Corales, lucha contrarreloj por una salvación apremiante

La investigación científica busca respuestas, pero la sociedad no ha dado “un respiro” que permita a las barreras coralinas una adaptación, lo que genera una sinergia destructiva.

Quintana Roo

Antes del turismo, fue la extracción de la resina del árbol llamado chico zapote ( Manilkara zapota ), el chicle, el motor económico de un territorio donde el ser humano era minoría. Alejandro Montoya, presidente del ejido de Puerto Morelos, antigua aldea nutrida con migrantes chicleros de raíces veracruzanas, recuerda que esta tierra hostil y tórrida, con pasado de rebeliones mayas, fondeaderos de piratas, tráfico de maderas, de tintes y de armas, fue colonizada con el sudor de miles de mexicanos expulsados de sus regiones por la pobreza. Llegaron en busca de un futuro. Hoy viven la amenaza de ser de nuevo desplazados.

“El ejido se creó en 1936, eran 24,800 hectáreas de dotación firmadas por el presidente Lázaro Cárdenas, con 56 ejidatarios; esta zona ni siquiera era estado; los chicleros llegaron en 1912, y mucha gente se quedó aquí, les tocaban como 400 hectáreas para trabajar el chicle, se fueron incrementando los ejidatarios, y ahorita llegamos ya a 164 […] hay mucha zona de bosque, pero no puede sembrarse nada porque es muy pedregoso, así que se conserva más bien para el turismo, porque lo de los servicios ambientales, sólo nos ha dado promesas el gobierno de que habrá algún pago…”.

El estado de Quintana Roo contaba con poco más de 30 mil habitantes en 1970, y llegó a un millón 130 mil en 2010. De unas cinco mil viviendas concentradas sobre todo hacia el sur, en la capital Chetumal, hoy hay más de 250 mil viviendas, 70 por ciento en el norte;  ahora, los viejos colonizadores de un modelo económico rural son desplazados por los inversionistas de la industria sin chimeneas, que crearon el primer “centro integralmente planeado” de la historia mexicana en Cancún, con una enorme inversión federal.  Lo mismo que la antigua forma de vida humana, precaria y aislada, los ecosistemas tropicales han sido fuertemente alterados por este modelo de desarrollo que demostró con los años que lo “integral” sólo era un nombre: Las selvas se degradaron, se fragmentaron  y deforestaron; la  gran mancha de manglares se redujo en más de 20 por ciento. Y abajo, en el fondo marino, los corales también fueron retrocediendo, hasta desaparecer de algunos sitios, como Cancún e Isla Mujeres, donde esfuerzos de recuperación inducida son aún precarios.

 Jaime González, director del parque nacional Costa Occidental de Isla Mujeres, Punta Cancún y Punta Nizuc, destaca el “estira y afloja” constante con los empresarios de la región, quienes pese a invertir millones de dólares en su infraestructura, y cobrar mucho más en los servicios turísticos que prestan, no terminan de entender que cuidar corales es cuidar servicios ambientales  esenciales para mantener su inversión, además de mantener un poderoso atractivo para el turista que arriba al área. El parque recibe hasta 1.2 millones de turistas al año. Toda la llamada Riviera Maya acoge por arriba de tres millones; pero solamente en el primer caso, se ha estimado que la economía que detona va de 35 a 40 millones de dólares.

La crítica amenaza de desaparición que enfrentan los corales tanto por factores locales (sobre todo, contaminación por azolves y contaminación orgánica) como por el fenómeno de cambio climático, ha llevado a los científicos a buscar en la biotecnología lo que quizás la mitigación y adaptación no puedan lograr.

Una, que ya es ensayada en ese parque nacional, pero tiene fuertes cuestionamientos, es la “clonación” de corales. Claudia Padilla Souza, del Centro Regional de Investigación Pesquera de Puerto Morelos, dependiente del Instituto Nacional de Pesca (Inapesca), exhibe los logros alcanzados con animales perdidos en un reciente encallamiento en la zona: se recuperaron partes y se generaron individuos idénticos que han prosperado para repoblar amplios manchones perdidos de los arrecifes frente a Cancún.

El problema es que esto es una respuesta insuficiente, señala Anastazia Banaszak, directora de la unidad académica de sistemas arrecifales de la UNAM. “Falta investigar más, falta dinero para hacer los estudios adecuados; por eso me preocupa el uso de la clonación como parte de la restauración activa, lo tenemos que balancear con el uso de reclutas sexuales para asegurar la diversidad genética, en particular, con las especies de coral amenazadas, porque de la diversidad genética depende la variedad de respuestas de adaptación, y eso no te lo da un clon”, sostiene.

En el proyecto de reclutas, los resultados serán graduales. “Estamos en el momento en que vamos a sembrar estos reclutas sexuales en dos arrecifes diferentes, que fueron afectados por encallamientos, y yo espero que en cinco años hayamos producido ya una técnica de bajo costo, con una producción masiva de estos reclutas sexuales”.

