, revisar hacia atrás, cualquier edad que tengas, 12, 15, 50 años, te va a parecer como que no ha sido nada".

Las palabras del religioso llegan a su fin, son casi las 4 de la tarde, los gritos de dolor se hacen más fuertes, la madre desconsolada llora a su hijo, sabe que es momento de despedirse, decirle adiós un niño que lamentablemente vio su vida e ilusiones truncadas