Conservar y prosperar, una ecuación para el Cabo Pulmo

Sus habitantes originales viven entre la modestia y la extrema pobreza, pero se convencieron que su futuro sería más sombrío si no protegían su arrecife de corales. 

Guadalajara

Los moradores de Cabo Pulmo ya conservaban su arrecife, asociados con los científicos de la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), cuando se emitió el decreto de área natural protegida en modalidad de parque marino por el gobierno de Ernesto Zedillo, en junio de 1995. El arribo de la burocracia federal los irritó, confiesa Mario Castro, uno de los microempresarios de buceo y esnorquel más experimentados de la zona.

“Hubo restricciones a partir de entonces, y uno como miembros de la comunidad o como prestador de servicios se siente abofeteado; cómo en tu propia casa un canijo viene a imponerte cosas. Yo le dije a un funcionario: tú no me vas a venir a enseñar a conservar, cuando estabas en la escuela yo ya me estaba peleando por proteger este lugar, y serás una persona muy preparada y muy estudiada, pero yo llevo toda la vida aquí, y si para ti el conocimiento empírico vale un soberano cacahuate, allá tú, porque yo voy a seguir en esta región”, refiere.

Con el tiempo, se templaron los ánimos y ha reinado una relativa armonía. El éxito en mantener la única barrera arrecifal del Pacífico mexicano es patente, pero Mario y sus vecinos no quitan el dedo del renglón: conservar sí, pero con desarrollo. Y en Cabo Pulmo, los aborígenes no están en el quintil más rico de México por ingresos, según el famoso estudio de gasto e ingreso de hogares que realiza periódicamente el INEGI, no obstante el enorme valor monetario –para hablarlo en cifras, lenguaje que aman los tecnócratas que deciden presupuestos- que tiene la conservación de arrecifes. De hecho, con dificultades, los habitantes han sobrevivido entre la extrema pobreza y una incipiente clase media que puja por subir y se las ingenia para “sacar la carreta” en el día a día.

Mario es próspero dentro de esa descripción de una sociedad modesta, rural y de servicios. “Pero aunque apenas vivimos relativamente bien, queremos conservar; usted dirá, en qué ganamos, yo digo en que mantener el arrecife está asegurado el futuro de las próximas generaciones, y les decimos a nuestros hijos, nosotros ya hicimos el camino, ahora ustedes cuídenlo canijos, para que siga así”, subraya.

La pesca no era, y aún hoy no es, opción verdadera, advierte el investigador de la UABCS, Héctor Reyes Bonilla. “Ellos se dieron cuenta que depredar no era conveniente, que les salía mejor en economía ver un pez vivo, que un pescado muerto; a un pez vivo le metes buzos que lo ven y sacas 80 dólares, y allí podría estar para otros buzos y otros 80 dólares; a un pescado muerto le sacas 100 pesos una sola vez, y se echa a perder si no tienes congelación, entonces debes venderlo pronto o comerlo […] en los noventa, no había aquí prácticamente nada, estaba muy aislado. Era caro venir a pescar hasta acá, sacabas un poco y te lo tenias que llevar a La Paz siempre que tuvieras un buen congelador, porque en caso contrario,  mejor pescabas en La Paz, donde tenías carretera, congelador, cervezas, de todo lo que requiere un pescador…”.

De cualquier modo, ha sido una actividad depredadora. “Los marinos a veces andan por aquí patrullando, pero más bien somos nosotros mismos: si vemos a alguien pescando vamos luego luego y le decimos, oye, estás dentro del parque, aquí no puedes pescar ni bucear para matar; o vemos gente en la playa que tira basura y le decimos, oye, esa basura al agua se la puede comer una tortuga, va a creer que es un molusco, y se va a morir”, dice Edmundo Minjares.

“Tenemos veda total en el área protegida, y los peces se están reproduciendo mucho; pero yo pienso que hay depredación por las noches, yo aquí duermo en la playa, y de repente está la noche en silencio, mucho silencio, salen ruidos de lanchas con motores de borda […] muchas autoridades no saben nada; aquí está prohibida la pesca a dos millas; si agarras un pez en pesca deportiva, libéralo, pero ese pez pasado mañana lo agarran en las costas de Sinaloa, porque los animales emigrantes recorren muchas distancias, el dorado, el atún, el sierra, ese al que los gringos llaman guajo; allá no hay la precaución de cuidar, lo pescan todo”, secunda uno de los líderes comunitarios, don Juan Castro Montaño.

Se queja: “además, la Secretaría de Pesca [sic] nunca hace responsables a los pescadores de chinchorro; en esas artes se enredan y mueren tortugas, se enredan porque se comen la carnada, luego he visto en los noticieros que hay gente que está investigando por qué se están muriendo, y para que nos hacemos pendejos, se quedan en las redes que traen los pescadores, desde La Cordillera, desde el volcán de La Soledad,  hasta Lázaro, que en playa son 60 kilómetros, y de allí hacia mar adentro hay cientos y cientos de redes tendidas…”.

