CRÓNICA | POR ANAHY MEZA

Crece adoración a la virgen en la Central de Abastos

Comerciantes de Tampico y Madero se unieron a los de Altamira para venerar a quien adoptaron como su patrona

Se habilitó un altar para que se oficiara una misa.
Se habilitó un altar para que se oficiara una misa. (Moisés Alonso Cordoba)

Altamira

Los cohetones anunciaron la llegada de la virgen, morena como el barro, de cabello muy negro y de vestido de blanco y oro, la llevaban dos jóvenes que venían en caravana con camionetas provenientes de Tampico.

La celebración a la Virgen de Juquila cada año crece más, y es que los 105 comerciantes de la Central de Abastos decidieron hacerla su santa patrona desde hace 12 años, sin embargo otros oferentes de Tampico, Madero y Altamira ha decidido sumarse a la fiesta.

En la entrada de la Central de Abastos se instalan todos los fieles, hay reunidas unas 100 personas, todas con diferentes imágenes de la virgen, y esperan la bendición del sacerdote para comenzar la procesión.

Comienzan los cantos y las oraciones, mientras el grupo avanza, la familia Durán Hernández es la anfitriona en su bodega, donde se ha improvisado un altar que fue adornado con muchas flores de colores como margaritas, tulipanes, patas de gallo, y también frutas y verduras.Hace 12 años la familia Durán Hernández viajó a Oaxaca, allá los agricultores ofrecen a la Virgen de Juquila sus semillas en cada cosecha, para ayudarlos a sacar una buena siembra, y tras decenas de testimonios de productores que avalaban los favores concedidos los locatarios decidieron traerla a Altamira.

La celebración comenzó los primeros años con la pura familia y los trabajadores de la bodega, pero conforme fueron avanzando los años más comerciantes se sumaron a la fiesta, y al igual que los productores de Oaxaca cada 8 de diciembre, fecha en la que celebra la Inmaculada Concepción, ellos también le ofrendan las mejores frutas y verduras de su inventario.

Tras la misa, varios grupos de danzantes comienzan a bailar. Sus trajes son de terciopelo rojos con dorado y las conchas en sus piernas suenan a la par. La gente en la nave dos en la bodega cuatro casi no cabe, algunos han preferido esperar en los pasillos, mientras se forma una fila de los que quieren tocar a la virgen, a quien pretenden agradecer llevándole una rosa.

La historia cuenta que corría el año de 1633 cuando llegó el invierno, los indios pusieron fuego a la hierba seca del monte, como es costumbre entre ellos, para lograr en la primavera pasto verde para los ganados; esta vez, el fuego cundió rápidamente y ayudado del viento, muy en breve hizo presa de los jacales de Amialtepec, los habitantes huyeron y desde un crestón cercano de su montaña vieron sus casas devoradas por las llamas, y el templo mismo en donde estaba la imagen de la virgen, por el voraz incendio, templos y casas desaparecieron.

Pasado el peligro y repuestos los indios del susto, al volver sobre el ennegrecido suelo para recoger lo que de sus cosas hubiese perdonado el fuego, vieron con sorpresa que era en efecto un montón de cenizas, pero que sobre esta quedaba entera, con sus vestidos intactos y aunque ligeramente ahumada, la imagen de María.