La investigación es muy costosa y no se tiene una correspondencia con los recursos económicos que la sociedad aporta a través de sus instituciones, dado que son proyectos de alta tecnología y de largo plazo. Advierte además que no se puede caer en la ilusión de que la tecnología resolverá un problema creado por un modelo de crecimiento que si no es reformado y ajustado a las capacidades de carga de los ecosistemas, mantendrá la degradación ambiental, que entre otras cosas, mata corales en todo el planeta.

“Ahorita sólo trabajamos con tres especies; una es la Acropora palmata , que está protegida en la norma oficial mexicana 059; también trabajamos la Orbicella faveolata , que también es constructora de arrecifes, y la Diploria labyrinthiformis , que es una especie de coral cerebro, trabajamos con estas especies, y no trabajamos por ejemplo con la Acropora cervicornis , porque ahí necesitaríamos de un mayor esfuerzo”, reconoce la investigadora. De hecho, la variedad de especies del Caribe se acerca a 60. Es un esfuerzo en pañales.

Pero los empresarios y los gobiernos ni siquiera aportar para el pago de servicios ambientales, destaca. “Es una incongruencia; la razón por la que ponen sus hoteles ahí es por playa, con la arena blanca que crea el arrecife, y no digamos que esas playas permanecen porque los arrecifes reciben el primer impacto de huracanes y condicionan los procesos erosivos […] ahí estamos fallando como científicos, en la necesidad de tener un proyecto de comunicación con la gente”.

No piensa de otro modo Juan Pablo Carricart Ganivet, presidente de la Sociedad Mexicana de Arrecifes e investigador del mismo instituto. “Yo me dedico a ver el crecimiento de los corales; establecí un modelo para una de las especies, un modelo de crecimiento, y vimos en Veracruz que el comportamiento ante el cambio climático llevaba a que la tasa de crecimiento bajara en 20 por ciento, pero en realidad el descenso fue de 35 por ciento, y cuál es la explicación, este efecto sinérgico, por la mala calidad del agua y no sólo la temperatura o acidez […]deberíamos de cambiar todo nuestro estilo de vida para darle un respiro al coral. Hay mucha planta de tratamiento de aguas negras en Quintana Roo, pero la mayoría son de tratamiento primario, que solo le quitan llantas y bicicletas al agua, y ya luego la desechan o la inyectan, no hay un tratamiento como debería de ser, y además debería de estar bien vigilado; si resolviéramos los problemas inherentes al mal manejo de las costas, estoy seguro que los corales tendrían un respiro para enfrentar el otro desafío, que es el calentamiento global, pero los atacamos por todos lados…”.

Los ejidatarios, que no han cumplido un siglo de presencia en este rincón mexicano, creen que el futuro de la zona lo tienen los emporios turísticos y no ellos. “No tenemos tierra para el cultivo, es una selva que tampoco te permite la forestería; la opción es el ecoturismo con tirolesas, la observación de pájaros, cabañas, pero todo esto implica hacer solicitudes de cambio de uso de suelo y manifestaciones de impacto ambiental muy caras, cualquier despacho te cobra de 80 mil a 100 mil pesos, y todo va encareciendo el proyecto, y luego hay que atraer turistas”, señala el presidente ejidal. Otras opciones son complicadas: unidades de manejo ambiental para cacería, conservación de espacios patrimoniales de los antiguos mayas –miles de yacimientos yacen enterrados- “…sí tenemos tierra apta, pero el dueño ya no puede trabajarla porque está grande, y se esperan para comprársela, el que la compra luego luego va a querer fraccionar”, señala con gesto de fatalidad. Pronto arribarán al núcleo ejidal los compradores. “Van a llegar, y va a pasar lo mismo que en Cancún, que en Playa del Carmen, que en Tulum, eso es inevitable”. Es el triunfo de esa entelequia llamada “progreso”. Igual que los campesinos, en la parte baja de la cuenca marina, a donde llegan todos los desechos de ese dios de teología abstracta pero de manifestaciones concretas, los corales parecen también tener  su tiempo contado.

12 ENTREGAS

MILENIO JALISCO ha entregado doce estampas de una crisis mundial apremiante, que tiene en México uno de sus escenarios principales: la desaparición de los corales. La situación de dos rincones privilegiados del país, Cabo Pulmo al norte en el mar de Cortés, llamado por Jacques Costeau “El acuario del mundo”, y de Puerto Morelos, un remanso sureño que resiste el avance desarrollista de la Riviera Maya, permiten relatar mejor los aspectos más urgentes de este cambio que podrían condenar a una comunidad biológica que alberga la más alta riqueza en especies del planeta, además de servicios al hombre que nunca fueron más urgentes de preservar. Agradecemos especialmente al investigador de la UdeG (Centro Universitario de la Costa), Pedro Medina Rosas, por su generosa invitación a sumar a este diario a un proyecto de difusión que se aferra a la esperanza de que despertar conciencias sea todavía la respuesta más importante.