Después, el casi septuagenario patriarca de la familia más extendida de Cabo Pulmo, se pregunta, “¿Y por qué no se sabe la matazón de caguamas en los chichorros? Porque saben muy bien estos cabrones que no las pueden llevar a tierra, porque llegando, adiós, entonces la tiran muerta, se le llevan en la red ya ahogada, ya no alcanzó a salir a respirar, y se queda flotando para en uno o dos días llegar a la playa […] ahí ya le hacen los estudios para ver de qué se murió”. Algunos de esos quelonios hacen viajes tan lejanos como las costas del Japón. Pero eso es materia de más investigadores del Conapesca [consejo Nacional de Pesca], ironiza.

Cabo Pulmo es famoso, como cualquier lector puede constatar con una breve inmersión en redes sociales: está instalado en el imaginario colectivo como emblema de la conservación biológica, por la lucha de sus moradores y de los ecologistas contra titanes del tamaño de Cabo Cortés o Cabo Dorado. Pero pese a la fama,  la vida cotidiana sigue siendo difícil.

Y más si se compara la calidad de vida de la comunidad flotante, casi toda extranjera, con los lugareños La subdelegada municipal, Elizabeth Cañedo, señala como logros que la gran dispersión ha llevado a implementar por ocho años el transporte escolar con “niños de El Salado y de Los Frailes que llegan en un transporte que pasa por los niños de aquí a las siete de la mañana para ir a La Ribera, y regresan como a las cuatro de la tarde; el año pasado por fin logramos tener un aula unitaria en Cabo Pulmo, y unos se quedan aquí y otros siguen viajando…”.

La tenencia de la tierra es un desastre: no están regularizada las modestas fincas de los aldeanos, y eso ocasiona otras dificultades como pocas obras de servicios, y apoyos de apenas algunos programas de combate a la pobreza. Los servicios médicos están en el centro de salud de La Ribera, a siete kilómetros, aunque la caravana de la salud los visita cada quince días. Tampoco ha llegado la red eléctrica, pero se está innovando con lámparas con celdas solares. Las casas también se adaptan a esa precariedad. Ha arrancado una campaña de reciclaje de basura, pues no hay recolección; la llegada al puerto es solamente por brecha, y lo que más preocupa es el agua potable: por fin tienen un sistema de clorado y un sistema de bombeo con energía fotovoltaica; el pozo está expuesto a la recarga del acuífero por los erráticos temporales que rigen la vida de estas tierras yermas.

Paulina Godoy Aguilar, promotora de la asociación Amigos para la Conservación de Cabo Pulmo, destaca el compromiso de ser sostenibles pese a la pobreza, “porque viven del arrecife, y porque ven los beneficios de conservarlo; puede ser algo tangible, cuando participan en un monitoreo de tortugas, o al llevar una muestra al laboratorio, saben qué están haciendo y para qué lo están haciendo, pero falta generar más beneficios pueden para que esa conservación sea sostenida”.

Lo admite el director del parque marino, Carlos Ramón Godínez Reyes: “entendiendo que en las áreas naturales protegidas mejor conservadas es donde vive la gente más pobre, y que nuestro modelo de conservación incluye a la gente, tenemos un serie de programas de protección y conservación de ecosistemas, restauración y trabajo comunitario, en la medida de sus posibilidades; ellos participan a través del consejo asesor, porque nos queda claro que no podemos trabajar ni tener éxito sin ellos”

A su juicio, el futuro del financiamiento de estas demarcaciones debe considerar los servicios ambientales; por ejemplo, la gran pesca comercial del Mar de Cortés podría ser un importante donador para la conservación, que le genera tantos beneficios económicos. Los desarrolladores turísticos son otro donante de enorme potencial.

Cabo Pulmo no es carta de cambio para inversionistas internacionales, como los estadounidenses que pretenden retomar el Cabo Dorado. “Tenemos un compromiso internacional en la Comisión sobre Diversidad Biológica, fuimos firmantes de ese tratado, y en ese marco se han puesto metas, de tener al menos 10 por ciento del mar territorial bajo un esquema de conservación; hoy no llega a 3 por ciento, y Cabo Pulmo está entre lo más importante”, sostiene.

Este es el enclave marino más importante para la productividad del Golfo de California. La prosperidad de sus grandes pesquerías tiene en estos reinos coralinos un secreto cada vez más amenazado.

El valor de los corales

Los corales son sitios de reproducción de especies de pesca y de diversidad genética; contienen la erosión marina y generan un enorme potencial de recreación

En Tobago se estima un valor conjunto de los arrecifes de entre 100 y 130 millones de dólares para turismo; hasta 1.3 millones de dólares para pesca; y de 18 a 33 millones de dólares por protección de la línea de costa

En Santa Lucía, de 160 a 194 millones de dólares para turismo; de  0.4 a 0.7 millones de dólares para pesca y de  28 a 50 millones de dólares por protección costera

En Belice se han calculado, respectivamente, valores de hasta 176, 14 y 180 millones de dólares;  en Islas Vírgenes, de 103, 3 y 7 millones de dólares;  en Bermuda, de  405.9, 4.9 y 265.9 millones de dólares;  y para el Caribe,de 2,100, 310 y 2,200 millones de dólares

Fuente: Hacia la Resiliencia del Arrecifey Medios de Vida Sustentables, un manual para los administradores de arrecifes de coral del caribe.