[Crónica] Un plantón en Plaza Juárez... para cascarear

La fatiga ya no les permite seguir con el ímpetu de los primeros días pero ahí siguen los de Antorcha Campesina.
La carpa de la manifestación, la zona centro de la capital.
La carpa de la manifestación, la zona centro de la capital. (Archivo)

Pachuca

Treinta y dos días de protesta dice la carpa en la que se aloja cerca de un centenar de antorchistas frente a gobierno del estado.

El sol pega a plomo y a ratos se esconde entre las nubes. Una mujer mete el rostro a una cacerola de agua, con las manos se salpica la frente y las mejillas, luego se limpia con un trapo gris. A su lado, tres tambos de agua donde se lava la ropa durante las horas de plantón, "porque el gobierno de Hidalgo miente y no cumple", dice una lona que cubre todo el campamento campesino.

Ahí cerca, una bocina aturde los tímpanos con sus ritmos cumbieros, al son del grupo Bronco y su música de baile, pero nadie mueve los pies, todos se tienden bajo la sombra en un pedazo de pasto o de concreto, la fatiga ya nos les permite seguir con el ímpetu de los primeros días, cuando salían con sus banderas rojas a recorrer las calles y gritar consignas contra el gobernador.

Otro grupo se asienta en las puertas de gobierno a matar las horas, mientras la música suena, canción tras canción, con el mismo repertorio musical del último mes.

En la parte izquierda de la plaza, por donde un bolero le unta grasa a un par de botines y retiene en la garganta el humo de un cigarrillo, dos equipos persiguen un balón que rueda sobre una cancha pintada con gis blanco.

Menores todos, de tez oscura o morena clara, con los botines de soccer desgastados por golpear el esférico, recorren el campo de juego haciendo amagues, driblings y gambetas sobre el concreto. Hora tras hora.

Pero las piernas ya están cansadas de cascarear bajo el sol y, a medio gas, pocos se animan a conducir hasta el área y optan por tirar de media distancia, alguno que otro aún tiene fuerzas para intentar una "bicicleta" o un "caño".

Al otro lado de ahí, un par de mujeres le sopla a la lumbre, para que agarre con fuerza y de más calor al comal donde se fríe un poco de carne, al menos eso parece a la distancia, mientras otras doblan unas prendas que días atrás lavaron ahí mismo, en la Plaza Juárez, frente al monumento al Benemérito de las Américas, convertida en campo llanero, cocina al aire libre y lavadero a mano.

Una humareda sale detrás de la carpa, son los braceros que ya sazonan los guisos de la tarde. El sonido de las cebolla y el chile verde quemarse, la carne cocerse y freírse sólo se percibe cuando se está muy cerca, pues lo que más resuena es la música de la bocina negra puesta a la entrada de la carpa.

Otros manifestantes descansan la fatiga sentados sillas de plástico con la marca de cerveza en el respaldo, apenas estiran poco los pies y parecen inmóviles con el pasar de las horas.

Afuera hay una lona que exige introducción de drenaje en comunidades indígenas y otra más la conclusión de obras básicas.

Con los rostros enrojecidos, los pamboleros cuelgan los botines: abandonan el terreno de juego. Caminan desganados, cansados de nuevo a los campamentos.

Mañana serán 33 días y ya volverán a batirse en el duelo vespertino sobre el campo pintado con gis blanco.